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Volcán Domuyo: en la cumbre de la Patagonia
Ariel Loscerbo - Aventurero

No, no, no. El Domuyo, con sus 4709 metros sobre el nivel del mar. No es un volcán, es un macizo montañoso que está situado en un entorno volcánico. A sus 3800 metros podrás encontrar restos fósiles (amonites, trilobites, pescados fosilizados, algas, etc., un manjar para los amantes de esas cosas) y a cada paso hallarás aventura, amistad y sobre todo la satisfacción personal de estar pisando el pico más alto de la Patagonia.

Aldo Casella, Néstor Schulz y yo -Ariel Loscerbo- iniciamos camino a Aguas Calientes. Camino de cornisa y ripio, paisajes espectaculares que unen el pueblo de Varvarco y el Paraje de Aguas Calientes, y de fondo se va alzando el espectacular entorno volcánico del Domuyo. Llegamos a Aguas calientes a las 20 horas y armamos campamento en un paraje paradisíaco, no sin antes tomar un baño de aguas termales en las vertientes que derrochan su agua sulfurosa en esa quebrada. Cenamos y a dormir, pues al día siguiente debíamos comenzar el acercamiento y la ascensión al llamado "Volcán" Domuyo.

A las 7:30 nos despertamos y desayunamos, mientras levantábamos el campamento y partimos rumbo al playón que queda a unos 22 kilómetros de ripio que resulta bastante desagradable para el vehículo (un pequeño VWGol). Una vez allí armamos las mochilas, distribuimos los alimentos, carpa y elementos de cocina.

A eso de las 13:00, salimos costeando el río Covunco, que baja del deshielo de los glaciares del supuesto volcán. Luego de un buen rato de caminata en la margen norte del río, decidimos cruzarlo, con las mochilas en la espalda y descalzos. Seguimos camino y a eso de las 15:00 descargamos las mochilas y nos dispusimos a comer unas latas de jardinera con atún. Unas fotos y seguimos marcha. El objetivo del día: llegar a la tercer laguna para acampar.

La marcha se hizo larga pues intentábamos llegar lo antes posible para comer algo y descansar, para hacer la segunda jornada sin un cansancio extremo. Caminamos por la margen derecha del río Covunco y comenzamos poco a poco a cruzar pequeñas vertientes de agua fresca, en las que reponíamos agua constantemente. No obstante, cargábamos en nuestras mochilas dos litros y cuarto de agua por las dudas, sin saber que a escasos 200 metros de la cuarta laguna, donde al fin acampamos, bajaba un transparente torrente de agua de deshielo. Descubrimos poco a poco las tres primeras lagunas y decidimos seguir aún un poco más.

Llegamos a las 19:00 aproximadamente a la cuarta laguna, donde descargamos nuestras pesadas mochilas. Hasta el momento el clima nos estaba tratando bien pero íbamos a conocer al verdadero Domuyo un par de días más tarde. Armamos campamento y mientras Aldo daba vueltas buscando piedritas lindas, Néstor preparaba los mates y yo, me dedicaba a preparar unos fideos con salsa a base de cebolla de verdeo que estuvo de diez. Obviamente, yo era el cocinero (si no me halago ¿quien lo hará?). Cenamos y, luego de otra tanda de mates, a dormir.

Una mañana fresca nos despertó a las 6:30, que remoloneando nos puso de pie recién a las 7:00 para poder desayunar. Luego del desayuno desarmamos la carpa y nos dispusimos a partir. Mochilas al hombro, pasamos un arroyo de agua fresca donde cargamos agua sólo en las cantimploras, con la ilusión de encontrar algún nevé para poder descongelar hielo para beber. Cuando pasamos por la Laguna Celeste (o la 5ª laguna) nos encontramos con un grupo de rosarinos que no habían llegado todos a la cumbre (de seis, sólo dos) y nos habían dicho que hubo tormenta de viento, a pesar que la cumbre estaba despejada. A pesar de eso decidimos seguir camino por la ruta que habíamos trazado.

