Travesía sin tiempo por Latinoamérica V
Bruno
Monfrinotti
- Aventurero
En
relato anterior les conté las experiencias recogidas
en mi paso por Colombia
y Venezuela. Antes de eso, en tres capítulos,
relaté todo lo vivido en el Noroeste
argentino, Bolivia, Perú y Ecuador. Hoy,
desde Managua, capital de Nicaragua, les escribo para
contarles las últimas novedades del viaje. No puedo
evitar hablar al menos unas palabras sobre mis sentimientos
con respecto a los últimos acontecimientos. Si
bien, en mi viaje las cosas son inmejorables, el bajón
de ver al mundo en una nueva guerra es, para mi, inocultable.
Me encuentro
a diario con gente de muchos países y no se puede
evitar hablar de lo que esta pasando. Haciendo una pequeña
estadística, llego a la conclusión que nadie
quiere la guerra, y hasta los norteamericanos con los
que hablo me refieren que están totalmente en contra
de la política de su país. Este pequeño
análisis me da un poco de esperanza y me hace pensar
que esto no debería durar mucho. Bueno, ahora sí,
seguimos con el viaje.
Nos
habíamos quedado en Los Roques, paraíso
sobre la tierra, donde la paz se escribía con "pe"
mayúscula. Desde allí, volví al Continente
e intenté conseguir algún barco que me lleve
a Panamá. Luego de un par de días de espera
sin éxito, me tomé un avión, que
me dejó en la ciudad de Panamá, capital
del país homónimo.
El
canal
Panamá
(país) tiene sólo dos millones y medio de
personas. Por lo tanto, sus ciudades son muy pequeñas
y poco pobladas. Con solo andar unos quince minutos de
bus, uno se encuentra fuera de la ciudad. Lo primero que
llama la atención al llegar a esta capital, son
los coloridos buses. Los dueños de estos vehículos,
tienen por costumbre representar, sobre las carrocerías,
todo tipo situaciones por medio de coloridos dibujos.
He llegado a ver uno que dibujó a su hijo bebé
en tamaño mural. Otra cosa que llama la atención,
es la vestimenta de las mujeres indígenas. Llevan
vestidos multicolores y adornan sus gargantas, brazos
y piernas con cintas bordadas con diseños policromos.
Al mismo tiempo, les cuento que estos indígenas
son, hasta
ahora, los más pequeños que he visto. La
ciudad posee un casco histórico, muy bien mantenido,
y es un placer perderse por su callecitas. Eso sí,
no te pases una cuadra porque "sos boleta".
Con esto quiero decir que la ciudad no es muy segura y
que hay lugares que es preferible evitar.
Imperdible
si se está en esta ciudad, es el famoso Canal de
Panamá. Tuve la suerte de presenciar el traslado
de dos buques que lo cruzaron. El proceso es muy interesante
y más rápido de lo que pensaba. Es espectacular
ver semejantes edificios flotantes pasando por un canal
tan estrecho. Da la impresión que se van a quedar
trabados en cualquier momento.
No
menos interesante es conocer la creación de este
canal. No les voy a contar toda la historia, porque la
pueden encontrar en cualquier libro. Igualmente les recomiendo
que la lean. Verán cómo, por enésima
vez, la política abusiva de Estados Unidos para
con sus vecinos de América Latina, se hace presente.
Por
último les cuento que por muchos años, Panamá
ciudad, fue sede de las casas bancarias más reconocidas
en todo el mundo. Por lo tanto, el centro comercial, tiene
el aspecto de una pequeña Nueva York. Luego de
recorrer esta ciudad, decidí irme para San Blas.
Me habían dicho que eran unas islas del lado del
caribe, que valía la pena conocer por su belleza
natural y su marcada cultura indígena. Había
dos maneras de llegar. La más fácil y cara,
por avión. La más difícil y barata,
por tierra y luego por barco. ¿Adivinen que eligió
el codito de oro?
