El Portal Latinoamericano de la Aventura y el Turismo

Suscribite
 
Elegí
Aventurarse
como página
de inicio

Agregá
Aventurarse
a tus favoritos

Recomendanos
a un amigo


Rafting en el río Futaleufú: paz y adrenalina
Ricardo Landoni - Colaborador Aventurarse

Muchos dicen que la zona que rodea al río Futaleufú, también llamado río Grande en la Argentina, fue pintada por la mano de Dios. Yo no podría estar más de acuerdo. Por eso, hace ya doce años abandoné la agitada Buenos Aires, mi ciudad natal, para instalarme con mi familia en la villa de Esquel, provincia de Chubut, al borde la cordillera patagónica argentina. Decidí trabajar en turismo aventura, para compartir las bellezas de esta tierra, y desde hace unos años me especialicé en el descenso de ríos de montaña sobre balsas inflables, más conocido como rafting.

Cada guiada es una nueva aventura para mí. El Futaleufú, en su tramo chileno, es uno de los mejores ríos en el mundo para hacer rafting, ya que sus rápidos llegan a alcanzar el grado V (la mayor dificultad en ríos navegables). Posee la combinación perfecta de los dos elementos más importantes para la práctica del rafting: buen caudal y una pendiente justa. El caudal del río depende en forma directa de la erogación que efectúe la empresa hidroeléctrica Futaleufú, a través de la presa ubicada en las nacientes del río; en una temporada normal, la presa deja pasar entre 260 y 280 metros cúbicos de agua por segundo. Ese volumen de agua, combinado con la pendiente y las grandes rocas ubicadas en el lecho, hacen del Futaleufú uno de los ríos más buscados del mundo. Por este motivo, fue el escenario elegido para la última competencia mundial de rafting, celebrada allí en febrero de 2000.

La última vez que llevé a un grupo al majestuoso río Futaleufú resultó inolvidable. El día comenzó de manera inmejorable; los majestuosos cerros 21 y Nahuel Pan brillaban recortados sobre un cielo de un azul casi fluorescente, como el telón de fondo de Esquel.

Tras un buen desayuno, subo a la combi junto a mis compañeros y pasamos a buscar al grupo que hoy hará su bautismo entre las aguas. El Futaleufú no es un río fácil, pero con una buena conducción y un kayak de seguridad que se adelante a tantear el camino, cualquiera que sepa nadar puede disfrutar la experiencia. "Yo nunca hice rafting", dicen algunos de los entusiasmados turistas, con caras de susto. Es el momento de explicarles que las balsas son seguras, y que con las debidas precauciones no habrá ningún problema.

Camino al río

Entre mate y mate llegamos a las márgenes del "señor Futaleufú". Del lado argentino de la Cordillera de los Andes recibe también el nombre de Río Grande, ya que se convierte en un río ancho y tranquilo, de pendiente suave. ¡Ni comparación con lo que se encuentra del otro lado de la frontera! En medio de ese imponente paisaje, hacemos un alto para almorzar junto a la orilla. El grupo de visitantes queda hipnotizado por las aguas color esmeralda del río.

Luego de un sencillo trámite aduanero para cruzar a Chile llegamos al pueblo de Futaleufú, que nos recibe con su prolijidad y simpatía. Allí nos encontramos con otros dos guías que nos acompañarán durante la aventura, uno dentro de la balsa y el otro delante de ella, a bordo de un kayak de seguridad para aguas blancas. Ya junto a ellos, emprendemos el viaje hacia el lugar donde comenzaremos el descenso. Son 25 kilómetros, que nos muestran una sucesión de lugares cada vez más increíbles: bosques cerrados de coihues, profundos cañadones, lagos, cascadas... En definitiva, un sitio atrapante.

Al llegar al lugar donde embarcamos, le damos espacio por un momento a la contemplación de la naturaleza. A pesar de mis años en contacto con el Futaleufú, nunca dejo de asombrarme de su serena e imponente belleza. Pero no es cuestión de perder el tiempo: enseguida comenzamos a distribuir el equipamiento que utilizaremos en el río. Algunos visitantes se sorprenden porque usamos elementos similares a los del montañismo: cuerdas, mosquetones, cintas y poleas, que llevamos al costado de la balsa para casos de emergencia. Lo más importante es que cada participante lleve bien colocado su equipo personal: trajes de neoprene, chalecos salvavidas, cascos y un remo. En medio del marco multicolor que nos entrega el paisaje, nos reunimos a orillas del río, desde donde partiremos a bordo de la balsa.