El viento, que nos estaba pegando bastante fuerte, dificultaba el ascenso, y el acarreo que seguíamos era agotador. Paramos unos minutos y encontramos a un grupo que estaba bajando sin haber hecho cumbre. Luego de charlar un rato, reconocimos a Pablo y Ñapi tras toda la ropa que los tapaba, dos amigos que habíamos conocido en Lanín el año pasado. A ellos se le había complicado la noche pues, a eso de las 2 de la mañana, se les había roto la carpa.


Tuvieron que hacer vivac, a pesar de las bajas temperaturas, y por si fuera poco perdieron algunos elementos indispensables como una bolsa de dormir de -10 y guantes para bajas temperaturas. Ellos siguieron su camino hasta la laguna celeste a 3000 metros sobre el nivel del mar y nosotros continuamos el ascenso, no por la cara oeste del filo que seguíamos, sino por el lado que daba al este, donde no corría tanto viento.

Hicimos un descanso ni bien finalizamos el acarreo y cruzamos el filo al otro lado, y luego de admirar un par de amonites que había en el acarreo del lado este, continuamos ascendiendo. El viento era del todo molesto pero, a pesar que los pasos se hacían cortos, seguimos ascendiendo.

En ese punto ya no corren arroyos ni vertientes, por lo que debíamos racionar el agua de modo prudente. Tras unas tres horas de marcha dura llegamos a un lugar donde se alza una pirca bastante baja, donde nos dispusimos a almorzar unas almendras y pasas de uva. Descansamos un poco y decidimos seguir camino para estar más cerca de la cumbre y así, acortar la marcha del día siguiente.

Tomamos nuevamente las mochilas y continuamos alrededor de 40 o 50 minutos de marcha sobre un acarreo de piedras bastante flojas, que dificultaban el ascenso. Llegamos al fin al portal dorado donde se alza una pirca más robusta que la anterior y allí si decidimos plantar campamento. Néstor y yo armamos campamento y Aldo reforzaba la pirca.

Una vez levantada la carpa, Aldo y yo fuimos a buscar hielo para conseguir agua y Néstor se quedó en el campamento. Mientras tomábamos mate, derretimos hielo durante una hora, aproximadamente, que nos serviría durante todo ese día y parte del siguiente. Comimos guiso de arroz con atún y otros menjunjes y nos metimos en la carpa con el termo lleno, para continuar con el ritual sagrado de la montaña. Luego de un rato de haber terminado el termo nos dispusimos a dormir. Esa noche fue muy complicada. Néstor no podía dormir a causa del Mal de Montaña, que le dificultaba la respiración y, además, la carpa se movía de una forma impresionante, que nos despertaba a la noche para tenerla quieta.

Nos despertamos temprano pero el clima no se presentaba como para continuar ascendiendo. A eso de las 9:30 decidimos partir, pues se estaba despejando (el clima del Domuyo es traicionero), así que cargamos las mochilas de ataque con cantimplora, piqueta y grampones, un poco de comida y partimos para hacer cumbre.

Eso era lo que esperábamos. Un rato después, pasamos por la pirca semi-destruida donde nuestros amigos habían pasado la otra noche, a 4200 metros, y en la cual habían sufrido ese percance. Sabíamos que hoy intentarían cumbre. Éramos los únicos dos grupos en toda la montaña, así que mirábamos hacia atrás para ver si los descubríamos.

Seguimos camino cruzando el lado Oeste del filo donde seguía la ruta, pero donde el viento era muy fuerte. Por momentos nos debíamos detener para que el viento no nos tire. La subida se complicaba bastante, pero parecía que iba a despejar. Seguimos camino, mientras distinguíamos unas figuras que se movían bastante detrás de nosotros. Eran los chicos. Nos detuvimos finalmente frente al glaciar de penitentes y discutimos un poco por dónde ir.

