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Travesía exclusiva para fanáticos
Carrera: "La Travesía de los Antiguos Moradores" (24/06/2001)
Gustavo Iturrioz - Aventurero

Jamás pensé que el bichito de la aventura me iba a picar tan fuerte, luego de nuestra segunda experiencia con Sergio nos parece que perdimos tiempo y nos perdimos una parte de la historia. El deseo y las endorfinas crecen aceleradamente, el calendario de El Espíritu de los Dioses se grabó a fuego en nuestras cabezas y la Travesía de los Antiguos Moradores representa un nuevo desafío para nuestro equipo llamado pomposamente Ortega y Gasset, el nombre nos remite al reconocido filósofo que nos llamó a tomar "las cosas" y bueno nosotros tomamos las cosas, mochila, zapatillas, rompevientos y nos largamos a la ventura. Otro de los detalles que definió la elección del nombre es el carácter eminentemente intelectual del mismo por encima de algunos menos imaginativos como por ejemplo Los Sin nombre.

Nuestro entrenamiento ha cambiado considerablemente desde nuestro debut y también cambió nuestro conocimiento de los distintos accesorios necesarios para la carrera. No hay programa de televisión donde pasen algo relacionado con la aventura que no concentre nuestra atención e interés, Diana mi mujer y Lucila la novia de Sergio se han convertido en expertas conocedoras del tema y aunque por el momento son incapaces de caminar 5 cuadras seguidas no ocultan su deseo de prenderse en cualquier momento.

Flaco en ésta tenemos que estar más adelante- me espeta Sergio cuando recién llevamos 1 kilómetro de entrenamiento y nuestra brújula indica Las Animas que por estos tiempo está más concurrida que la vuelta al dique los domingos a la tarde. Los dos guardamos celosamente las tarjetas de llegada de cada etapa, en El Sendero Milenario entramos 122, -pero se perdieron como 100-, en El Cordón de los Libertarios terminamos 107, -espectacular- y ahora el objetivo es estar debajo de los 100. Tratamos de mantener la calma en cada salida conjunta y ensayar distintas tácticas que nos permitan un mejor desempeño, queremos evitar la competencia pero en los tiempos de El Gran Hermano se hace difícil. El invierno no nos arredra, Sergio es el encargado de conseguir algunos datos del próximo recorrido, es en Barker, Cuchilla de las Aguilas, reza el informe aludiendo a un cordón aledaño y muy conocido en la zona, 15 kilómetros es otra de las certezas que manejamos.

Como siempre los rumores arrecian, que hay que bajar en rappel, que pasamos por la cueva oscura de panza y luego con el agua a la cintura, no puedo negar que el tema me preocupa, tengo un poco de vértigo y de cuerdas y sogas la única que conozco es la de la ropa. Sergio me tranquiliza, -quedate tranquilo bebé, con tanta gente no van a poder hacer eso porque se arma un matete bárbaro- esta debe ser una de las ventajas de correr en equipo, es decir tener dos opiniones porque yo me creo cualquier verdura, Sergio tiene los pies en la tierra, y se parece a Diana que ya me preguntó si puede ir a Barker y almorzar allá con toda la familia.

Los preparativos

El programa ya está armado y las decisiones familiares pasan por la próxima fecha de El Espíritu de los Dioses, después del Día del Padre, empezamos a pensar en el viaje corto pero excitante hacia Barker, primero chequeamos que nuestra confirmación se encuentra en orden y me tranquiliza ver el nombre de Ortega y Gasset en el sitio de El Espíritu. Hay que esperar el sábado del pre-evento para retirar el plano y escuchar las últimas indicaciones, se nota un gran movimiento y nos comunican que hay casi 300 equipos inscriptos. La charla habla de pasajes estrechos con cuerdas y muchos cursos de agua para vadear, el recuerdo de la estación invernal nos inquieta pero no hace mella en nuestras ganas de participar.
-Este el lunes tiene 40 de fiebre y no va a trabajar- Diana que me acompañó le comenta a Lucila que asiente con la cabeza, -no pasa nada, tranquiliza Sergio; - estuve chusmeando la página del servicio meteorológico por internet y mañana va a estar bárbaro- con estos comentarios también se protege un equipo pienso para adentro mientras Diana cambia de tema.

