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Travesía sin tiempo por Latinoamérica IV
Bruno Monfrinotti - Aventurero

En mis tres relatos anteriores les relaté mis experiencias por el Norte de la Argentina, Bolivia, Perú y Ecuador. Hoy, me encuentro recostado en la cama de un hotelucho de mala muerte de Maracaibo, Venezuela, con un calor del infierno y acompañado por una cucaracha que me mira desde el rincón y por Sergio, mi primo, que mira a la cucaracha. Es hora que les hable de Colombia. Pero primero les voy a relatar los últimos días que pasamos en Ecuador. Nos habíamos quedado en una noche de robo o, más bien, de intento de robo. Al día siguiente decidimos tomarnos el bus que nos llevaría a Colombia. Estando en camino, se me ocurrió, no se porqué, mirar el compartimiento sobre el asiento, donde estaba mi mochila de mano. Entonces, la mochila ya no estaba. ¡Pánico! Tenía allí mis documentos, tarjetas y algo de dinero. Al parecer, algún vendedor ambulante, de manos rápidas, hábilmente me sustrajo la mochila. Admití que la culpa fue un poco mía por haber dejado cosas tan importantes al alcance de la mano.

No me quedaba otra que quedarme en Quito y hacer los tramites necesarios para recuperar el pasaporte. De otra forma, no iba a poder salir de Ecuador. Por suerte, conocí una hermosa ecuatoriana, que supo, a base de cariño, hacer que mis días de espera fueran mucho más agradables (no hay mal que por bien no venga). Claro que no todo podía ser color de rosa. Una noche caminando con dicha señorita, fuimos atracados nuevamente. Sin armas y sin violencia, se llevaron la fabulosa suma de nueve dólares y la tarjeta de crédito de mi amiga.

Me lo tomé a la risa. Nunca en mi vida había sido robado cara a cara y en una semana lo habían hecho tres veces. Esto no quiere decir que Quito sea una ciudad peligrosa, pero sí que hay zonas que mejor evitar. Y nosotros estábamos en una de ellas.

Al fin me dieron el pasaporte. Me gustaría mencionar la eficiencia del consulado argentino en Quito. No sólo me hicieron un nuevo pasaporte en cinco días, sino que hasta pagué menos dinero que en Buenos Aires. Con los papeles en orden, nos despedimos de Ecuador y nos dirigimos a Colombia. Pensábamos con susto que si todo esto nos había pasado en Quito, ¿qué nos esperaba del otro lado de la frontera?

Viaje al interior de Colombia

Si Ecuador es verde, Colombia continúa con la misma verdura o, mejor dicho, verdor. La selva es tan tupida como en el vecino país y los diferentes tonos de verdes hacen de horizonte, mientras se transita por sus rutas. El primer lugar donde nos quedamos fue Popayán, un pueblo del Sur, muy pero muy tranquilo, y cuya característica principal es que todas las casas y comercios ubicados en el centro, están íntegramente pintados de blanco. Los carteles son letras doradas y la gente es muy cálida.

Pasamos unos días adaptándonos al nuevo estilo de comida, lenguaje e informándonos de lugares para conocer. Luego, partimos para San Agustín, un pueblito aún más pequeño, que recién había sido liberado por el ejercito de la guerrilla. Si bien el lugar no es más que un pueblito rural, tiene la suerte de encontrarse cerca de recientes descubrimientos arqueológicos, el nacimiento del río Magdalena (principal del país) y algunas cascadas muy bonitas. Hicimos un pequeño paseo conociendo estos lugares y de camino visitamos una fábrica familiar de azúcar. De esta manera, pudimos probar el dulce elemento en su forma más pura.

De allí seguimos hacia Cali, una ciudad bastante grande, atravesada por un río serpenteante que fue bautizado con el mismo nombre. O al revés... no sé. Posee muchos puentes, algunos muy bonitos, y zonas verdes bien mantenidas. Pero, más allá de eso, no encontramos nada muy particular. Entonces, luego de unas cuantas horas de viaje llegamos a Bogotá, capital de la nación.

