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Travesía sin tiempo por Latinoamérica VI
Bruno Monfrinotti - Aventurero

Me es difícil comenzar este nota sin decirles que extraño a los seres queridos. Tal vez les parezca exagerado -o muy meloso-, pero les aseguro que es verdad. A cada paso que doy, me encuentro con el recuerdo de alguno de los afectos. Los encuentro día a día en personas que voy conociendo, o en situaciones que voy viviendo. Es muy fácil entrar en confianza con alguien que por H o por B te recuerda a un amigo. Cada palabra que alguna vez hablé con quienes quiero está grabada en mi mente, y no hace falta más que un detalle en el ambiente para que vengan como rayos a mi conciencia. Por lo tanto, al que dude de mi recuerdo, le digo que está muy equivocado. Me es imposible olvidarlos. Pero dejémonos de sentimentalismos y dediquémonos al lo más divertido: el viaje.

En el último relato nos habíamos quedado en Costa Rica, ya entrando en Nicaragua. La primera impresión que se experimenta entrando a Nicaragua es parecida a la que se experimenta en Bolivia. Se empieza a olfatear la pobreza o mejor dicho la miseria que vive este pueblo. Otra vez, la suma de muchos factores como guerras, corrupción, desastres naturales y desinterés general hacen de Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala, una región donde la miseria se siente muy cómoda y juega a quedarse. Me di cuenta que la angustia y la sensación de impotencia al ver tanta injusticia, no eran para nada productivas, así que decidí recorrer la región con una actitud más abierta. Indudablemente, las cosas no son como a mí me gustaría que fueran.

En Nicaragua, al primer lugar donde llegué fue Rivas. No estuve mucho tiempo en esa ciudad, pues al día siguiente me tomé un ferry y me fui para Ometepe, isla formada por dos volcanes, uno activo y otro inactivo, que se encuentra aguas adentro del gran lago Nicaragua. En la isla hay algunos pueblitos muy tranquilos, habitados por gente igual de apacible. Si bien estos pueblitos no tienen nada de espectacular, es agradable ir a sus playas de arenas volcánicas y agua dulce. También es posible subir a los volcanes, pero yo un subí porque me dio "fiaca". En el hotelito donde pasaba mis días, conocí un grupo de estudiantes de turismo. Amistosos como la mayoría de los nicaragüenses, decidieron tomarme como trabajo práctico para sus estudios y me llevaron a recorrer la isla, con el bus que ellos mismos habían contratado para la ocasión. "Se ofrece turista como trabajo práctico para estudiantes de turismo". Buen trabajo, ¿no?

Por las noches nos íbamos para la disco del pueblo, donde no faltaba la típica pelea entre parroquianos, algo pasados de copas. Luego de unos días me despedí de mis amigos, con la promesa de pasar a visitarlos por su universidad cuando llegara a Managua. Me tomé el ferry y me fui para Granada, ciudad colonial, donde la gente saca sus sillas y mesas a la vereda y se pasa las tardes conversando con las puertas abiertas.

Allí no hice más que algo de vida social, algunas caminatas por sus antiguas calles y algún acercamiento a los niños de la calle, más específicamente, a los "huelepega" (chicos que huelen "Poxirrán"), los cuales me dieron un poquito de su "pega" para arreglar mis botas rotas.

Adiós Nicaragua, Honduras espera

Aunque me habían dicho que Managua no tenía absolutamente nada de interesante, decidí conocerla. Además, debía cumplir mi promesa de visitar a mis amigos de la Universidad de Turismo. Así lo hice. El día 12 de octubre me la pasé en su universidad, siendo espectador de una bonita muestra de cultura nicaragüense. Baile, teatro y comidas típicas me tuvieron ocupado todo el día, a la vez que aprendía algo más sobre sus costumbres. Luego pedí a mis amigos que me llevaran a conocer Managua. Al rato de pensar, decidieron llevarme a la Laguna de Apoyo, formada por un antiguo cráter de volcán en las afueras de la ciudad.

