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Volcanes del Ecuador 2000
Jorge Santos - Aventurero

Todo viaje a la montaña, sobre todo a la alta montaña, comienza en casa. Lo primero es planear, meses antes, el entrenamiento, la compra de equipos, la forma de transporte -hacia y dentro del país visitado-, las comidas en la montaña, la aclimatación y otros aspectos. Dicho en otras palabras, el esfuerzo y el placer comienzan antes de llegar a la montaña.


En esta oportunidad, un grupo de amigos, Rainer Bostelman -Centro Excursionista Loyola Senior-, Miguel Benejam -Centro Excursionista Caracas- y quien suscribe -Asociación Venezolana de Instructores y Guías de Montaña y Centro Excursionista Caracas- nos propusimos poner nuestros cuerpos y nuestras almas sobre algunas de las mayores alturas del Ecuador.

Arribamos a la ciudad de Quito, a 2800 metros, el día 24 de junio de 2000. Ese día lo dedicamos al descanso y al comienzo de la aclimatación. Al día siguiente enfilamos nuestros pasos hacia el Rucu Pichincha, de 4730 metros. Se trata de un volcán de fácil acceso, ya que está pegado a Quito y no posee mayores dificultades técnicas. La elección de este volcán se debió, además, a que su ascenso resulta muy beneficioso en el proceso de aclimatación
.

Aclimatación y cumbres

La máxima premisa de la aclimatación dice "climb high, sleep low" -escala alto, duerme bajo-. De esa manera, el organismo se adapta de manera natural sin el uso de fármacos que sirven para la exposición a la altura. Con un clima bastante agradable llegamos a su cumbre, dos de nosotros por la ruta de las agujas y un tercero por la ruta del arenal. Por cierto, la escalada de la ruta de las agujas es realmente interesante y altamente recomendada si se tiene un poco de experiencia de escalada. Sólo en un punto se recomienda el uso de cuerda, en el llamado "Paso de la Muerte". Luego de las fotografías de rigor, descendimos por la ruta del arenal, y para las 17:00 nos encontrábamos nuevamente en Quito.

Luego de un día de descanso activo en el cual visitamos el bosque protector del volcán Pasochoa, nos dirigimos hacia el refugio Nuevos Horizontes -4770 metros- de los Illinizas, con el objetivo de ascender, al día siguiente, el Illiniza Norte, de 5162 metros. El clima no estaba muy bueno y la noche fue bastante tormentosa. Por un momento dudamos que la montaña nos permitiera el ascenso al siguiente día.

Sin embargo, a la mañana siguiente el clima mejoró. Muy temprano, a las 6:25 logramos salir del refugio para hacer cumbre a las 8:57, luego de un bellísimo recorrido sobre neveros, con algunos pasos de cierta dificultad pero que tornaron la escalada extremadamente interesante. Había muchísima nieve, a pesar de que, actualmente, esta montaña no posea glaciares permanentes. Luego de 40 minutos en la cumbre, con un clima espectacular, comenzamos el regreso. Nos llevó, aproximadamente, una hora y treinta minutos.

Descansamos un poco en el refugio y continuamos el descenso hacia el Chaupi, donde nos esperaba un vehículo para transportarnos hacia Machachi. Allí pasaríamos dos días antes de dirigirnos hacia el bellísimo volcán Cotopaxi.

La cumbre del Cotopaxi

El 30 de junio, todavía algo eufóricos por nuestro éxito en el Illiniza Norte, partimos hacia el refugio José Francisco Rivas, sobre una altura de 4880 metros. Allí planeábamos pasar el día para aclimatar. Lamentablemente, allí también se acabaría nuestra suerte con el buen tiempo. Eso no nos preocupó mucho, ya que nuestro día de ascenso era el siguiente y esperábamos que el clima cambiara. Esa noche dormimos en Tambopaxi, a 3805 metros. Hasta ese momento, nos había resultado excelente nuestro plan de aclimatación.

El día 01 de julio, partimos nuevamente hacia el refugio J.F. Rivas con la idea de intentar el ascenso a la montaña esa misma noche. El clima era igual de malo que el día anterior. Justamente, el día anterior habían fracasado todas las cordadas, salvo una. Se trataba de la de nuestros nuevos amigos, Andrés Meglioli (argentino) y Andy Kurz (norteamericano). Ellos, salieron del refugio, lograron llegar a la cumbre y regresaron, aunque la dureza de la montaña se sentía en sus cuerpos. A ambos los habíamos conocido en el Illiniza. Se notaba que estaban muy duros, lo que nos alertó de las condiciones de la montaña. Pero, nosotros nos sentíamos fuertes, aclimatados y dispuestos a demostrarle a la montaña que nos merecíamos su cumbre y que, con respeto, la lograríamos.

