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La gran celebración
Carrera: "La celebración del paisaje" (11/08/2002)
Alejandro Theill
- Aventurero

Existe una secreta alianza, una confabulación entre los Dioses y las mañanas. Cada vez que que éstos pergeñan una aventura, un encuentro, una búsqueda, inmediatamente se implanta una tregua del cielo, la lluvia se retira del borde de las nubes y el sol se queda con la mejor butaca, bien cerca del sitio más alto del paisaje.

Los músculos son los primeros en detectar deidades, se tensan, se resisten a las órdenes de sus dueños, terminan agitando reiteradamente los cuerpos que los contienen y promueven el primer ballet involuntario de intrépidos ansiosos que intentan destrozar la convención del reloj y salir disparados a manchar la naturaleza de adrenalina.

La situación es casi siempre la misma ante la proximidad de una nueva competencia de El Espíritu de los Dioses, los lugares elegidos para largar y llegar esconden prolijamente el paisaje. En este caso un bucólico cruce de caminos rurales, una ruta desvencijada con lunares de asfalto, el plano indica en el arranque un camino de jorobas que la turba silenciosa cubre de extremo a extremo, la señal retumba entre los guerreros que palpan mochilas y cantimploras por última vez, estamos listos, siempre pienso si hay en ese momento algo en el mundo capaz de detenernos.

En carrera

Al principio la calle sube para mostrarnos un techo de pinos formados simétricamente sobre la ladera a la derecha, luego se hunde entre barandas de tosca, antes de formar el siguiente lomo hay que doblar a 90º, cruzamos el campo rastrillado mientras comienza el ascenso, justo en una tranquera descansa la puerta número 1. El sendero construído por las vacas, gambetea con precisión los zarzales y los primeros racimos de piedras, los manantiales y las bajadas de agua se confunden con la senda, la colorida hilera humana va cosiendo el costado del cerro, mientras enfilamos hacia el macizo ubicado a la izquierda de la cumbre principal.

Alcanzamos el pequeño promotorio, la parte alta achatada permitió hace algunos millones, que se posen cientos de piedras curiosas que hacen trabajar la imaginación, cuando los domos se vuelven más intricandos pasamos al costado del Centinela Sur, un moair criollo de granito y 8 metros de alto sentado en la entrada de la quebrada, es la puerta número 2. Las sorpresas no terminan, un inmenso bloque que frenó su caída sobre otro más pequeño ofrece boca de caverna y se devora uno tras otro a los equipos que del otro lado gatean una canaleta pequeña. El descenso también aporta sensaciones, los helechos disimulan las hendijas profundas, la sierra baja de golpe y obliga a utilizar todas las extremidades, nos recibe el pastizal alto que sólo se corta ante el zanjón ahuecado por el agua.

Buscamos otro morro pequeño, alcanzamos el lomo alto, la transición entre dos cerros, la fila se vuelve nítida subiendo enfrente nuestro, el paisaje alberga perfectamente la visitas del domingo, hay más zanjones, pastizal rebelde y los primeros escalones del San Gabriel se hacen sentir, atacamos por la falda más cercana y llegamos a la puerta número 3. Hay un camino que se adivina a 40º de inclinación, unos árboles haciendo equilibrio más abajo y adelante aparece la guirnalda de sauces que siempre plagia el curso de un arroyo.

Giramos como enlazando el cerro, cerca del agua, las vacas convirtieron el suelo en un inmenso colador de barro, cuando las piedras besan el cauce comenzamos a subir, la huella intercala huecos húmedos con largos zócalos, sin querer estamos cerca de la cima y a la entrada del morro de la torre. Orejas de piedra, incontables y ordenadas forman un perfecto balcón que cruzamos acariciando helechos, puerta número 4. Nos descolgamos hacia el campo, la piel se roza con las bochas remotas, la piedra cesa y gobierna el campo abierto, cuesta reconocer el próximo destino.

El rastro de los animales marca el piso duro y lo vuelve claro, otra vez estamos subiendo, un alambre guía hasta la puerta número 5. Nuevo giro buscando la gigantesca mole que oculta la llegada, las fuerzas han huído casi todas, el alma retiene a duras penas las últimas fibras, las piedras se aproximan lentas, rodeamos el morro de las cuevas, no terminan los ojos de archivarlo y aparece una escalera y un corredor estrecho que baja del otro lado, ahora el Centinela Sur no nos saca la vista de encima, se recorta su cabeza circular, nosotros doblamos hacia atrás y se nos viene encima la canaleta empinada que se asoma a la cumbre. A esta altura (448 metros) todos tenemos dos certezas, que el final de la carrera está cerca y que el final de nuestra energía también.

El final

La cima no entrega la reflexión de un montañista, un viento helado apaga los jadeos, todo lo que asoma de la tierra está por debajo de mis ojos, es verdad el cielo está más cerca, no hay tiempo y estamos bajando hacia la parte alta del valle y dejando atrás la puerta número 6.

El ritmo se pone frenético rumbo al epílogo, el último manojo de rocas nos empuja un poco más, aparece el campo quemado de las referencias, las matas renegridas y los esqueletos de zarza miran inmóviles, ya casi está, nuestro GPS natural calcula 17 y fracción, aparece el camino, la tierra vuelve a ser plana hasta la llegada.

Se sabe, el pacto existe entre los Dioses y la mañana de este domingo, lo que llama la atención es que la tarde que se insinúa mantiene un impecable broche de sol y los Dioses hace un rato que dijeron adiós.

 

 

Nota:

e-mail: info@gruposierras.com
web: www.gruposierras.com/espiritudelosdioses/

Toda la información del circuito El Espíritu de los Dioses está en el Informe Especial que se publica en el portal.




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