Esta ciudad está emplazada a unos cuantos metros sobre el nivel del mar, así que la temperatura es bastante baja y hay que andar abrigado. El barrio más pintoresco se llama La Candelaria. Es de estilo colonial y está muy bien mantenido. Además, por esa zona, se puede ver gente vendiendo esmeraldas por la calle, como si fueran golosinas. Pudimos subir al cerro Monserrat en teleférico, desde donde se puede ver toda la ciudad. Probamos las hormigas culonas, que miden casi un centímetro de largo y medio de ancho, que se venden fritas. Son crocantes y de sabor parecido a las semillas de girasol, que se hacen tostadas. Algo que nos llamó mucho la atención fue encontrarnos con muchos mendigos, generalmente locos, muy jóvenes. Cuando preguntamos el motivo, nos dijeron que se debía al excesivo consumo de drogas entre los jóvenes.

Guerra vs. gente

De Bogotá seguimos para Medellín, ciudad algo peligrosa por tener algunos barrios tomados por las FARC, otros por el ELN, otros por Paramilitares y algunos otros por delincuentes organizados, fuertemente armados. Sé que a esta altura se preguntarán los lectores qué pasa con la famosa guerrilla en Colombia. Bueno, es bastante simple. Tenemos a los guerrilleros, o grupos supuestamente de izquierda como las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionaras de Colombia) y el ELN (Ejército de Liberación Nacional), que obtienen su financiamiento del narcotráfico, al que a cambio, protegen. Además, en los lugares donde hay delincuentes organizados como Medellín, pueden hacer pactos de mutua protección. Otra manera de financiamiento es la extorsión y el secuestro, que practican a menudo con gente de dinero o extranjeros que puedan tenerlo (a los norteamericanos los matan directamente por traidores). Por otro lado están los paramilitares, que están en contra de la guerrilla y de todo civil sospechoso de apoyarla. También se mandan sus secuestros y alguna que otra masacre. En el mismo bando están los militares, quienes también están en contra de la guerrilla y de grupos de delincuentes organizados, y no tan en contra de los paramilitares, quienes les dan una manito para hacer el trabajo sucio. Y por último está la gente común, que es la mayoría de la población, que sufre la desgracia de contar con esta lacra que sirve nada más que para matar.

El tema da para escribir unos cuantos libros, pero no vale la pena hablar de esto. Simplemente, sepan que si quieren venir a Colombia pueden hacerlo sin miedo. Si no ostentan dinero y se informan por dónde ir y por dónde no, todo sale bien.

Bueno, estábamos en Medellín, y sólo nos movíamos por barrios seguros. Allí conocimos la avenida Carlos Gardel, donde se encuentra la estatua del Zorzal Criollo y la Casa del Tango. Paseamos por la Plaza Botero, plagada de esculturas del famoso pintor y escultor. Observamos el metro de Medellín, único del país y único en el mundo construido íntegramente con dinero del narcotráfico. Les recomiendo que vean la película La Virgen de los sicarios, rodada en esta ciudad. Es muy buena y muestra la ciudad y a su gente con gran detalle.

Cambio de aire

Seguimos para Cartagena de Indias. Esta ciudad no sería lo que es si no fuera por su casco antiguo. Este casco antiguo, es un pueblo dentro de la ciudad, totalmente amurallado y con edificaciones de la época de la colonia. Un paraíso para los amantes de la arquitectura. Sus edificaciones están tan bien mantenidas que, a los cinco minutos de estar allí, uno siente que está en una de esas películas de piratas y españoles. No sé expresar con palabras la magia de esta ciudad. Simplemente, les recomiendo que miren las fotos e imaginen que están en el mil seiscientos. No por nada fue declarada Patrimonio Histórico de la Humanidad. Desde el puerto se puede ir a las Islas del Rosario, con playas de arenas blancas y aguas transparentes y cálidas. Se puede hacer buceo y conocer algunos islotes privados, pertenecientes a gente importante del país.

Ya cansados de tanta urbe, decidimos irnos directamente para Santa Marta, específicamente a El Rodadero, zona de playas de la ciudad. Allí hace mucho calor, así que la gente se pasa día y noche en la playa, y si llueve también. Además, abundan los grupos de ballenato, música típica de esta ciudad. Se los puede ver y escuchar en las calles, entreteniendo a la gente con su ritmo contagioso. Es una zona muy pacífica, donde se puede salir de noche sin problemas.

