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Aventura en el camino de los antiguos
Carrera: "En la senda de los antiguos" (19/05/2002)
Alejandro Theill
- Aventurero

La tercera etapa del circuito El Espíritu de los Dioses, volvió a convocar a dos centenares de equipos para recorrer los impactantes 18 kilómetros de la denominada Senda de los Antiguos. Un exigente trazado sobre los remotos caminos serranos que compartieron indígenas y luego picapedreros, y una vez más los Dioses volvieron a colmar las expectativas.

El sol empapa el paisaje sin distinguir entre naturaleza pura y la mano del hombre; es el mejor vendedor de la mañana que sorprende a los aventureros cansinos, repasando en silencio la estrategia para enfrentar la inquietante Senda de los Antiguos.

El Espíritu de los Dioses es el ámbito de comunión entre la geografía y los intrépidos, aunque estos últimos deban regar con agua de sacrificio casi 18 kilómetros de intrincadas sendas con retamas, arroyos, cavas prominentes, bosques, manantiales, pedreros y caminos caprichosos que intentan vanamente alcanzar la punta de los cerros.

Las cuatrocientas almas ensayan simétricos trotes, sin alejarse demasiado del pinar intensamente verde a punto de tragarse el alambrado que lo contiene. Estamos en la zona de largada, una calle de arena, acceso principal al cerro El Centinela. El enjambre de mochilas y voces se cierra sobre la calle, se convierte en un solo deseo conjunto y palpitante, es una masa de nervios y ansiedades que exhala la cuenta regresiva cual antiguo canto tribal ante el desafío supremo.

En carrera

Estamos en la Senda de los Antiguos, al principio la calle guía, entre encantadoras construcciones de piedra modernas. Al fondo se gira a la derecha, la ciudad a lo lejos le presta sus contornos al horizonte. El camino sube, luego oculta su descenso sinuoso entre retamas secas, se nota que el agua lo usó antes para llegar al hilo que lo cruza cuando se pone al ras de la tierra. El cañadón desparejo obliga a extremar los cuidados, al ruido de los pasos se lo devora el piso húmedo, volvemos a subir, hay otro arroyo más arriba colgado entre dos eucaliptos robustos. La trepada es corta, pero exigente, un nuevo giro a la derecha, la calle vuelve a abrirse entre un interminable cerco de bambú y zarzamoras. Por encima las casuarinas terminan la galería natural, el sol espera 200 metros más allá. Volvemos a doblar a 90º, el campo se infla delante de la hilera que gambetea los árboles, el suelo vomita verde y rocío, hay otro arroyo para el que alcanza un solo tranco, el camino pasa entre cavas de arena, enfila hacia la escalera de pinos que se devora la fila irregular, la pinocha ahoga todos los ruidos, las cabezas miran el suelo, la cava oculta aún conserva la virginidad, la rodeamos, mientras el intento de coronación 20 metros más arriba sólo es posible caminando, el pinar sigue unos metros y de pronto se detiene ante el impresionante balcón interior de la estancia Manantiales, los aventureros se escurren entre los techos inmemoriales hacia el valle, mientras la vista intenta inútilmente contar la mitad de los colores.

El sendero es angosto entre álamos flacos, a la derecha se abre un filo escondido que copia el recorrido, abajo se intuye el valle. La bajada es un largo domo de granza, los troncos se usan como manijas para detener los cuerpos lanzados. Atravesamos la cava cubierta de árboles, hay una curva que besa el valle y sale hacia atrás como para repetir el camino. Hay pinos prolijos y zarzas que se apoderan sin vergüenza de la senda, se vuelve a subir tornando a la derecha buscando un inmenso retamal. Las plantas se abren y aparece la calle con paredes marrones, los restos de casas de piedra, las cavas profundas, el pedrero del fondo y comienza la conquista del cerro Aurora, sobre la pared pulida brillan chapas y cadenas -es el paraíso de la escalada y el rappel-, la columna toma el cerro con el imaginario general aventura, alcanzo a girar la cabeza, la conquista es total, El Espíritu de los Dioses conquistó por completo el emblemático cerro. Como soldado de aventuras sé que apenas ganamos una batalla. Luego del increíble corral de piedras, un nuevo cerro de árboles y piedras desparejas, del otro lado la pendiente es más suave y termina sobre la puerta número 1. Es el momento de hidratarse, mientras copiamos el curso de las retamas verdes, y el campo se abre mostrando cada tanto mojones de piedra que indicaban la antigua senda, un monte raleado, restos de casas de piedra, bigornias, mesas y el ruido del agua que apaga la memoria de los picapedreros que abrigaron sueños en esta parte del valle. El arroyo se pone ancho y ruidoso, buscamos el costado del vado para amenguar la mojadura, mi compañero se entrega y encara por el medio, no hay fotos ni cámaras para registrar ese momento, ¡qué lástima! El terreno sube de manera desproporcionada delante de nosotros, alguien agita una bandera 400 metros más arriba, la fila gambetea las cavas, no se puede correr, menos el cielo todo queda por debajo. Hay unos árboles que esconden la cumbre, llegamos, pasamos detrás, la sorpresa no es buena, se agitan otras banderas, otro cerro y más arriba aún, cruzamos sobre el collado y atacamos sobre los dos flancos, tiemblan las piernas, el cerro tiene una cruz de madera sobre su cabeza custodiada por dos elegantes paramédicos de cruz roja.

