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Huascarán Sur - Cordillera Blanca 2001
Miguel Sosa - Experto Aventurarse

Hola a todos. Continúo con un nuevo relato de mis ascensiones, junto a José, en las alturas de la Cordillera Blanca, Perú. En el relato anterior revivimos una aventura gratificante por ese clásico que es el Alpamayo, el primero de los desafíos que encaramos en este viaje. Ahora, nuestro objetivo era el Huascarán Sur, de 6768 metros, la montaña más alta del Perú. Generalmente, por lo grande de esta montaña, mucha gente prefiere ayudarse con porteadores para poder transportar todo el equipo necesario hasta una altura de casi 6.000 metros. Por razones económicas, nosotros decidimos hacerlo sin porteadores y en un tiempo relativamente corto, para así minimizar el peso a transportar. Contábamos con que ya estábamos suficientemente bien aclimatados con nuestra estadía en Alpamayo.

Aun así, nuestros morrales pesaban algo más de 35 Kg., un peso muy grande para moverse alrededor de los 6.000 metros. Para el viaje hasta Musho, población de partida, y el uso de arriero y burros hasta el Campo Base (4200 m.), nos unimos con dos alemanes y un brasileño que conocimos en Alpamayo. Esto abarató un poco los costos.

La caminata hasta el Base se realiza por un terreno muy bonito, con muchos eucaliptos y una vista impresionante sobre el macizo del Huascarán, que con sus dos cumbres gemelas se alza imponente sobre el resto de la cordillera. En dos horas y media ya estábamos en el Base. Los burros sólo pueden subir hasta allí. Decidimos acampar en el lugar esa noche, en vez de seguir hasta el Campo Morrena ese mismo día.

Allí nos encontramos de nuevo con Américo, un guía peruano que fue muy amable con nosotros en Alpamayo, y que ya venía bajando de la montaña. Gran alegría por el encuentro, aunque sus noticias no eran muy buenas. Nadie había podido hacer cumbre, por los fuertes vientos que soplaban en las alturas.

Esa noche presenciamos un increíble espectáculo. A lo largo de todo el Callejón de Huaylas, la gente celebraba con fuego el Día de San Juan y la noche se iluminó con cientos de fogatas e incendios que minaban todo el valle. Esa tarde llegaron también al campamento dos hermanos de Estados Unidos, que habían hecho el Alpamayo un día después de nosotros. Por cierto, para los que gustan de datos técnicos, la ruta que hicimos no es la Ferrari, si no la Vasco Francesa, que corre a la izquierda de la Ferrari. Hasta que nosotros abandonamos el Collado, nadie había escalado aún la Ferrari.

Un camino extraño

Al día siguiente emprendimos el camino hacia el Campamento 1, ya en la nieve, a 5200 metros. Los alemanes, con su proverbial eficiencia, se levantaron y desarmaron su campamento muy temprano. Nosotros, en cambio, nos tomamos todo con más calma. Tom y Scott, los dos gringos, partieron al mismo tiempo que nosotros, lo cual evitó que José y yo nos perdiéramos solos en la morrena y las rocas de las faldas del Huascarán. Por alguna razón, equivocamos el camino más utilizado y seguimos algún otro extraño camino que da unos rodeos muy grandes.

Hacía un calor tan fuerte que los cuatro terminamos caminando sólo con franela y boxers. En total, el rodeo nos costó como una hora y media de camino adicional, pero luego de cinco horas llegamos al Campo 1.

El Huascarán ha cambiado muchísimo. Su glaciar retrocede a pasos agigantados y lo que antes era uno de los tramos más complicados de la ascensión, el acceso al Campo 1, es ahora una uniforme rampa de nieve, surcada por apenas una grieta. Ni siquiera hubo necesidad de encordarse. Esa noche la pasé un poco incómodo por el frío.