Finalmente, conocimos el Parque Nacional Tayrona, a una hora de Santa Marta. El lugar es un paraíso. En él se combinan la selva y las playas de arena, tipo pan rayado, y aguas turquesa muy cálidas. Dormimos a la intemperie, ya que hace mucho calor y, a excepción del coco, no hay animales que representen peligro para el humano. El lugar está plagado de palmeras y si se te cae un coco en la cabeza te mata, pero si no es así, pierde, porque seguro que te lo comes (es la ley de la selva). El parque también posee una zona montañosa, la cual no visitamos pero nos han dicho que es muy interesante por pertenecer a comunidades indígenas.

Haciendo un pequeño resumen, se puede decir que Colombia es un hermoso país. Su gente es muy cordial, abierta y curiosa. Les encanta divertirse y tomar ron, pero al mismo tiempo están muy preocupados por los actos de violencia que genera esa minoría armada y por su imagen en el exterior. No hemos encontrado gente que haya intentado estafarnos y no fuimos testigos de ningún acto de violencia. La gente, en todo sentido, nos ha protegido y nos demostró que si bien hay gente retrógrada, la fuerza de muchos que no lo son, hace que los primeros no triunfen.

Desde Panamá

A casi seis meses de haber partido, les escribo hoy desde Panamá, para sintetizarles mi último mes y medio de vida, en Venezuela. Mis últimos comentarios me encontraban en Maracaibo, ciudad portuaria, de gran movimiento comercial, la número uno, según sus habitantes. Orgullosos y arrogantes, estos son despreciados por el resto del país. ¿Será que todos los porteños somos iguales? Se jactan de tener la ciudad que mueve al resto del país y el puente sobre el agua más largo del mundo (8 o 9 kilómetros, según quién lo relate). Por eso se sienten mas importantes. Más allá de eso, la ciudad se ve muy fea, hace un calor del infierno y el mar está muy contaminado. Salimos corriendo, entonces, de ese horno con forma de ciudad, hacia la alegre Mérida.

Esta se encuentra un poco más alta que el resto de las ciudades, así que las temperaturas son más agradables. En algún momento del año puede llegar a nevar. Posee una gran universidad o, como dicen sus habitantes, es una ciudad contenida en una universidad. Por sus calles se ve gente joven todo el tiempo, lo que le da un aire dinámico y alegre. Subiendo la mirada se puede apreciar el Pico Bolívar (5000 metros de altura), a cuyos pies la ciudad descansa. Lugo de una hora en teleférico, se puede llegar a su cima y castigarse con un frío de novela y la falta repentina de oxígeno. Si quedan fuerzas, se puede jugar un rato con la nieve.

Dicho teleférico es el más alto y extenso del mundo. Vale la pena conocerlo, ya que las diferentes vistas de los tramos que se recorren son espectaculares. Si bien la ciudad no es de gran belleza arquitectónica, tiene algunas particularidades que vale la pena visitar. La heladería de los mil gustos es una de ellas. Merecedora de un récord Guiness, vende helados de los gustos más variados. Ajo, hamburguesa, camarón al vino o jamón y queso, son algunos de los manjares que se pueden degustar. Si me preguntan, me quedo con el clásico de chocolate y frutilla.

Mezcla de pampa y sabana

Nos han dicho que los alrededores de Mérida son muy bonitos, pero no pudimos conocerlos. En cambio, conocimos Los Llanos, que es una mezcla entre sabana africana y pampa argentina, con fincas, vacas, llaneros (gauchos venezolanos), caimanes, iguanas y anacondas. Hace mucho calor y es muy húmedo, por lo tanto los insectos se transforman en la molestia número uno del lugar. Así que con repelente para insectos en mano y mucha agua, salimos a conocer tan salvaje territorio. De la mano de un guía que era más simpático que experimentado, hicimos cabalgatas al mejor estilo Far West. El culo nos quedó al mejor estilo mono mandril. Pescamos pirañas en los arroyos y las comimos fritas. Son muy ricas. Conseguimos una iguana recién muerta y, como nadie sabia cocinarla, la hicimos a la parrilla (extraño el asadito). Su carne es bien blanca y de gusto está bastante bien. Parece una mezcla entre pollo y pescado.