Finalmente tomé la piqueta y con los grampones calzados comenzamos la subida. Cuando estábamos terminando de pasar el glaciar nos tapó una nube de nieve dura y viento. Apenas podíamos respirar. Se desató una tormenta de hielo, vientos de más de 120 km por hora y una temperatura inferior a -20C. Nos refugiamos como pudimos junto a unas rocas para esperar que amaine la tormenta, mientras por momentos distinguíamos tres figuras que se movían por el glaciar y que desaparecían por el terrible temporal que se había desatado.

Decidimos esperarlos hasta que suban para comunicarles que apenas a 50 metros de la cumbre nos quedaríamos sin poder ver la cruz y sin poder llegar al techo de la patagonia. Pasar por ese filo cumbrero con tanto viento, era como intentar matarse.

Cuando llegaron charlamos un rato y decidimos bajar para intentarlo nuevamente al día siguiente. Ahora se complicaba aún más, con el temporal, bajar por esos penitentes de hielo. Era muy peligroso, pero quedarnos allí, implicaba el riesgo de congelamiento. Mientras iba bajando me acordé de todos mis seres queridos y pensaba si los podría volver a ver. Al fin se terminó el glaciar y continuamos bajando.

Nevaba mucho y el hielo que caía era muy duro, cosa que no permitía ni ver ni respirar. Ñapi tenía las barbas congeladas. Aldo y yo teníamos hielo en la nariz, cosa que dificultaba aún más la respiración.

Tras una larga hora de bajada luchando contra el viento, llegamos al punto en que pasábamos al lado este del filo. En este punto el viento casi nos tira, literalmente hablando, era imposible mantenerse en pie.

Algunos gateando, otros arrastrándonos, pudimos llegar al otro lado del filo donde el viento era sólo un poco más calmo que del otro lado. Seguimos bajando y nos topamos con la pirca de los 4200 metros. Nos detuvimos un rato a descansar. Unas fotos y continuamos bajando.

Tras otro rato largo, llegamos a donde habíamos dejado la carpa. La encontramos en condiciones lamentables: el sobretecho roto y varias varillas quebradas. Armamos las mochilas y decidimos bajar a la Laguna Celeste. Se nos estaba haciendo tarde. Estábamos cansados, nevaba y hacía mucho frío. Para colmo de males no pudimos almorzar. Eran las 19:00 horas cuando, tras luchar contra todos esos males y además con los acarreos, llegamos a la Laguna Celeste.

Remendamos como pudimos la carpa, comimos algo y todos mojados nos dispusimos a dormir, mientras la novela del viento y la nieve se volvía a repetir una vez más. Sólo esperábamos que la carpa aguantara esa noche.

Esa mañana nos despertamos a las 7:30 y nos dispusimos a desayunar algo un poco más fuerte que lo normal. Entre sopas y bonduelles nos pusimos al día con los alimentos. Desarmamos las carpas y nos intentamos recuperar de lo vivido el día anterior. Miramos la cumbre y el viento que allí había era notoriamente imposible de aguantar.

El clima iba a empeorar aún más, a pesar de que no estaba nevando. Decidimos entre los dos grupos volver aún más bajo e intentarlo más adelante. Desarmamos lo que quedaba del campamento y comenzamos el regreso hasta el playón. Caminamos casi sin descanso durante varias horas, sorteando las vertientes y rocas que habíamos pasado mientras subíamos. Llegamos al río y no lo cruzamos donde lo habíamos hecho la otra vez. Lo hicimos un poco más adelante, donde un grupo de piedras muy grandes evitaba que nos mojáramos la ropa. Seguimos camino y al fin llegamos al playón donde nos esperaba el auto que había sido azotado por el viento.

La montaña estará allí el siguiente año. ¡Nosotros también! Y eso gracias a bajar en el momento adecuado y no porfiar por hacer una cumbre. Nos hicimos la cita para el siguiente año, y esta vez sí... bendito Domuyo, vamos a llegar a tu cumbre.

e-mail: aloscerbo@hotmail.com

 



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