Continúa el desafío

El pedrero baja violentamente del otro lado, se hunde en el bosque 200 metros más allá. La entrada al monte no es sencilla, una decena de árboles tumbados constituyen la puerta de entrada, equilibrio, dominio corporal, agacharse, esquivar ramas. El sol gotea luz sobre la galería, adentro la sierra sube descarada y castiga las rodillas. El sendero sube un poco más, hasta la entrada de una cava azul con suelo de pedreros, la salida tiene una soga para ayudarse, puerta número 2. El monte sigue acompañando, con una pirca de límite, la hilera de piedras sigue, el bosque no, hay que volver a trepar, un morro de techos verticales, un ciervo curioso y la sierra vuelve a dirigirse hacia el valle. Sobre la izquierda la reserva natural, al fondo el cordón de ánimas, el cerro se achata bien arriba antes de bajar, comienza el retome puerta número 3. El tránsito hacia abajo incluye pequeñas canaletas, compartimos la bajada con el agua, chilcas y caraguatás completan la inconfundible escenografía serrana.

Una tranquera anticipa el camino de los carros, álamos que protegen más casas de piedra perfectamente conservadas, a la izquierda aflora el terraplén de piedras acomodadas con prolijidad, encaramos hacia el morro chico que ostenta una cava en su cumbre, puerta número 4.

La senda se abre hacia el cañadón, cambia un poco el entorno, placas estiradas de piedra lisa forman de a ratos el suelo veteado de verde, siempre el agua comparte los pasos, otra vez el arroyo ancho y un alambre sostenido entre palos de piedra. Trepamos del otro lado de la quebrada, hasta que aparece un camino repleto de curvas.

Subimos y volvemos a bajar, cruzamos el cordón y la senda baja entre retamas aplastadas, a la derecha imponentes paredes azules, a la izquierda un lago y la quebrada se desbarranca hasta que los ojos duelen ubicando el final. A esta altura a la mente le cuesta reconocer horizontes, desfiladero cortado prolijo por las detonaciones humanas, ingreso al frente de cantera.

Conmovedor, la sala inmensa con más de 300 metros de largo, esmerados escalones, gigantescos, puerta número 5, interminable el gris oscuro, la roca en carne viva, primero recorremos el zócalo, de vuelta el primer piso, espectadores privilegiados vemos como la serpentina de mochilas caracolea empezando desde nuestras espaldas, tantos corren, la mente vuelve a dedicarle tiempo al esfuerzo, la salida del frente tiene otro desfiladero corto. Cruzamos el obrador desprolijo y buscamos el polvo de piedra, la imagen lunar, el piso cede, llega el borde abrupto y 15 metros más debajo de nuestros pies el verdadero nivel, pasamos debajo de la moledora, el camino nos saca hacia la calle, los toboganes cuando suben la ciudad levanta sus formas rectas, cuando baja el verde se cae encima de nuestros hombros, 3 kilómetros más allá alcanzamos la tranquera; puerta número 6.

El final

La dirección cambia, el plano y las piernas dicen que son los últimos 2000 metros, lo que no sabemos es lo que nos mata: la dificultad, primero camino abierto raleado entre pinos con manantiales, después camino hecho y torcido, terraplenado, con balcones hacia el monte de eucaliptos azulado. A la derecha los pedreros se apoyan en el camino para escalar súbitamente, hacia el otro lado el vacío está oculto por las hojas que lo cubren todo. Un diedro de piedra aparece de pronto, algunas retamas amagan cerrar totalmente la huella, subimos y el balcón se burla de los sentidos, el pinar inmenso se acuesta a nuestros pies y hacia allá vamos. El sendero es más angosto, con tocones de zarza, bajamos sobre un domo pequeño y mojado, paredes increíbles de zarza, el suelo inundado de tallos cortados, empieza el pinar el suelo sube y baja, esquiva troncos oscuros, el rumor del agua, anuncia arroyo, más pinar, al fondo el sol se cansa de esperar, doblamos y los pinos se vuelven infinitos, volvemos a girar, el sol se cambió de lado, buscamos el agujero de claridad, cruzamos arroyo con piedras, trepada corta, las piernas figuran en la memoria emotiva del cuerpo, el aire se negó a seguir hace algunos minutos, quién nos manda al sacrificio, los Dioses puede ser una respuesta. Aparecen las sillas volando prisioneras del cable, seguimos subiendo, otro sendero con retamas más abierto y para terminar, cava profunda con escalones tallados en las piedras, senderos, cumbre y los aplausos anuncian que la naturaleza nos dio permiso para mirar, tocar, asombrarnos y no morir en el intento. ¿Cómo salimos en la carrera?... plenos, ¿en qué lugar?... en el lugar de los privilegiados. ¿Cómo nos sentimos ?... ¡cómo los Dioses!

 

 

Nota:

e-mail: info@gruposierras.com
web: www.gruposierras.com/espiritudelosdioses/

Toda la información del circuito El Espíritu de los Dioses está en el Informe Especial que se publica en el portal.




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