Gracias a otro guía con un poco más de experiencia, logramos atrapar una anaconda de unos casi seis metros de largo, y muy pero muy pesada. Luego, anduvimos por ríos color caramelo, rodeados de tupidos manglares. Nadamos con delfines de río, pirañas y perros de agua. A estos últimos, al igual que a sus primos terrestres, les encanta morder, especialmente los dedos gordos del pie de guías simpáticos.

Intentamos atrapar capibaras (especie de carpincho más oscuro) y lagartos, pero resultó imposible ya que había demasiada agua en los charcos. Fueron cuatro días de muchas aventuras. Afortunadamente, nos tocaron como compañeros de viaje unos suizos muy "chéveres". Nos despedimos de nuestros amigos y pusimos rumbo hacia la costa del Caribe. Chichiriviche era el nuevo objetivo. Nos habían dicho que en esa zona había un Parque Nacional llamado Morrocoy, con playas muy bonitas. No se
equivocaron.

Experiencias disímiles

Desde un pueblito de calles de tierra se podía acceder, vía lancha, a los cayos ubicados frente a él. La descripción de estos cayos es la de siempre: arena blanca y aguas turquesas, cristalinas y cálidas. Pasamos unos días muy tranquilos en la posada de Delia, una negra de unos sesenta años, muy simpática, que gustaba abrazar a los turistas mientras profería ampulosas risotadas. Decidimos seguir por la costa, así que nuestro próximo destino fue Choroní. Ubicado en el Parque Nacional Henrie Pittier, es un pueblito de pescadores y turistas, que posee hermosas playas de olas que se elevan transparentes y turquesas. Allí pasamos otros tantos días apacibles y luego seguimos para Caracas, capital de Venezuela.

Admito que fui con un poco de miedo. Por los noticieros pasaban las estadísticas que ubicaban a Caracas como la ciudad numero uno en crímenes. Mueren 32 personas por día en actos delictivos y, según algunos venezolanos, allí no se puede vivir. Tomamos aire y nos sumergimos en tan violenta ciudad. Por las dudas y para no tentar al destino, decidimos pasear sólo por barrios seguros. Chacao, Gran Sabana y Chacaito fueron los elegidos.

Pasamos unos días en Caracas y seguimos camino para Puerto la Cruz. Nada muy lindo, ni el pueblo ni las playas. A Sergio le agarró un poco de anginas, así que tuvimos que quedarnos unos días. Supongo que la gran atracción de esta ciudad es la prostitución. No me pregunten las modalidades de contratación porque ni las averigüé. La mercadería era algo "berreta".

De allí seguimos viaje hacia uno de los lugares más promocionados de Venezuela: Isla Margarita. Me decepcionó. Si bien tiene alguna playa bonita, no deja de ser un lugar bueno para el consumo. Es puerto libre de impuestos y se pueden conseguir cosas realmente baratas, especialmente ropa. No pasamos muchos días allí. En breve, Sergio se iría para Miami y yo seguiría viaje solo.

La despedida

Luego de hacer el camino inverso hasta Caracas y pasar los últimos momentos juntos, nos separamos. La despedida fue corta porque "los hombre no deben llorar". Desde ese momento, el estilo de viaje se transformaría. El hecho de viajar solo haría que no esté solo. Para ser más claro: si antes quería hablar, lo hacía con Sergio. Ahora tenia que buscar personas desconocidas para hacerlo. No fue tan difícil. Cuando la gente me ve caminando, parece apiadarse de mí, se acerca y quiere ayudarme, casi siempre, sin pedir nada. Por lo tanto, siento mucho más la relación con la gente. No es que no me gustara la relación con Sergio, sino que la facilidad de tenerlo al lado, hacía que me cerrara mucho y no me molestara en hablar con otros.