El domingo comienza el rito, 6 y media se enciende el radio reloj, mientras camino hacia el baño veo junto a la mochila las cosas prolijamente dobladas, me visto con paciencia y suena el teléfono, pienso que Sergio no me tiene fe y piensa que me dormí, Bebé no encuentro la pechera la p... que lo p... me estremece el comentario de mi coequiper pero me repongo enseguida, -buscala tranquilo capaz que la dejaste adentro de la mochila, cualquier cosa corremos con una sola no creo que haya problemas-, corto para no aumentar la carga de adrenalina que ya estoy soltando. Diana me repasa la lista de cosas, los chicos se levantan muy dormidos, saco el auto, la mañana está indecisa, luego de este cielo he visto la misma proporción de tormentas asesinas que de mañanas radiantes. Subimos y partimos, Sergio iba por su cuenta y nos encontramos en el cruce de Scarminacci. Intranquilo manejé hasta allí, y me sobresaltó ver un coche que se me pone a la par con un trapo azul apretado contra uno de los cristales laterales de la puerta flameando enloquecido. A continuación bocinazos de alegría y festejo, Sergio encontró la pechera que se sacude contra el viento; lo único que falta es que la pierda, pienso entre sonrisas. Paramos en el cruce, últimos comentarios y nos largamos hacia Barker, primera sorpresa el cartel indicador en el acceso, segunda sorpresa, parada a mitad del acceso con bienvenida, caramelos y folleto explicativo.

Frente a la Estancia La Carreta se despliega una hilera de puestos junto a una cabaña de promoción, estacionamiento, baños químicos, stands, remera y gorro, más no se puede pedir. El sol no asoma, pero la tormenta tampoco, la mañana es apacible, luego de ajustarnos la mochila, los cordones y la ropa adecuadamente nos metemos en la calle arbolada que ingresa en la estancia, se multiplican los corredores silenciosos que repiten nuestro mismo itinerario. Hay que cruzar un alambrado y meterse en un potrero con desniveles, al frente se dibujan con perfección las formas de la cuchilla y sus morros contiguos. Algo leí de este lugar que me llamó la atención: es el único del mundo que contiene todas las variedades de arcilla conocidas.

Recorremos el terreno, en una primera aproximación el campo sube y baja y se choca con el primer escalón que seguro tendremos que subir, después se destaca la bandera blanca de la primera puerta sobre el último borde antes que el filo se confunda con el cielo.

Son más de las diez como dice la mítica canción de Litto Nebbia y todavía no largamos. Aún se nota con claridad la hilera multicolor que se desplaza apurada entre los árboles. Sergio se va hacia uno de los extremos buscando una perspectiva más directa hacia la tranquera que tendremos que superar como primer obstáculo.

¡Largada!

Comienza la cuenta regresiva como siempre cantada a voz en cuello, las piernas comienzan a temblar, cada corazón hincha las riendas de las mochilas rígidas, se multiplican los gritos de aliento, la escena más parecida que recuerdo a ésta la vi en Gladiador hace poco cuando los caballos romanos retumban en el bosque. El uno se hace inaudible solo escucho el ¡vamos loco! desaforado de Sergio y el tropel desbocado hacia arriba, apenas 100 metros y el suelo se ablanda y viene el brillo inconfundible del agua por debajo de los pastos. Se hunden sin piedad las zapatillas, más arriba se nota el cambio de humedad repentino, sin darnos cuenta pasamos las tranqueras enfrentadas, giramos y saltamos a duras penas el primer arroyo moribundo enfrente de los escalones, hay que gatear, embocar los peldaños de piedra y buscar la primera puerta, se viene demasiado rápido, seguimos subiendo. Atravesamos el filo con la cantera muy cerca, hacia delante además de la fila interminable, se ven los destapes rojos y amarillos cayendo sobre la primera quebrada. El camino es blanco con los bordes rojizos, hacia la izquierda se percibe una perfecta descripción de la Tandilia sedimentaria sobre los frentes abiertos que desnudan las incontables capas arcillosas, blancas, amarillentas, por aquí estuvo el mar de visita hace millones de años y dejó una huella infinita.

