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Doble Cruce de los Andes 2002, parte III
Gustavo González -
Experto Aventurarse

Y llegamos ya a la tercera entrega de este informe completo. Espero que el relato les resulte elocuente y, sobre todo, divertido. Repasemos ahora, a modo de resumen, lo acontecido en las primeras etapas. Habíamos arribado a San Martín de los Andes, luego de unas 27 horas de viaje en minibús. La primera etapa, entre San Martín de los Andes y Nonthue fue realizada con éxito pese a las subidas iniciales. La segunda etapa resultó más "light", casi todo en bajada y con dos horas en trasbordador por el Lago Pirehueico. Todo venía muy bien e incluso la comida era excelente calidad, hasta que en la tercera etapa casi perdemos a un participante que cayó de un puente y quedó colgado de unas cañas. Pasó el susto. Más tarde, luego de un baño termal en Liquiñe, el grupo se aprestaba a superar la etapa más dura. Así fue:

El final del relato anterior nos dejó yendo hacia las habitaciones a dormir, para afrontar con fuerzas la jornada siguiente. Por la mañana, el desayuno en la hostería no fue lo más feliz. Faltaban leche, mermeladas y dulces, los que finalmente fueron provistos por Bike&Trek y no por la hostería. Mientras se terminaban de preparar los bagayos, con El Vasco fuimos a comprar los alimentos para el día: pan, queso, jamonada, bananas y melones de postre. Esto se basó en las experiencias anteriores, ya que en la primera y segunda edición el almuerzo fue encargado en las hosterías. "La colación" -como la llaman los chilenos- se hace con una sola rodaja de fiambre. Es decir, los sandwiches de jamón y queso son: un pan con una rodaja de jamón y otro pan con una rodaja de queso. Los argentinos hacemos los sandwiches con un pan y una rodaja de jamón y otra de queso, ambas en el mismo pan. No obstante, si nuestros sabios gobernantes insisten con sus políticas, prontamente ni tendremos para hacer una "colación" a la chilena.

Bueno, todo listo y se da la orden de partida. El primer tramo es hasta las Termas de Hipólito Muñoz. El Camino Internacional es la única calle de Liquiñe. Las casas están todas hechas en madera y abundan las botillerías y otros almacenes de similar estilo.

En lento pero constante ascenso, se pasa por carabineros y se sale del pueblo, observándose una cascada en el puente "La Cascada". En Chile, cada puente tiene nombre.

Como me había quedado a pagar el saldo de la Hostería, salí ultimo y me costó alcanzar al grupo, pero los fui superando ya que hacían numerosas paradas para sacar fotos, dado que el paisaje era sublime: precipicios, valles muy verdes, laderas boscosas y un río que a toda velocidad desciende de la montaña. Alcancé a la mayoría en un puente en construcción: el grupo observaba cómo entre tres o cuatro obreros, por medio de poleas, izaban un tremendo tirante de madera que formará parte del futuro puente. Hasta el que parece ser el capataz trabaja. Si fuera Argentina, quizás estarían dos trabajando, mientras tres hacen el asadito.

Reflexiones en la subida

En los más o menos 100 Kilómetros recorridos en Chile, al menos se notan obras. Algo se hace. Veamos. Lago Pirehueico: construcción de un trasbordador nuevo; Paso Hua Hum: construcción de varios puentes de cemento, en reemplazo de los de madera; Neltume: una máquina vial mejorando la calzada; Salto Huilo-Huilo: confitería y servicio de guías (este emprendimiento es privado) y ahora el puente recién nombrado. En los 1600 kilómetros que hicimos desde Buenos Aires, antes de llegar a Chile, no recuerdo haber visto obras si no "parches" para salvar el camino en zonas inundadas (terraplenes de tierra y desvíos) y tramos de ruta que parecen bombardeados por la cantidad de baches que tienen.

En Chile cada nueva obra es anunciada con carteles como: "Nuevo puente tal" o "Provisión de agua potable". En mi país, en cambio, la mayoría de los carteles están para indicar las obras que se encuentran paradas. A pesar de haber vivido una dictadura terrible, que todavía mantiene dividido al país, en Chile se nota estabilidad, la gente vive tranquila, trabaja, te saluda por el camino y todos son muy amables. No obstante, charlando más profundamente con alguno de ellos, también despotrican contra sus gobernantes o declaran que el trabajo también es escaso. Pero se percibe otra "mentalidad", como si hubiera algún futuro...