La
vida te da sorpresas
Sí,
adivinaron. Luego de tomarme un bus hasta un cruce bastante
poco transitado, me quedé esperando todo el día
que pase un auto o algo que me llevara para el lado de
la costa. Nadie pasó y, cuando se hizo de noche,
tuve que hacer dedo para volver. El resultado de esta
aventura fue que terminé festejando el cumpleaños
de un panameño que conocí, comiendo en un
restaurante argentino en Chepos, ciudad
que ni por casualidad se me había ocurrido visitar.
Esto es lo bueno de viajar sin grandes planes. Te levantas
a la mañana con una idea y te acuestas de noche
en un lugar, cuyo nombre ni siquiera conocías al
levantarte. ¡Ya estoy hablando de "tú",
otra vez!.
Desistí
de conocer San Blas y me fui para Boquete. Un pueblo de
montaña, cercano al Volcán Barú.
Como el clima no ayudaba demasiado, y la verdad es que
se la pasaba lloviendo, no subí al volcán,
ya que gente que lo hizo me dijo que arriba no se veía
absolutamente nada. Pero claro, ustedes dirán que
"este tipo nos cuenta todo lo que NO hizo".
¡No se impacienten! ¡Ya les cuento!
Hice
el camino del Quetzal, que es una caminata por el medio
de la montaña. Con paisajes entre boscosos y selváticos,
da la sensación de estar adentro de un cuento de
aventuras. Y me fui a Caldera, unas termas en el medio
del bosque que me relajaron los músculos y me arrugaron
la piel de los dedos.
En
el hotelito de Boquete conocí mucha gente, entre
otros a un alemán llamado Constantino, o Tino,
como le gustaba que lo llamen, que se la pasaba cantando
canciones de los grupos argentinos Los Auténticos
Decadentes y La Mosca, con acento alemán y palabras,
en muchas ocasiones, inventadas. Ahora me doy cuenta lo
gracioso que suena uno cuando intenta cantar en inglés
y no sabe ni una sola
palabra.
wary-wary
Con
Tino, decidimos seguir viaje juntos y rumbeamos para Bocas
del Toro. Estas son un grupo de islas en el Atlántico
panameño, que, según nos dijeron, son muy
tranquilas y poseen lindas playas. No se equivocaron.
Específicamente, la Isla de Bastimento posee estas
cualidades. Esta zona y, como luego me enteraría,
todo el Caribe centroamericano, están poblados
por negros, que fueron traídos por los ingleses,
que intentaban fundar colonias para consolidar su preciada
ruta del oro.
El
lenguaje de esta gente es rarísimo. Después
de muchas averiguaciones, nos enteramos que hablaban wary-wary,
un dialecto que es una deformación del inglés,
en donde la frase "dame un vaso de agua" se
dice: "gime a glas a wata". Por suerte esta
gente también habla español e inglés
normal, lo que nos alivio el susto inicial.
En
Bastimento pasamos unos días muy pero muy tranquilos,
hasta que vimos por televisión el atentado, lo
que demuestra que no hay lugar suficientemente tranquilo
mientras haya televisión.
Llegó
el día en que Tino se volvió para Alemania,
así que me quedé unos días más
en Bastimento, conociendo esa particular cultura. Hice
buena amistad con la administradora del hotel, una sueca
muy bien adaptada a la vida de la isla, que me invitó
a participar en las conversaciones femeninas que realizaban
todas las tardes en el hotel. La conclusión de
esta terrible experiencia es la siguiente: "suecas,
alemanas o negras descendientes de jamaiquinos, tienen
un solo problema: el hombre".
En
la tierra de los ticos
Al
fin, tanta elocuencia me termino asustando. Decidí
terminar mi viaje por Panamá y seguir para Costa
Rica. Me tomé un par de lanchas y otros tantos
buses, y llegué a Puerto Viejo, lugar eminentemente
turístico, con una población similar a la
de Bastimento. Allí pude conocer a unos artesanos
argentinos, que me convidaron mis primeros mates después
de tantos meses y me introdujeron un poco en su estilo
de viaje. Algo diferente al mío, su estilo de moverse
y conocer no es menos interesante. Hicimos muy buena amistad
y, a partir de ese momento, nos reencontraríamos
en diferentes lugares.