Queda confirmado, entonces, que no hay nada interesante en esta ciudad. Por último, les cuento que el centro de Managua fue destruido en el último terremoto, así que la ciudad está dividida en diferentes regiones, ninguna más importante o céntrica que las otras. Además, las calles no tienen nombre (tal vez en el último terremoto se cayeron los cartelitos). ¿Se imaginan cómo indican una dirección?

Me quedó por conocer León, una ciudad famosa por ser protagonista principal en la guerrilla sandinista, y donde algunos de cuyos habitantes son ex guerrilleros. Hay mucho por hablar acerca de la lucha armada en estos países, pero es algo que no voy a hacer en esta nota.

Rápidamente me adentré en Honduras. Tegucigalpa, la capital, fue mi primer destino. Es una ciudad muy pobre, sucia y algo peligrosa en las noches. Dicho por los mismos habitantes con los que hablé, Tegucigalpa no tiene nada de interesante. En general, me recomendaron irme para el lado del Caribe, donde sí encontraría algo bonito.

Burbujas de asombro

Sin mucha demora me fui para La Ceiba, pueblo a orillas del Caribe, desde donde se accede a las islas de Utila y Roatán. Utila es una isla cuya principal atracción es el buceo. Está colmada de escuelas que ofrecen cursos de lo más económicos. Pero la isla, en sí, no tiene grandes atractivos. Esta vez "codito de oro" desembolsó cincuenta dólares y se hizo su primera inmersión. Sí, así como lo escuchan, respiré debajo del agua por primera vez en mi vida. Es muy fácil y a la vez fascinante. En esta zona la visibilidad es muy buena y tanto la fauna como la flora son abundantes y coloridas. Ahora entiendo cuál es el color azul profundo. Siempre de la mano del instructor, jugamos con medusas y animales rarísimos, que parecían plantas que al ser tocadas se retraían. También, observamos una barracuda bastante grande, que nos miraba con cara de pocos amigos. Si alguna vez soñaron que podían volar, les cuento que esto es lo más parecido. En definitiva, fue una experiencia que pienso volver a repetir algún día.

La otra isla, Roatán, fue la siguiente parada. Me recomendaron el lado oeste como el más económico y pintoresco. En este lugar conocí bastante gente, entre ellos un holandés llamado Ewout (Eduardo), una canadiense llamada Rosa y un grupo de yanquis hippies, pero de los viejos. Gracias a Eduardo y Rosa, que algo de español hablaban, me enteré algunas cosas acerca de la vida de esta extraña gente. Ellos tienen entre sesenta y setenta años, y habían decidido pasar sus vidas en algún lugar apacible, donde no los alcanzara la vorágine de la ciudad ni el estrés.

Una tenía una pequeña posada, otro era aventurero, la otra maestra, el otro instructor de buceo, pero todos tenían algo un común: energía y muchas ganas de vivir. La maestra era novia del aventurero y tenia una bonita casa a orillas del mar. Frente a la casa, en una pequeña isla, había una reserva de delfines. Eduardo, Rosa y yo, fuimos invitados a pasar el día y a hacer algo de snorkel allí. Por supuesto, estuvimos ahí puntuales, con nuestras máscaras y patas de rana. El aventurero hizo de guía y nos llevó a conocer los mejores paisajes submarinos, en donde había arrecifes de coral, cuevas, abismos y abundantes peces de colores, que nos dejaron boquiabiertos. ¡Lo que es normal, porque no se puede cerrar la boca con el snorkel puesto!

Luego de un largo trayecto en el agua, llegamos a la Isla de los Delfines. La reserva estaba delimitada por una red de grandes rombos, a modo de pared que rodeaba todo el perímetro. Con todo el cuerpo debajo del agua y solo el tubito para respirar fuera, me aferré a la red, estilo "la ñata contra el vidrio", a esperar que pasaran los delfines. Eduardo y Rosa se ubicaron detrás mío. Luego de unos segundos aparecieron varios delfines. Uno se puso a mirarme fijamente y los demás siguieron. No podía creer que el delfín me estuviera mirando a mí. Entonces, di un paso hacia mi derecha y el delfín se movió también y siguió mirándome. Repetí la maniobra un par de veces más y el delfín hizo lo mismo. A la cuarta vez, una bolsa de plástico blanca atrapada en la red interrumpió la visión entre el delfín y yo. Rápidamente el delfín tomó la bolsa con su boca, la desenredó y me la dio directamente en la mano. No lo podía creer.