El análisis geológico dura apenas un minuto, las escasas burbujas de oxígeno sirven para armar algunos pensamientos, el más fuerte no se refiere precisamente a la composición de la sierra sino al destino de la hilera humana que nos antecede, que cruza la quebrada, el pastizal, el arroyo y vuelve a subir. Dejamos atrás el primer lomo, el ritmo es muy fuerte y la sensación es la misma de otras carreras, Sergio se adelanta a los saltos entre las pajas altas que esconden más agua, me grita a lo lejos para que no afloje, justo en el momento que estoy pensando en aflojar. La sensación de parar, de agotamiento es lo que más fácil percibo, rodeamos un pequeño grupo de árboles parados sobre una brillante gelatina verde, se viene otra puerta sobre otro arroyo al fondo de otra... ¡quebrada!. El sendero apenas asoma entre el ocre intenso del yuyal, al final se dibujan unas antenas que rematan la cumbre chata de la cuchilla. Volvemos a cruzar el arroyo con las piernas negras de barro, miro hacia atrás buscando el consuelo en la línea humana que se pierde más abajo. Se viene un alambrado, se me traba la mochila, la agilidad es una de las cualidades que el cansancio hace perder, intento traspasar la materia algo que físicamente es imposible, resultado: salgo con la mochila lastimada. Nos metemos entre las cavas blancas, agujeros contiguos, con el piso húmedo que suben y bajan y nos asomamos al balcón natural de la cuchilla.

La sorpresa nos invade, frente al escalón y el vacío que se extiende más allá, hay una larga fila de mochileros que esperan para desaparecer por la chimenea estrecha. Un control estricto impide cualquier sobrepaso, y para alcanzar la soga hay que encolumnarse, peligro de frío, nos movemos nerviosos, afloran las quejas. Sergio me pregunta cómo vamos, es imposible saberlo, pero por lo menos el comentario nos sirve para matar el tiempo. Nos llega el turno de sumergirnos por la cuerda que se bambolea entre las paredes, abajo nos espera otra puerta, mientras bajo me llega la urgencia de una necesidad fisiológica. ¡Qué momento!, bueno la aventura también tiene estas cosas, lo importante es encontrar un lugar discreto, la pared encierra mil recovecos y hacia uno de ellos dirijo mi humanidad apartándome del camino, ¡metele! es la última sentencia de mi compañero, bautizo brevemente 30 centímetros de naturaleza y retorno con energía renovada. Apenas 250 metros y volvemos a subir por un callejón oblicuo hacia la terraza de la cuchilla, el mejor momento para la contemplación con El Sombrerito de frente al alcance de la mano, el recorrido vale la pena, nos llena los ojos, no entrega la letra para contar en la llegada.

Bajamos sobre la nariz del cerro, frente a dos grandes cuevas que nos muestran su boca negra, hacia abajo el valle se recorta perfecto, con los dos morros geométricos más adelante soportando la subrepticia conquista de los aventureros que los dividen formando una interminable pirca sanguínea.

Aventura continuada

No hay tiempo para seguir observando, otra cuerda más dinámica nos recibe, un mazo de piedra desprendido de la inmensa pared nos custodia, mientras entramos en la planicie que une los morros. Otra cuesta nos marca el rumbo, nos acercamos al borde casi perfecto del cerro rectangular, acostado sobre la ondulación suave de la llanura, las vacas negras son el único público curioso que observa nuestro jadeo. No doy más Sergio, ¡no doy más!, alcanzo a murmurar, pero si ya llegamos me contesta Sergio, termino de escucharlo y mi pie izquierdo rebota contra una piedra mal ubicada por la naturaleza, reboto y caigo hacia un costado, esquivando en la caída otro corredor que pasa por un costado. No pude esquivar un arbusto raro para mí que por desgracia está cubierto de espinas, algunas de las cuales me llevo de recuerdo, trabajo para Diana con la pinza de depilar. Llegamos hasta el techo del morro, ensayamos un trote con el vacío que nos rodea, al frente se abre la figura del próximo obstáculo. El descenso es por un camino ancho de piedra que copia el contorno de la sierra, otra vez sobre la curva que comunica los dos morros, los helechos forman nervaduras oscuras sobre la pared gris, nos acercamos para emprender el último ascenso.