En eso ocupaba mi mente para olvidarme de la subida: la huella sigue en ascenso, partes con sombra, partes más empinadas, laderas degradadas por aserraderos hoy abandonados, sudor cayendo a chorros y una velocidad lenta pero constante. Paradas en los escasos arroyos a refrescarse un poco y repartir algunas pasas de uva o almendras. Algunos más rápido, otros más lento, pero todos a su ritmo y sin subirse al vehículo, iban superando la subida.

Por fin llegamos al "Puente Blanco", el lugar más adecuado para almorzar ya que el arroyo cuenta con un fácil acceso y hay lugar para estacionar el minibús. Nos detuvimos para almorzar y refrescarnos en el arroyo. Preparamos los sandwiches y en bandeja se armó el "delivery": le alcanzábamos los sandwiches a cada uno, para que pueda almorzar sin moverse de su piletón preferido. Luego, de postre, unos melones realmente espectaculares. Breve descanso y a seguir.

El gran desafío

La motivación de muchos no es sólo el desafío de superar los Andes o de superarse a sí mismos, sino ir detrás del short extremadamente corto y de un rojo muy llamativo de una participante. Realmente pedalear con semejante paisaje adelante motiva subir la cuesta más empinada. En eso estaba, sudando la gota gorda en una pendiente, cuando siento jadeos y respiración en la nuca. Miro para atrás y veo que un participante pugna por alcanzarme. Si bien la salida no es competitiva, es cicloturismo, donde se trata de salir y llegar juntos, donde nos ayudamos en vez de competir, surge el "bichito" de la competencia:

-¿Así que me querés pasar? -pienso-.
-Ahhhh, ahhhh, aaahhhh -suspira mi perseguidor-, ya lo alcanzo a González (debe pensar él).

Y se conjugan el aliento cada vez más cercano, la lucha entre la edad, entre la mejor y peor máquina, entre la pierna más fuerte y la resistencia, entre el camino y sus piedras, entre la pendiente que sube cada vez más y en curva y en que me va a pasar por adent... ¡¡¡PAFFFF!!!

Al mirar hacia atrás veo a mi oponente caído en el suelo, de costado y sin haber podido sacar las zapatillas de las trabas automáticas. Parar sería una humillación para él y prefiero seguir, en fin, hacerme el "dolobu". Siguen la subida y las paradas en los arroyos.

-¿Cuánto falta?
-Para la aduana falta poco y ahí empieza la subida empinada, comento.
-¿Más empinada que esto?

Y finalmente llegamos a la aduana. A medida que vamos llegando nos desplomamos de la bici y, como podemos, extraemos el documento y se lo alcanzamos al carabinero.

Un breve descanso, mantecol mediante, y a prepararnos para la subida brava. El cartel lo anuncia: "Pendiente".

Mandamos el minibús primero, como lo hacemos siempre, y nos apuramos porque se nubla el cielo y comienzan a caer algunas gotitas. Uno a uno, los osados ciclistas que intentaron subir lo imposible pedaleando, fueron cayendo. La fortísima pendiente y el material suelto (el camino ya no es de ripio firme, sino todo de piedra suelta) imposibilita y frustra cualquier intento de subirlo andando. Si te quedás en algún tramo intermedio, es imposible volver a arrancar. Así que terminamos todos caminando y empujando la bici.

Tras una curva observo que el minibús también se ha quedado. A pocos metros de donde la pendiente afloja, pero se ha quedado. A medida que llegan los ciclistas van dejando sus bicis y nos disponemos a empujar.

-¡A la una, a las dos y... a las treeeesss!

Y así todos juntos, la rueda resbalando, humo negro saliendo y olor a quemado, el minibús comienza lentamente a moverse y, para alivio nuestro, puede superar la dura cuesta. Unos metros más y la pendiente afloja, pero ahora la dificultad es otra: el camino tiene numerosos troncos cruzados transversalmente, para evitar se lave durante los deshielos. Así que vamos saltando entre troncos semi enterrados en el camino. ¡Y por fin, algo nuevo! Un cartel anuncia el ingreso al Parque Nacional Lanín. Antes no había nada, ni siquiera un cartel que anunciara que habíamos ingresado a la Argentina.