Espacio confinado

A la mañana siguiente debíamos partir muy temprano, ya que la vía nos llevaría bajo una zona expuesta constantemente a las avalanchas, la que es preferible pasar antes que el sol caliente la nieve. El problema es que estábamos demasiado pesados y no es fácil ni agradable tratar de moverse rápido a grandes alturas, con pesos muy grandes al lomo. Fue así como decidimos unir fuerzas con Tom y Scott. Compartiríamos equipo y así lograríamos disminuir el peso común de la expedición. Dejamos una carpa en el Campo 1, con todo el equipo que podíamos descartar, y emprendimos el ascenso hacia el Campo 2, o la Garganta, a 5950 metros, con una carpa de dos personas para los cuatro y una sola cuerda en lugar de dos.

El ascenso discurre por una canaleta empinada, para luego desembocar en una travesía que cruza bajo toda la zona de avalanchas. Partimos un poco tarde, a las 7:30. A José y a mí no nos dio tiempo de desayunar bien. El ascenso se me hizo durísimo, probablemente por la falta de sueño y desayuno, llegando al punto de que al pasar la zona de peligro me desencordé de mis compañeros y me senté a descansar y comer. Luego proseguí solo mi camino, hasta el collado o garganta.

Cuando llegamos allí aún soplaba un fuerte viento y el campamento clásico estaba demasiado expuesto, por lo que la gente estaba decidiendo acampar un poco más abajo, en un sitio más protegido. El problema es que todo el terreno es inclinado y nos tomó dos horas de duro trabajo a los cuatro, para tallar una plataforma donde colocar la carpa. Finalmente la terminamos y nos acomodamos como mejor pudimos. Derretimos nieve, pasamos el rato y recibimos con alegría la noticia de que por fin habían podido hacer cumbre algunos grupos. El viento había cesado durante la noche y sólo se reinició con la salida del sol.

Parecía que la suerte con el clima nos iba a sonreír otra vez. Por fin cayó la noche y los cuatro nos acomodamos en ese ínfimo espacio, para pasar unas muy incómodas pero calientes horas, hasta el momento de la partida. Fue una noche de calor sofocante y, por momentos, desesperante. Pero finalmente, a las 12:00 de la noche comenzamos a prepararnos. La tarea incluía derretir nieve, desayunar algo y vestirse como mejor se pudiera en el confinado espacio de la carpa.

Cumbre: una vista impresionante

Finalmente, logramos ponernos en marcha a la hora propuesta, las 2:00, que fue la misma hora elegida por cuatro vascos, dos franceses, los dos alemanes y el brasileño. Así que un trencito de trece luces abandonó el campamento de la Garganta, conmigo a la cabeza, ya que yo había pedido subir en la punta para poder marcar el paso. Es horrible tener que seguir a otro cuando su paso es distinto al tuyo. Pero eso no duró mucho tiempo, ya que equivoqué el camino y cuando nos dimos cuenta del error, los que iban de últimos se convirtieron en los primeros y nuestra cordada quedó en la zaga.

El ascenso discurría por largas pendientes de inclinación variable y se podían adivinar en la penumbra abismales grietas y enormes paredes de hielo, que nuestras linternas no alcanzaban a iluminar. Poco a poco fuimos pasando a los otros grupos, hasta que llegado un punto sólo los alemanes y el brasileño estaban por encima de nosotros.

Llegamos a un punto crítico de la ruta en el cual una grieta corta el paso y una pequeña lengua de hielo y nieve parece haber descendido desde la pared superior para flotar en el aire y obsequiar un único paso a los escaladores. Es un tramo sencillo, pero impresiona un poco cuando lo vez por primera vez. Por cierto, cuando me iba a montar en esa lengua, la nieve bajo mi pie cedió y casi caigo a la grieta. Estaba asegurado con la cuerda, pero de todos modos el susto fue bueno.

Pasado este tramo sólo quedaban interminables rampas de nieve uniforme. La madrugada comenzaba a despuntar y sobre el horizonte pudimos ver a unas compañeras habituales de nuestros cielos venezolanos, las Pleyades, y algún planeta muy brillante que no sabría identificar. Poco a poco el cielo iba aclarando y podíamos ya apagar las linternas. A nuestras espaldas, la Cumbre Norte se incendiaba con los primeros rayos del sol y, en el horizonte, la sombra inmensa de las cumbres gemelas trazaba su línea sobre el Callejón de Huaylas. Un espectáculo impresionante.

