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Artesonraju - Cordillera Blanca 2001
Miguel Sosa - Experto Aventurarse

Les tengo buenas noticias. Este será el último manuscrito montañistico que tendrán que soportar. Por ahora, pues ya vendrán otras expediciones en el futuro. Nuestro tercer intento en la Cordillera Blanca es el Artesonraju (6.025 metros), una majestuosa pirámide situada en el corazón de la misma. Es una de las montañas más hermosas que he visto. Por cierto, es la que utiliza Paramount Pictures para su logo, aunque no la escalamos por esa cara si no por su Cara Sureste, la cual tiene inclinaciones de hasta 70 grados y está cubierta de nieve casi en su totalidad.

El sábado tomamos transportes hacia el pueblo de Caraz y desde allí empezamos a subir por la carretera hacia el embalse de Parón, en la quebrada del mismo nombre. El trayecto es largo y polvoriento, ya que la carretera llega a gran altura, pero es sin dudas una de las quebradas más impresionantes que visitamos. La entrada al cañón está vigilada por enormes y verticales paredes de roca granítica, que parecieran desplomarse sobre el camino. Aquí los amantes del big wall tienen suficiente terreno para satisfacer sus más complicados sueños. En algunas curvas se empieza a divisar la Esfinge, una cima de 5300 metros aproximadamente, cuyas paredes son escenario de las mejores rutas en roca pura de la cordillera. Repentinamente, al fondo del valle aparece la Pirámide de Garcilazo (5887 metros), que se divisa casi en su totalidad. Es una visión que quita el aliento.

Por fin acaba el camino y llegamos a la estación hidroeléctrica de Parón. Está ubicada en el extremo inferior de la Laguna de Parón, un inmenso embalse color turquesa, rodeado de cumbres impresionantes como Huandoy, Pisco, Chacraraju, Pirámide, Caraz, Artesonraju y paro de contar.

Allí contratamos los servicios de un porteador, Mario, que a pesar de ser muy bajito resultó ser enormemente fuerte. Cuando le asignamos su mochila, Mario la pesó y nos pidió que le agregáramos más peso, para poder entonces cobrar un poco más por el porteo. El quería cobrar un total de 35 dólares, y no van a creer la cantidad de peso que se echó encima para tener derecho a cobrar ese precio. Humildes pero honestos. A todo esto, se suponía que nuestros compañeros americanos, Tom y Scott, se reunirían con nosotros en Parón, pero como ya se hacia tarde y no llegaban decidimos partir hacia el Campo Morrena (4800 metros).

El equipo está completo

La primera hora y media se invierte en rodear la laguna hasta el extremo opuesto. Es una caminata sencilla y poco exigente, con una vista impresionante de todos los nevados. Ya llegando al otro extremo, y al rodear un montículo, pudimos tener la primera vista cercana de nuestro objetivo, el Artesonraju. De inmediato sacamos las cámaras y soltamos la primera andanada de fotos. De allí en adelante el camino se desvía directamente hacia esta montaña y empieza un ascenso de inclinación media por la antigua morrena del glaciar.

Pasamos de largo el Campo Base y después de un total de tres horas llegamos a nuestro destino de esa tarde, el Campo Morrena. Había una pareja de suecos que intentaría al día siguiente la cumbre y otra de galeses que quería probar el Nevado Caraz.

Cayó la noche y aún no había señales de Tom y Scott. El plan original para el día siguiente era movernos hacia el Campo I en la nieve. Pero cuando vimos dónde se estaban instalando las carpas en el glaciar, concluimos que no valía la pena mudarnos. El siguiente campo no estaba a más de una hora de camino y casi a la misma altura. No tenía sentido levantar un campamento cómodo, protegido del viento y con agua corriente cerca, para ir a otro, frío, expuesto y donde necesitaríamos derretir nieve.

Después nos daríamos cuenta que estas carpas no se estaban colocando en el sitio más ideal para hacer un campo avanzado. Existen otros lugares más cerca de la pared del Artesonraju, en los cuales se puede acampar y para los que sí vale la pena mudarse el segundo día.

Total que este segundo día se convirtió en un día de descanso, destinado además a observar el lento ascenso de los suecos hacia la cumbre. Al mediodía recibimos una gran alegría. Un grito de júbilo nos sacó de la carpa y vimos que Tom y Scott nos habían alcanzado. El equipo estaba completo nuevamente. Les pareció bien la idea de quedarnos en el Campo Morrena, y después de ayudarlos con su carpa nos sentamos todos a comer y charlar.

La cordada

El plan era comenzar la escalada a la medianoche, así que llegadas las 15:00 decidimos acostarnos para descansar un poco. Pero es difícil dormir de día, sin estar realmente cansado y con la emoción de una escalada por venir. He de acotar que hasta el momento de llegar nosotros al Campo Morrena, nadie había podido aún coronar el Artesonraju, debido a las condiciones de la nieve. Como a las 18:00 regresaron los suecos y nos contaron que habían hecho cumbre y que la nieve estaba regular. Pero lo importante es que ya alguien había logrado pasar.

Seguimos tratando de dormir y las 22:00 empezamos a preparar la cena y a calentar bebidas para nuestros termos y cantimploras. Salimos a la medianoche, bajo una luna brillante y un viento extrañamente cálido. La primera hora transcurrió en medio de un ambiente algo irreal. De siluetas oscuras y sus sombras cruzando un brillante y plano glaciar, a la luz intensa pero en blanco y negro de la luna.

Llegados a las tiendas del Campo I, que estaban vacías porque las habían colocado allí como adelanto de la escalada de otro grupo, decidimos encordarnos.