Qué estamos haciendo en este lugar es otro de los interrogantes, las piernas se vuelven indóciles, las órdenes del cerebro tardan más en llegar, casi tanto como nosotros a la cima del morro postrero. Divisamos la hilera de árboles verdes, nos queda la última bajada, hacia los destapes que se abren junto a la ruta. Los hoyos colorados que no se ven claramente desde el camino, encierran importantes desniveles. Después se viene el arroyo ancho del final como para terminar de empapar las zapatillas y ligar mejor la cantidad de barro que envuelve nuestras piernas. Mochila y hombre a esta altura forma una misma masa, una conjunción de materiales que se mueve a duras penas buscando el final.

Hay que llegar hasta los árboles, la sorpresa nos espera luego de la tranquera, la calle no tiene fin, los árboles se cuentan por miles, no vemos la llegada y esto nos inquieta. La calle sube y baja y se pierde delante nuestro, con más árboles y algo de gente que nos alienta y nos dice que falta muy poco, es verdad, a nosotros también nos falta poco para desmayarnos.

La llegada

No hay mal que dure cien años dice el refrán, ni cuerpo que los aguante, la respuesta que suele escucharse y eso nos sucede en este instante, entre los árboles se adivinan los mástiles, el camino sube y por fin la tranquera indica el final. Por las dudas llegamos corriendo con el mejor estilo, siempre hay una cámara indiscreta que después eterniza finales paupérrimos con gente jadeante que tropieza a los pies de los controles, no será nuestro caso en esta oportunidad. Luego mirando el video comprobaremos que la cara no puede disimular nuestro estado calamitoso.

Abrazos, saludos y miramos de reojo la tarjeta bendita, entramos 105, al principio cierto desazón, enseguida nos recomponemos y el balance arroja muchas alegrías, y un desempeño más que decoroso para nuestras expectativas. Cosa curiosa este Espíritu de los Dioses en vez de pensar en lo que acabamos de vivir pensamos en la próxima estación y las dificultades que nos esperan, ¿será este el secreto de los Dioses?

Demostramos que las mochilas se pueden separar del cuerpo, caminamos relajados en sentido inverso por el camino que un rato antes nos parecía interminable.

Estamos cansados y felices, allá lejos viene Diana con los chicos y Lucila se adelanta para encontrarse con Sergio, dos guerreros vuelven maltrechos pero fortalecidos de Espíritu. - ¿Cómo les fue? es la pregunta de rigor, y la respuesta tiene igual tono severo de nuestra parte, dura- muy dura.

La charla, el abrigo oportuno nos afloja, después la ducha reparadora (otro detalle de la organización) y nos disponemos a formar fila para degustar el locro, obviamente no es la fila de la cuerda y el plato humeante repara nuestras energías con creces. El calor del gimnasio invita a la charla y los comentarios con otros equipos, compañeros de aventuras. Se viene la fiesta, los sorteos, estuvimos cerca de quedarnos con un par de polares, pero hubiera sido demasiado. Emprendemos la vuelta entre las prolijas casas de Villa Cacique, mientras desandamos el camino mirando descuidadamente, escucho el comentario de Diana, - ¿ustedes anduvieron por ahí? y no puedo evitar que se me hinche la vena aventurera y esboce una sonrisa de papá feliz, reposando luego de enfrentar a los Dioses... mm ¿no será demasiado?... bueno después de todo hay que disfrutarlo.

 

 

Nota:

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