Al día siguiente de la separación me puse como objetivo llegar a Los Roques, gastando la menor cantidad de dinero posible. Lo primero que hice fue conseguirme una carpa, ya que sabía que las posadas no bajaban de 90 dólares la noche. Luego me fui para La Guaira, desde donde supuestamente conseguiría algún barco. Lo cierto es que me tomé un bus para La Guaira y sin darme cuenta me pasé hasta Caraballeda. Tanto La Guaira como Caraballeda son zonas de montañas y mar. Hace dos años llovió por casi un mes. Como consecuencia hubo aludes de barro y piedra que dejaron a estas ciudades como Berlín después de la Segunda Guerra. Los pocos hoteles que quedaron son muy caros y cuesta mucho conseguir agua.

Después de mucho caminar y no conseguir nada para dormir, decidí tomarme algo refrescante en un bar. Resultó que el tipo que estaba sentado en la barra al lado mío se me puso a charlar y, después de un rato, me ofreció conseguirme lugar para dormir en la Marina de Caraballeda, más precisamente en un catamarán. No hubo problemas. Dormí esa noche en el barco y al día siguiente me puse a buscar barco para ir a Los Roques. Conseguí un yate que me llevaría, pero debía esperar que arreglaran uno de los motores. Lo cierto es que en poco tiempo estaba caminando por la marina saludando a unos y otros y charlando con la gente que allí vivía.

Comencé a conocer cómo se vive en uno de esos verdaderos barrios flotantes. Los chismes de los vecinos de amarra, las quejas para con el club, los infaltables "personajes", las ofensas por no devolver un favor. En fin, "pueblo chico, infierno grande". Toda esta experiencia fue muy interesante, pero mi objetivo seguía siendo irme para Los Roques.

Al fin, el yate estaba listo. A las 3:00 de la mañana zarpamos y a eso de las 5:00 estábamos de vuelta, con el motor roto nuevamente. No esperé más. Me despedí de mis acuáticos amigos y me fui al aeropuerto. Haciéndome el pobrecito, y luego de llorarle un poco al que vendía boletos, me conseguí un vuelo mucho más barato en una avioneta de diez pasajeros. A la media hora estaba por fin en el paraíso.

Paraíso en la Tierra

No, no estoy muerto. Cuando digo "paraíso" hablo del paraíso en la Tierra. Un lugar realmente de sueños. Los Roques son un grupo de cayos en el mar Caribe. El color en degradé de sus aguas turquesa y verde esmeralda, es propio de un cuadro. La arena es de corales molidos, por lo tanto es blanquísima y se mantiene siempre fresca. En la semana que estuve allí no apareció una sola nube y me la pasé tomando sol todos los días. Conocí varios cayos, pero el más impresionante es Cayo de Agua. En realidad son dos cayos unidos por un puente natural de arena bien blanca. Cuando uno camina por este especie de camino en el medio del mar, recibe olas de derecha y de izquierda, que apenas llegan hasta los tobillos.

Este cayo está totalmente deshabitado y solo se puede llegar en lancha. Tiene tres palmeras y si se hace un pequeño pozo en su centro se puede extraer agua dulce. Otra vez me faltan palabras para describir tanta belleza. Lo único que puedo decir es que me prometí volver a este lugar con la mujer que se haga dueña de mi corazón.

Mientras tanto, la vida social no amenguó. Sólo cambiaron los personajes. Roqueños, caraqueños e italianos fueron mi amable compañía en este paraíso increíble. La noche de despedida fue una cena de pescado obtenido por mis propias manos, ensalada rusa de lata, el infaltable ron con coca cola y amigos que se entusiasmaban en filosofar a medida que el ron de la botella bajaba, con el mar, la arena y la luna, que todo lo plateaba, como testigos. Quedan lugares por conocer de este hermosísimo país. Canaima y el Salto del Ángel, la cascada más alta del mundo, quedan en el tintero. Tal vez, si cumplo mi promesa de volver, pueda escribir la página que me falta, acompañado.

Continuará...

 

Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica I
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica II
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica III
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica IV
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica V
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica VI
Ver: Travesía sin tiempo por Latinoamérica VII

 

Nota: brunomon@hotmail.com

 



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