Una vez que cada uno se colocó y ajustó correctamente el equipo, comenzamos la charla técnica en la que explicamos cómo manejar el bote durante la navegación. Los participantes tienen que sentirse a sí mismos como integrantes de un equipo coordinado, imprescindible para la propulsión del gomón. Ese equipo deberá sortear los obstáculos que el río presente durante dos horas completas de acción. Para asegurarnos que todo saldría bien, ensayamos varias veces cambios de pesos, fundamentales para conservar la estabilidad de la balsa en medio de los rápidos, remadas del lado izquierdo y del derecho, hacia delante y hacia atrás, hasta que todos lograron la coordinación y la rapidez necesarias.

Faltaba la última prueba antes de comenzar. "¡Todos al agua!", grité, y de a uno fueron probando la temperatura del "Futa". El objetivo de este ejercicio es practicar la manera de subirse a la balsa, y a la vez perderle el miedo al agua y al río. Después de esto, comenzaron a tomar su lugar en los gomones, uno a uno. En el imponente marco del Futaleufú, esperaban con ansiedad que comenzara el descenso.

Los mejores rápidos de Sudamérica

Finalmente, tras tantos preparativos, nos lanzamos al río. Dejamos atrás la pasarela colgante y alcanzamos a divisar, un poco más adelante, las aguas blancas del primer rápido, el Puente Colgante (clase IV). A pesar de tantos años en el río, sentí otra vez que mi corazón se aceleraba y la adrenalina empezaba a fluir. "Adelante, ¡con fuerza!", les grité, y ya todo era espuma a nuestro alrededor. La balsa se mueve como si un gigante la sacudiera desde abajo. Agua que entra por adelante y por los costados. Risas y gritas de alegría. Salimos del rápido y repasé las expresiones de las caras de mis tripulantes, todas mostraban lo mismo: excitación y felicidad. No teníamos tiempo para muchos comentarios, ya que estábamos entrando en la Alfombra Mágica, un rápido continuo de un kilómetro de longitud y clase IV+ que casi nos dejó sin aliento.

Cuando salimos al remanso nos juntamos con las demás balsas. Javier, nuestro kayakista de seguridad, nos sonrió desde lejos. Después de tomar aire, nos acomodamos para enfrentar el Cojín, nuestro primer rápido clase V, casi el grado máximo de dificultad en ríos navegables. Los tripulantes no podían creer que el río nos sacudiera de esa manera: llevábamos media tonelada de peso y, sin embargo, parecíamos un barquito de juguete en el océano.

Al salir de ese impactante rápido, el equipo se sonrió, todavía en estado de shock. Los guías nos vimos obligados a interrumpir su momento de felicidad: "¡Vamos, que esto no terminó!". Se nos venía encima el Mundaca, el rápido clase V más divertido de todo el recorrido.

Escuchamos los gritos de alegría en las balsas que iban delante de nosotros, y vimos los cascos que aparecían y desaparecían a medida que iban dibujando las olas del rápido. Llegaba el turno de mi gomón. Ya teníamos la primera ola frente a nosotros, y era imponente. No nos quedó más remedio que entrar completamente en ella, y mi equipo ni siquiera pestañeó para lograrlo.

"¡Vamos, con fuerza!", les grité entre el ruido del agua que se escurría por todos lados. Nos había caído muchísima agua encima, que se escurrió gracias al piso autoevacuante de los gomones. Las embarcaciones que bajaron antes que nosotros, detenidas en la orilla, festejaban nuestro cruce con aplausos, gritos y remos en alto.

Una vez que llegamos todos aguas abajo del Mundaca, continuamos el descenso. Estábamos a punto de atravesar el Cañón del Limbo, uno de los paisajes más increíbles que deparan las dos horas de rafting por el Futaleufú: altas paredes tapizadas de musgo y todo tipo de vegetación, además de una sucesión de rápidos de clase IV y IV+. Pudú, Puma, Wiña, Cóndor y Tiburón vienen encadenados uno tras otro, y resulta muy difícil determinar cuál es más divertido. Para los amantes del río, cada uno tiene su particularidad, su personalidad.

Detrás de una curva, a la derecha, apareció al fin el puente de Futaleufú, el punto final de nuestro recorrido. Todos los tripulantes del gomón suspiraron con una mezcla de alivio y tristeza: deseaban que los últimos minutos fueran eternos. Sin embargo, el río siempre guarda otra sorpresa. Cuando todo parecía indicar que ya no nos mojaríamos más, la balsa entró a otro "hueco", que empapó a todos los presentes. Era la broma final que nos deparaba el río; su despedida. Será por eso que quien conoce el Futaleufú, un río espumoso que cruza entre bosques pintados por la mano de Dios, nunca lo olvida.

 




Copyright 2000 - 2007 Aventurarse.com

info@aventurarse.com




Carreras de Aventura por país