Como
ya les dije toda la costa atlántica de Centroamérica,
tiene una composición social muy distinta a la
parte central y oeste. En Costa Rica, esta gente no es
muy querida y me enteré que hace sólo cinco
años obtuvieron su ciudadanía. En otros
lugares de Centroamérica, llegaron a formar otro
país. Ejemplo de esto es Belice. Les cuento esto
para que se den una idea de lo poco costarricense (Tico)
que se siente esta gente. Igualmente, casi todo el mundo
en este país vive del turismo, así que el
estilo de vida no es muy diferente.
Los
días pasaron entre playas y pulseras, caminatas
y collares, y al cuarto o quinto día me despedí
de mis nuevos amigos artesanos y me fui para San José,
la capital del país. No me pareció muy interesante,
así que luego de un par de días de caminata
por parques y avenidas, me fui para Quepos. Este pueblo
se encuentra en las cercanías del Parque Nacional
Manuel Antonio. Desde allí me trasladaba diariamente
a las playas cercanas al parque, y al parque mismo. Lo
pude visitar por dentro. Está muy bien cuidado,
y su naturaleza es abundante. Allí, los monos tienen
licencia para robar a los turistas y son prácticamente
la principal fuente de atracción. Eso sí,
si llueve, los monos no trabajan.
Nicaragua
espera
Estando
en Quepos, me hice amigo de algunos artesanos y continué
conociendo esa particular forma de viajar. También
conocí a un norteamericano llamado Kevin, del que
me llamó la atención la remera que utilizaba
con el rostro del mismísimo Che Guevara. Kevin
es un filósofo recién recibido, así
que, luego de unas cuantas charlas, decidimos seguir viaje
juntos. Costa Rica es un país ideal para la práctica
de surf. Como el dicho que dice: "donde fueres haz
lo que vieres", nos pusimos en campaña para
aprender ese deporte. El resultado final es que mi codito
de oro, nuevamente ganó. El alquiler de las tablas
era algo caro para mi presupuesto y dejé la idea
para otro momento.
Mientras
tanto, seguíamos viaje con mi nuevo compañero
para Montesuma, otro pueblo netamente turístico,
que posee unas bonitas playas y algunos bares para que
los gringos se diviertan. Digamos que yo no soy un gringo
típico, pero hice uso de dichos bares.
Allí
nos mandamos una caminata con otros tres norteamericanos,
hacia una cascada cercana. El acceso era algo complicado,
así que no lleve cámara por miedo a que
se me rompiera, pero les puedo asegurar que es muy bonita.
Al regreso se nos hizo de noche, pero igual encontramos
el camino de regreso y pudimos darnos el último
chapuzón en la cascada, con la luna llena como
único farol.
Me
la pasaba conociendo gente nueva, especialmente "yanquis".
Ahora quiero que me imaginen, quienes me conocen, intentando
hablar en inglés con esta gente. Lo gracioso es
que, con el vocabulario que tengo, en realidad me la paso
jugando a "dígalo con mímica"
y haciendo reír a todo el que me ve. Yo también
me divierto mucho y, al final del día, algo de
inglés aprendo.
Seguimos
viaje para Tamarindo, otro lugar turístico, un
poco más grande y un poco más caro también.
Continuamos con la vida de playa y la vida social, sin
más preocupación que la de comunicarme con
estos tipos del Norte. La belleza natural, Costa Rica
la posee. Con respecto a la gente, me dio la sensación
que los "ticos" no son los más trabajadores,
y les gusta la vida cómoda y sin muchos problemas.
La
cultura tica, me pareció, brilla por su ausencia.
Este país resulta más un centro de turismo
para yanquis, que un país con historia y cultura.
Mi amigo Kevin se volvió para Nueva York y yo llegué
a Nicaragua. Las cosas son muy distintas aquí,
pero eso es tema para otro relato.
Continuará...
Ver:
Travesía sin tiempo
por Latinoamérica I
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica II
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica III
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica IV
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica V
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica VI
Ver: Travesía
sin tiempo por Latinoamérica VII
Nota:
brunomon@hotmail.com