Me di vuelta para ver a mis amigos. Ellos habían sido testigos de todo y estaban soltando involuntarias burbujas de asombro. Una vez en la casa, durante el almuerzo que la maestra nos preparó, llegamos a la conclusión que el delfín nos había dado un mensaje ecológico: "Si quieres ver delfines, no tires basura al mar".

Amistad y promesa de reencuentro

Luego de unos días en la isla, llegué a hacer buena amistad con Eduardo, el holandés. Como él estaba aprendiendo español pero sabía hablar inglés muy bien, y yo, todo lo contrario, decidimos seguir conociendo Honduras juntos, mientras nos enseñábamos mutuamente ambos idiomas. Recorrimos así muchos pueblos del interior de Honduras. La Unión, Comayagua, Santa Rosa y Gracias a Dios (¡sí!, ¡así se llama un pueblo!) fueron algunos de ellos. La mayoría pueblos rurales donde la gente era muy amable. Recorrimos La muralla, un parque nacional en La Unión y alguna que otra cascada, pero no encontramos nada que valga la pena recomendar y menos en esta época del año, donde el clima no ayuda mucho. Sólo quedaron por conocer las Ruinas de Copán, a las que no fuimos por ser algo caras y pequeñas en comparación con las que vería después.

De esta manera pasamos a El Salvador. Este es un país del que no puedo hablar mucho, ya que sólo estuve una semana. Nada más visité Las Palmas, un pueblo de artesanos, y Juayua, donde pasamos el Día de los Muertos y luego recorrimos unas bonitas cascadas. Desde allí pasamos a Monterrico, Guatemala, pueblo netamente turístico en la costa del Pacífico, donde los guatemaltecos pasan sus vacaciones. Claro, los que pueden.

Allí dormí en la peor habitación que haya conocido hasta el momento. Llegamos en fin de semana, en plena fiesta, con hoteles completamente llenos y tuvimos que ocupar las peores habitaciones del peor hotel. Para que se den una idea, les cuento que la habitación era una especie de tumba de cemento de dos metros y medio por dos metros. Las camas eran del mismo material, con una esterilla a modo de colchón y una sola sabana. No había ninguna ventana ni ventilación, salvo la de la puerta de entrada, que no encajaba muy bien en su marco. El calor era insoportable y la música en la disco del hotel no paró hasta altas horas. Ya ven, no todo es un paraíso.

Al día siguiente salimos corriendo de ese lugar, que no era para nosotros, y nos fuimos a Antigua, pasando por Guatemala ciudad, pero sin detenernos. Antigua es una ciudad muy bien cuidada, que tiene todo lo necesario para mantenerse activa y alegre. Arquitectura colonial, buenos servicios, precios económicos, abundantes gringos que van a aprender español en las innumerables escuelas y suficiente comunidad indígena que se dedica a vender sus artesanías a precio de turista. Allí pase unos días recuperando energías y comiendo todo lo que hacía rato no comía (pizza, comida china, hamburguesas). Eduardo se quedaría en Antigua para terminar sus estudios y yo seguiría viaje.

Luego de una breve despedida y el compromiso de volvernos a encontrar, dejé a mi amigo y me fui para el lago Atitlan. Llegué a Panajachel, un pueblo a orilla del lago, conocido por ser refugio de una gran comunidad de artesanos. Como se imaginarán, la calle principal estaba llena de puestos de artesanías indígenas. Pero, si uno se detiene a observar, se encuentra con una gran cantidad de artesanos que nos son indígenas: son argentinos.