Salimos del refugio esa noche a la 00:26, con un tiempo malo, pero no tanto lo estaría más tarde, a eso de las 2:00 de la madrugada. Vientos huracanados, con pedacitos de hielo que volaban y, al hacerlo, pegaban en todo el cuerpo y castigaban, principalmente, a la única zona destapada de nuestro cuerpo: el pedacito de cara y ojos que no cubre el pasamontañas.

Por un momento, pensamos que si esto seguía así no volveríamos. Pero, aunque el clima no mejoró y el frío era aterrador, nuestra condición física era excelente por lo que soportamos el vendaval de la mejor manera. A las 5:52, llegamos a Yanasacha -5655 metros-, lugar emblemático de ese volcán y que indica que sólo falta el último tercio de la montaña y, posiblemente, la zona más técnica. Se trata de una escalada 45 a 50 grados de inclinación, pero donde el montañista debe hacer su mayor esfuerzo, al sentir cerca su objetivo.

Algo más cansados que al principio y con un clima que nunca mejoró, llegamos a la cumbre del Cotopaxi (5911 metros) a las 7:51. Permanecimos allí sólo 15 minutos y comenzamos el regreso, no con menos problemas que durante el ascenso. Era de día, pero no se notaban nuestras huellas de la subida. No sé cuántas veces nos cambiamos los lentes.

Al final, luego de pasar bastante cerca de muchas grietas abiertas, llegamos nuevamente al refugio, a las 10:44 de la mañana. Estábamos contentísimos pero, también, muy golpeados físicamente. Esa misma tarde no dirigimos a Riobamba para descansar.

El día 04 de julio, aún golpeados por un clima bastante despiadado en el Cotopaxi, nos acercamos con poca ilusión hacia los predios del Chimborazo. Teníamos la certeza que con un clima similar al del Cotopaxi, sería casi una locura sin control, por no decir imposible, hacer cumbre en ese coloso de los Andes.

Cerca del sol

Nuestra sorpresa fue que, mientras nos acercábamos más al refugio Hermanos Carrel -4800 metros-, se nos presentaba un clima espléndido, totalmente despejado. Estaba ideal para un ascenso. La pregunta era, ¿sería igual al día siguiente, en el que intentaríamos la cumbre?

Del refugio Hermanos Carrel nos dirigimos al Refugio Whymper -5040 metros-. Allí nos encontramos nuevamente con Andrés y Andy, quienes esa misma noche realizarían su intento de cumbre. El clima seguía bueno y todos muy internamente pedíamos sólo un día más así. Ese día bajamos a dormir a Riobamba, en un hostal a 3400 metros.

Al día siguiente, nos dirigimos nuevamente al refugio Hermanos Carrel y, de allí, subimos al refugio Whymper. El día prometía buen clima. Esperábamos que la noche fuera igual. Nuestros amigos habían logrado la cumbre Ventimilla -6270 metros- la noche anterior, con un clima excelente.

A las 23:30 partimos del refugio Whymper. Hacía frío pero estaba despejado y no había viento, algo inusual en esta montaña que suele ser bastante venteada. Pero, nos esperaba un ascenso de 1300 metros sobre de hielo y nieve. Por razones de salud de última hora, Miguel no salió del refugio.

A las 7:30, luego de una fuerte descomposición intestinal, llegué a la Cumbre Ventimilla, precedido por Rainer. Luego, alcancé la Cumbre Whymper o Máxima, de 6310 metros, igualmente precedido por Rainer. El tiempo en la cumbre fue maravilloso y la vista era espectacular. Simplemente, estábamos parados en el lugar de la tierra, más cerca del sol: el Chimborazo.

El descenso se realizó sin problemas. Sin embargo, acusé el cansancio en el último tercio de la bajada, por efecto de la deshidratación que me había causado la diarrea. Gracias a Dios, mi condición física era muy buena, lo que me permitió resistir el esfuerzo a pesar de la indisposición, para llegar al refugio Whymper en horas del mediodía. Ya abajo sabíamos que habíamos logrado el objetivo, porque sólo cuando se llega abajo vivo, se sabe que se tuvo éxito.

El resto del viaje fue un poco de turismo convencional. Nos dirigimos a las aguas termales de Baños, hicimos compras en Quito y celebramos nuestros logros en tierras ecuatorianas. Sólo me resta agradecer a estos excelentes montañistas y amigos, Miguel Benejam y Rainer Bostelman, con quienes, por soñar alto, creímos y fuimos cóndores venezolanos en el Ecuador.

¡Anímense! Allí quedaron las montañas, esperándolos...

Jorge

 

 

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e-mail: andinista@cantv.net




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