Besos, abrazos y felicitaciones entre todos por el logro cumplido. Es un momento muy emotivo, ya que el objetivo que nos propusimos ha sido alcanzado. Tanto el muy entrenado como el que vino más flojo, tanto el que vino con una bici sencilla y pesada como el que tenía una súper maquina, tanto los varones como las mujeres, todos pudimos alcanzar los 1123 metros de este duro paso y ninguno tuvo que subirse al vehículo de apoyo. Luego, la clásica foto en el portal de ingreso a la Argentina y en el hito internacional.

Heridas de viaje

Sigue el camino desastroso y con mucha piedra. Una leve bajada y luego otra subida. Finalmente el camino mejora, hay mas tierra y menos ripio. Comienza un veloz descenso de 8 kilómetros. El paisaje cambia totalmente, ya que del lado argentino está protegido. Se ven grandes árboles de troncos inmensos y centenarios. Al lado de la ruta, cañas colihue que se expanden sobre el camino, muchísimas amancay (flor amarilla, típica del P.N. Lanín). Las sombras del bosque cubren toda la ruta.

Comenzamos el adrenalínico descenso. Rápidamente, las máquinas se desplazan como bólidos a 50 o 60 Km/h y en cada curva es imprescindible frenar para no salirse del camino. Tras una curva veo a Alejandro detenido.

-Sí, ya sé. No me digas nada: te caíste. -le digo-.
-¿Qué te pensás, que soy tarado? -me contesta-. ¿Cómo me voy a caer? Le estoy sacando una foto a Virginia.

-Ok. Sigo.

Al rato y tras otra curva veo un torbellino de polvo y una masa gorda y amorfa revolcándose en la tierra. Con gritos de dolor intenta pararse y nuevamente va para el suelo. Es Alejandro, el master biker que se ha pegado tremendo palo y en una parte recta y casi plana. Se despellejó varias partes de su cuerpo pero está vivito, coleando y de buen humor. Al rato llega Virginia, que baja muy prudentemente y despacio, y nuevamente pone la cara de circunstancia, como diciendo "¡Qué b... ! ¿Otra vez?".

Otra vez las recomendaciones para que vaya despacio y nuevamente hay que centrar la rueda, que está hecha un "8" (ocho). Esta tarea es encomendada a El Vasco. Yo sigo el descenso, ya que hay que armar el nuevo campamento en Las Termas.

Otro que también sufrió un lindo palito es "Chacabuco", que según los testigos venía súper fuerte y en una curva tuvo que frenar, comiéndose la tierra del camino. Resultado: otro casco que salvó una cabeza, una oreja sangrante y un pequeño tajo en la cara. En fin, heridas de viaje que luego serán trofeos imborrables de esta travesía.

A reponer fuerzas

Por fin llegamos al camping Las Termas que está a metros de las termas de Lahuen-Co ("agua milagrosa", en mapuche). El camping sigue siempre igual, o peor, cada año. La infraestructura es de hace décadas y construida por Parques Nacionales. El concesionario sólo la mantiene y observa cómo se degrada año tras año, sin invertir en mejorar la calidad de los servicios y echándole la culpa siempre a Parques Nacionales. El año pasado no había agua caliente, supuestamente, porque Parques Nacionales no le había entregado la leña; este año se había roto no sé qué cosa.

-Así la cosa no va. Cada año que vengo está peor. La gente busca servicios y por eso tenés el camping vacío, porque no hay buen servicio -le comento al concesionario, mientras retiro las tortas fritas para la merienda-.

Y como esto es turismo aventura, hay que adaptarse a la escasa infraestructura existente. Además no hay otra opción de camping para elegir.

Se van armando el campamento y la merienda (poco, porque es tarde y falta poco para la cena). A medida que van terminando, les doy las indicaciones para que vayan a pegarse un baño termal en las bañaderas. Se junta un lote grande de bikers y, toalla sobre los hombros, hojotas en los pies y algo de ropa limpia en una mochila, nos dirigimos a la terma.