El popular Bruno

Me tocó pasar el día de la despedida de Maradona, con un grupo de quince argentinos, todos hippies, que se juntaron para ver el partido homenaje en el único bar que tenía televisión por satélite. No sé cómo habrán vivido ustedes ese día, pero aquí el instinto de rebaño afloró en cada uno de nosotros, al mismo tiempo que la emoción y las lágrimas corrían por las mejillas del Diego. Admito que se me "piantó" más de un lagrimón y, aunque a mí el fútbol no me gusta mucho, en ese momento me sentí más unido a mi gente que nunca. El resultado fue que al terminar el partido tenía quince nuevos amigos, todo gracias al Diego. Me invitaron a tomar unos mates a la casa donde vivían y me contaron un poco de su particular estilo de vida, el cual no me pareció más disparatado que el de algún genio de las finanzas en Buenos Aires.

De la mano de ellos conocí italianos, mexicanos, venezolanos, alemanes y hasta una chica de la India, que extrañaba su música, su comida y su ropa. Algunos viajaban con sus hijos y otros habían formado familia durante el viaje. A los dos días de estar allí, caminaba por la calle saludando a cada paso a unos y a otros. Creo que nunca me sentí tan popular.

Aproveché para hacerme una escapadita a Chichicastenango, un mercado de artesanías indígenas muy grande cerca de Panajachel. Quedé impresionado por la variedad y delicadeza de esos trabajos. Es el mercado más exótico y pintoresco que he visto hasta el momento.

Debía seguir camino, así que luego de tomar unos cuanto buses, llegué a Cobán, mejor conocido como la Ciudad Imperial, por haberse encontrado en sus inmediaciones restos de antiguos reyes indígenas. El pueblo no tiene nada especial, pero no muy lejos se encuentran las Grutas del Rey Marcos. Con casco, botas y una linterna en la frente, al mejor estilo minero, me fui a visitar dichas grutas. La gruta estaba dentro de una montaña y en su interior corría un pequeño río. Se podían ver estalactitas, estalagmitas y numerosas formas en la piedra pulida por el agua, que animaban hasta a la imaginación más perezosa.

Las ruinas

Fue una experiencia nueva para mí y en un momento me sentí como en las entrañas de un enorme animal dispuesto a digerirme. Por suerte no fue así y puede seguir viaje hacia el norte. El bus que tomé para llegar a la zona de Tikal, cruza el país por el centro y pasa por algunas reservas indígenas. El hecho es que, en cierto momento, cuando el bus se había adentrado en la zona de bosques, las personas que subían eran sólo indígenas y, al rato, ya nadie hablaba español. Yo no entendía ni una palabra de su idioma. Cuando quise hablar con alguno de ellos, tampoco me entendía a mí. Este es un bus que pocos turistas conocen, ya que no figura en las guías. Por lo tanto, el camino es muy poco transitado por gente extraña y los indígenas no están acostumbrados a ver turistas. Tanto ellos como yo nos dispusimos a observarnos, de una manera más científica y no tan comercial. Luego de seis horas de viaje llegué a Santa Elena, lugar donde uno puede dormir y comer por poco dinero, a unos pasos de las ruinas de Tikal.

Ayer en la tarde conocí esta ruinas mayas. ¡Son increíbles! Se encuentran escondidas en la selva. A medida que uno camina por los senderos entre la vegetación, va descubriendo pirámide por pirámide, como si fuera el primero en encontrarlas. No les voy a hacer una descripción detallada, mejor vean las fotos. Y si esto no les alcanza vengan para acá que no se van a arrepentir. De aquí me voy para México, más exactamente a Cancún. Allí me encontraré con mamá, que tomó coraje y viene a encontrarse con su "bebé". Pasaremos un mes viajando juntos por México. ¿Que les parece? ¡Tengo una viejita mochilera!

Continuará...

 

Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica I
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica II
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica III
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica IV
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica V
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica VI
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica VII

 

Nota: brunomon@hotmail.com

 



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