Más arriba, uno de los alemanes enfermó y tuvo que emprender el descenso acompañado de su amigo. El brasileño se unió a nosotros y juntos seguimos el ascenso. La parte final es un poco desesperante porque el morro de la cumbre es largo y casi plano, y la parte más alta se encuentra en el extremo más alejado, por lo que los últimos metros de elevación implican muchísimos metros de desplazamiento horizontal. Pero por fin, a las 7:30 logramos llegar a la cima más alta del Perú. Una alegría inmensa y una vista impresionante.

El sueño de los justos

En vez de tener toda la Cordillera Blanca a nuestros pies, un inmenso mar de nubes, que estaría aproximadamente a 6000 metros, lo cubría todo hasta el horizonte, excepto por las cumbres más cercanas. El viento había comenzado a soplar con cierta intensidad y yo estaba preocupado por mis dedos de los pies, en los cuales había dejado de sentir frío, una mala señal. Aun así pasamos casi media hora allí, antes de reemprender el descenso, tiempo suficiente para abrazos, fotos y contemplación.

Justo al salir de cumbre llegaban los dos franceses y, un poco más abajo, subían tres de los vascos con uno de los alemanes que había regresado antes. Otro vasco había enfermado y siguió bajando con el otro alemán enfermo.

Del descenso sólo queda reseñar el terrible calor que empezamos a sufrir y que por fin podíamos apreciar en toda su magnitud el paisaje que nos rodeaba. Las grietas eran espantosamente grandes. Las paredes y los bloques de hielo pareciera que sólo necesitaban el más mínimo empujón para venirse abajo. Por cierto, después nos enteramos que hubo un terremoto muy fuerte al sur del Perú. Suerte que no nos llego aquí, a la cordillera. Aun así da pena por todos los afectados.

Llegamos de regreso a la Garganta a las 10:30 y comenzamos lentamente a prepararnos para continuar el descenso. Más de una noche los cuatro juntos en una carpa era impensable. Los alemanes, con su típica eficiencia, levantaron su campamento en un abrir y cerrar de ojos y se despidieron con unas palabras que resultaron casi fatídicas: "nos vamos pronto por miedo a las avalanchas". Justo estaban en la zona de peligro, cuando unos grandes bloques se desprendieron y cayeron hacia ellos. Fue angustiante presenciarlo todo desde arriba. Pero pareció que el grueso de la avalancha se desvió hacia otro lado. Aun así, nos enteramos después que un trozo de hielo golpeó a uno de ellos con gran fuerza en la cabeza, que por suerte tenía casco, y a otro en el abdomen, pero no les causó mayores daños.

Nosotros cruzamos por allí a toda velocidad un poco más tarde y por suerte no cayó ni un copo de nieve. El calor era asfixiante. Ya de vuelta en el Campo 1 estábamos casi desnudos. Terminamos de recoger lo que habíamos dejado allí y continuamos el descenso hasta el Campo Morrena. Allí decidimos pasar la noche, porque ya estábamos muy cansados y el tobillo de José se encontraba resentido.

Esa noche dormimos el sueño de los justos, casi doce horas inconscientes. José pasó la noche bajo las estrellas, porque Tom le prestó una bolsa especial para dormir sin carpa y el saco de dormir de José es súper caliente. La noche fue clara. Al día siguiente tuvo la suerte de conseguir un porteador que lo ayudó a bajar su morral. Además, le enseñó un camino nuevo que han hecho, porque están construyendo un refugio al pie del Huascarán, y que es mucho más rápido para volver a Musho que el camino clásico que seguimos Tom, Scott y yo. Pero aun así, el descenso se hizo ligero y antes del anochecer estábamos todos de regreso en Huaraz. Cenamos con los gringos en un restaurante increíblemente bueno, barato y donde sirven enormes cantidades de comida. ¡A reventar!

Así fue esta experiencia en la montaña más alta del Perú. Luego, nos esperaría el Artesonraju (6.025 metros), una montaña bellísima, también en compañía de Tom y Scott. Pero es otra historia. Ya les contaré.

Continuará...

 

 



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