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Eco Jarillo 2003: Historia de tres fronteras
Alfredo Yánez Mondragón - Aventurero

Cada carrera de aventuras encierra vivencias únicas, los equipos -sus miembros- las tendrán guardadas para sí. Las líneas que siguen son sólo una aproximación desde la óptica de un testigo que siguió a lo lejos, por la ventana, lo que estos aguerridos competidores vivían durante la Edición 2003 de la Eco Jarillo, entre el 17 y el 20 de abril, en Venezuela.

Las palabras de bienvenida parecían presagiar lo que sucedería: “Gracias por formar parte de esta historia”, decía Jhon Díaz, antes de iniciar la competencia, junto a un “¡Suerte, qué sé van a necesitar”, pronunciado por Emilio Materán.

La carrera

Con estos conceptos sueltos en el aire, veinticuatro cuartetos, mixtos en su mayoría, iniciaron un trote -ideado para distanciar a los equipos- por la playa de Tarma, antes de tomar los kayaks que se convertirían en el primer capítulo de una historia que comenzó a escribirse en la mañana del jueves santo en el litoral central del estado Vargas.

Visualmente era impresionante el ataque al mar. La costa se fue poblando con las casi cincuenta embarcaciones, guiadas por la fuerza de los brazos, atacada por los vaivenes del mar y los caprichos de una organización que no fue flexible a la hora de complicar un poco la ruta. A fin de cuentas, se trataba de una carrera de aventuras.

Ese pedazo de Venezuela que se abre al Caribe conspiró para ondear sus playas, de manera que los competidores entraran y salieran hasta cuatro veces de las bahías en Petaquire, Chichiriviche y Puerto Cruz.

En Petaquire se realizó una prueba especial en la que uno de los miembros del cuarteto debía abandonar la embarcación, cumplir con una ruta prediseñada, que pasaba por la cascada del lugar y luego debía caminar en solitario hasta la siguiente playa, donde sus compañeros, que seguían remando, lo pasarían a buscar.

Estos primeros 30 kilómetros de canotaje en el mar no resultaron sencillos. Fueron una carrera particular; tanto, que algunos equipos se plantearon como meta sólo terminar esta etapa de la carrera, pero todo estaba dispuesto para que se culminara en su totalidad, y así lo fueron entendiendo los protagonistas de la historia.

Los brazos cansados provocaron pequeños naufragios, solventados rápidamente por un cuerpo logístico que se encargó de llevar a puerto a aquellos que humanamente no podían más en el mar.

Cerca de diez horas después del inicio arribó a Puerto Cruz el último equipo proveniente del mar, llevaban en pecho y espalda el número 12.

Fuera del agua

A estas alturas, los primeros grupos ya habían enfrentado el camino selvático por el lecho del río Maya y si aún tenían dudas de la rudeza del recorrido ideado por “Turistólogo”, éstas quedaron disipadas rápidamente.

Como en todas estas carreras, los equipos élite, imprimieron velocidad, y lograron salir del río con relativa facilidad; sin embargo, el grueso de los competidores debió añadir a las dificultades del terreno la nocturnidad, y su consecuente cambio de temperatura.

Errores o descuidos, hicieron que varios cuartetos desviaran el rumbo, causando una terrible consecuencia, algunos llegaron a perderse hasta por siete horas.

Las estrategias, casi al tanteo, se perdían por el desconocimiento de las distancias entre los distintos puntos de control (PC), sólo valía aquello de “seguir sin descansar”, planteado por los primeros equipos, o “mejor dormimos un poco para reponer energías”, idea que circulaba en las mentes de quienes sólo pretendían demostrarse a sí mismos que sí eran capaces de soportar el rigor de una competencia que se había convertido en expedición.

El trekking (caminata de montaña), estaba superando en exigencia a lo vivido sobre los kayaks, aunque más adelante, quizás días después de culminar la faena, los atletas se dieran cuenta de que cada porción de la competencia cumplió con su tarea de llevar al límite a los participantes.