Nuevamente me dieron a mí la punta. Luego venían Scott, Tom y, por último, José. El terreno comienza a empinarse progresivamente y aparecen las primeras grietas, pero la navegación es fácil porque la luna ilumina las huellas de escaladores anteriores. Cerca ya de la pared, tuvimos que cruzar la mamá de todas las grietas, por un puente de nieve que se veía un poco debilucho. Afortunadamente aguantó sin problemas.

Ya un poco más adelante alcanzamos la rimaya que indica el inicio de la pared y el comienzo de una ascensión interminable, 900 metros de nieve azucarada, con inclinaciones que iban de los 50 a los 70 grados. En ese momento la luna se ocultó finalmente tras los nevados al oeste y quedamos a merced de nuestras linternas frontales.

Nieve, grietas y cumbre

Para que se hagan una idea de las condiciones de la nieve, imaginen que esta empinada pared estuviese hecha sólo de cubos de azúcar. Aunque ya contábamos con la huella de los suecos, cada paso requería de dos, tres y hasta cuatro patadas para asentar la nieve y crear un escalón un poco más firme, que sin embargo cedía de vez en cuando haciéndonos retroceder un poco. Caminábamos y caminábamos, pero cada vez que enfocabas tu linterna hacia arriba parecía que no habías avanzado nada. Lo poco que alcanzaba a iluminar el foco se veía idéntico que lo que habías visto hacía diez minutos.

Así transcurrió el resto de la noche. Cuando por fin despuntó el alba, pudimos finalmente tener una mejor referencia de dónde estábamos. La cumbre aún se veía lejos y, por primera vez, podíamos apreciar lo empinada que era la pared.

Considerando que la nieve no podía soportar ningún tipo de seguro, a veces te sentías algo desprotegido. Pocos momentos después tuve un incidente un poco tenso con una grieta. Al tratar de superarla se desmoronaron por completo sus labios y quedé con mis manos en la parte superior y los pies en la inferior, y cada vez que me movía, algo más se caía.

Realmente el único peligro era lesionarme al caer dentro, porque de seguro mis compañeros podrían detener mi caída. Pero de todos modos, el susto es grande y nadie quiere caerse en una grieta. Por fin, después de una eternidad logré superarla por un lado y mis amigos la pasaron un poco más abajo. Pero este incidente me costó una gran cantidad de energía y me dejo las manos heladas.

Poco después nos reunimos a beber agua y les dije que no me parecía prudente seguir, porque la cumbre aún parecía lejana, tal vez unos cien metros de desnivel, y tal vez al llegar estaría muy agotado y sabía que el descenso sería delicado y no quería cometer errores. En ese momento nos dimos cuenta que yo tenía toda la escalada en punta, y que sumado al gasto físico y emocional de ir de primero estaba el susto de la grieta. Entonces, José me dio un gel de energía que guardaba para emergencias y decidimos que él iría de primero y yo último.

No fue fácil cambiar el orden de la cordada, pero lo logramos y, con José en punta, llegamos por tramos cada vez más espeluznantes, sobre todo por la calidad de la nieve, a la arista cimera. Allí, no sé si por casualidad o si ellos lo planearon, me encontré de nuevo en punta y pude llegar de primero a la cima. Eran las 9:00 de la mañana.

Descenso extremo

Es una cumbre hermosa, porque no es ni muy grande como la del Huascarán pero tampoco tan pequeña como la arista del Alpamayo. Te puedes mover por allí pero, a la vez, estás rodeado de precipicios. Se nublaba de a ratos, pero aun así la vista era espectacular. Además, como les dije, está en el corazón de la cordillera. Y, por alguna razón, el viento apenas se sentía. Nos quedamos una hora, comiendo y sacando fotos, pero la sensación de alegría no era total, ya que todos estábamos preocupados por el delicado y potencialmente peligroso descenso.

Por fin iniciamos la bajada. Normalmente la bajada está equipada con estacas desde las que puedes hacer rappel, pero nunca vimos nada parecido a una estaca entre toda esa nieve y las que nosotros podíamos colocar no nos inspiraban la suficiente confianza para rapelar. Así que destrepamos asegurándonos los primeros 250 metros, lo que fue un proceso lento. Finalmente, destrepamos en libre el resto de la cara.

El tobillo de José estaba bastante resentido y al salir de la pared propiamente, parece que el cuerpo hubiese bajado ya su nivel de energía acorde con la disminución de la dificultad. El descenso se hizo más lento aún. Finalmente, llegamos de regreso a la carpa, casi a las 19:00, molidos pero contentos. En total, diecinueve horas de duro trabajo físico y mental.

Como pude hice una sopa y caímos inconscientes hasta las 8:30 de la mañana siguiente. A esa hora, Mario, al que habíamos citado para que ayudara a José con el descenso, nos despertó sacudiendo la carpa.

El regreso a Huaraz no tuvo novedades. De cinco objetivos que nos habíamos propuesto al llegar al Perú, intentamos tres y en los tres logramos la cumbre. Los otros dos no estaban en condiciones. Quitarraju con la nieve muy suave aún y mis dedos recién congelados. La Pirámide con nieve suave y avalanchas muy seguidas, eso sin mencionar el cansancio brutal después del Artesonraju. Así que no podemos más que agradecer a Dios y las montañas, por habernos concedido pasaje a salvo a través de este mágico reino de luz.

Ya los proyectos a futuro están empezando a germinar. Pero por ahora se refuerza la convicción de que las cumbres no son más que un medio en el camino, para descubrir un poco más el interior de cada uno de nosotros. Todas esas pequeñas vivencias y experiencias que atesoramos en el curso de una escalada, son lo más valioso que nos podemos llevar de cada uno de estos viajes. Que todos logren conquistar sus propias cumbres internas.

Los quiere. Miguel.

 

 



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