Subir, subir, subir. “El nivel no era tan exigente, como lo largo del camino. ¿Cuándo se terminará esto?”, era la pregunta obligada que los cuatro miembros de cada equipo se plantearon con más frecuencia durante el extenso recorrido.

En algunos tramos, la concentración de los atletas era sacudida por el paso, no tan rápido, de los vehículos de apoyo, cuyos pasajeros gritaban consignas tan inútiles luego de veinti tantas horas de lucha como: “¡vamos muchachos!, ¡van bien!, pero ellos, con ese don especial que les permite resistir en el fragor de la competencia, los altibajos, los cambios climáticos y geográficos; sacaban desde lo más recóndito, una sonrisa o un saludo, suficientes para hacer sentir a los animosos miembros de la barra improvisada que en verdad no la estaban pasando tan mal.

Cuesta arriba

“Está ruda, de verdad está ruda”, murmuraban los competidores cuando había coincidencia con algún curioso en medio del camino.

En un punto cualquiera de la ruta, la altitud pasó de 800 a 2000 metros en sólo ocho kilómetros de recorrido, otra jugarreta de una organización que se planteó -y cumplió- aquello de convertirse en filtro y termómetro de estas disciplinas en Venezuela.

Con más del 60 por ciento del camino recorrido, aparecieron, a medio armar, las bicicletas montañeras. Fue tal el desgaste de las primeras etapas, que a la hora de contar la experiencia, la mayoría de los equipos hizo poca alusión a las dificultades enfrentadas sobre las dos ruedas.

En bici llegaron a El Jarillo, los primeros equipos lo hicieron durante la mañana del viernes, otros estuvieron en el lugar sólo hasta antes del mediodía del sábado.

En la población mirandina se desarrolló un circuito interno que incluía, además de sesiones de trekking y bicicleta montañera, una prueba especial de rappel, desde una piedra de unos 100 metros de altura, como para culminar con una dosis extra de adrenalina.

“Siempre hay dos carreras; la de los élite y la del grueso de los competidores”, es lo que dicen la mayoría de los organizadores de este estilo de competencias, y en el Eco Jarillo, Las Tres Fronteras, esta teoría quedó ampliamente confirmada.

Los resultados

El viernes santo, poco antes de las cinco de la tarde, con 31 horas y media de carrera, el cuarteto Petzl Fit Conection, conformado por Ram Maniram, Onoria Barreto, Víctor Figueras y Pedro Rodeiro, sentenció la aventura, desde el punto de vista de los registros de tiempo.

Cuatro horas después, casi fundidos en uno solo, llegaron Finca Dos Aguas y Akanan, conjuntos que realizaron una soberbia demostración de resistencia.

Elogios y felicitaciones salían de sus bocas. El cansancio parecía haber valido la pena, a juzgar por la felicidad expresada en el rostro luego de cruzar la meta.

A cuenta gotas fueron apareciendo en una explanada de El Jarillo 16 equipos, todos con fortuna de cumplir el objetivo planteado.

Se dice pronto pero no todo el mundo puede decir que cruzó, al ritmo de la tracción sanguínea, desde Tarma, en el litoral de Vargas, hasta El Jarillo, en la zona montañosa de Miranda.

Algunos quedaron en el camino, pero tal era la ilusión por concluir, que “sobrevivientes” de cuatro conjuntos llegaron a formar -sobre la marcha- el equipo Coalición, con el que concluyeron, con las dificultades del caso, su ruta.

Hasta 61 horas de carrera utilizó Paveca Periquito Adventure, el último equipo en cruzar el arco de llegada. 61 horas que avalan el esfuerzo de toda una estructura que facilitó esta aventura, para que los “rápidos” demostraran su nivel, y la mayoría de los competidores ganara la confianza necesaria para continuar su transitar por esa historia de la que se hicieron protagonistas y de la que más que suerte necesitaron entereza durante el recorrido.

 

 

Nota:

e-mail: jdiaz@turistologo.com

Toda la información del Circuito Eco Jarillo 2003 está en el Informe Especial que se publica en el portal.

 



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