Una vieja cabaña de madera construida por Parques y concesionada a $ 2. El baño nos espera. Al costado, el humeante "Pozo Central" y varios piletones, donde al agua se va enfriando. La surgente está en un mallín y llama la atención que a metros del agua caliente corre un arroyo de agua helada. De las seis bañaderas sólo se pueden usar cuatro. El agua fría no anda, así que hay que ir con un balde al arroyo, buscar agua, e ir llenando la bañadera con agua termal y 3 ó 4 baldes de agua fría. Este trabajo lo hace un muchacho, pero su velocidad es tal que decido colaborar para no esperar tanto. Las bañaderas están en cuartos individuales, en los que hay además una vieja camilla, símbolo quizás de otros tiempos, cuando se hacían masajes.

Lo único nuevo, unos machimbres en el zócalo. Pese a todas estas pálidas, las termas son únicas, ya que para buenas instalaciones están Copahue o Río Hondo, así que hay que mentalizarse en disfrutar estas "aguas milagrosas" en estado salvaje. Así lo pienso, me desnudo y me meto poco a poco en la tina, que es algo pequeña pero lo suficientemente cómoda como para relajarse y dejar que lo minerales penetren por los poros del cuerpo y los dolores musculares se aflojen, para ser invadido por una sensación de bienestar. Diez o quince minutos son recomendables. Es suficiente para salir súper relajado y tranquilo.

El camping está rodeado por densos cañaverales de caña colihue (Chusquea culeu). Si uno detiene la mirada un rato observará que también somos observados. Pequeños movimientos y ruiditos emergen del cañaveral. Enfocando un poco más la vista, se podrán observar pequeños seres que se escabullen entre las cañas y esperan el menor descuido para obtener algo de comida. Y así, mientras preparamos la comida o charlamos, tintillo por medio, las ratitas pasan a metros nuestro. Todo tiene su explicación. No es que el camping sea una inmundicia, que la basura esté tirada por ahí, que aceche la peste bubónica, la negra, el Hantavirus o el duhaldismo, sino que la caña colihue ha florecido. Esta gramínea florece masivamente cada 40 o 60 años, produciendo una espiga cuyo fruto es una semilla pequeña. Luego de florecer, la planta muere y permanece seca de 10 a 15 años. Este verano se ha producido la floración masiva. ¿Y cuales son las principales consecuencias de esto? Aumentan los riesgos de incendios forestales y, al haber una sobreabundancia de semillas, aumenta la abundancia de comida y las poblaciones de roedores se incrementan en poco tiempo: así sucede con el ratón colilargo y el ratón oliváceo.

El Hantavirus es una enfermedad que afecta los pulmones y a menudo puede ser fatal. Este virus se deposita en la materia fecal, orina o secreciones de algunos roedores como el colilargo. Se trasmite principalmente al respirar pequeñas partículas provenientes de excrementos, orina o saliva de los roedores. Tampoco hay que entrar en pánico, ya que el virus tiene una corta vida al ser expuesto al sol y al aire libre. Lo importante es la prevención y así dejamos bien cerradas las carpas, guardando toda la comida en lugares fuera del alcance de los ratones, depositando en lugares cerrados la basura y evitando ingresar a construcciones abandonadas o leñeras. Terrible paradoja: lo que más abunda es comida para ratas.

Gracias a las sabias intervenciones culinarias de Freddy Siniga, el clásico guiso de lentejas se convierte en un manjar elogiado por todos. La sobremesa, la charla, el licorcillo de dulce de leche y a dormir, que fue un día duro. Al día siguiente, por fin, tocaría un medio día de descanso.

Agua milagrosa

Día 24/1/2002. Comienza la quinta etapa de la travesía. En total, 17 kilómetros Entre las termas de Lahuen-Co y Laguna Verde. Pero, antes de partir a tal objetivo, por la mañana descansamos y disfrutamos de los baños termales. La hora de levantada es más flexible, ya que la etapa de pedaleo es corta. El cielo amaneció por primera vez nublado y con amenaza de lluvia. El viento empujando las nubes que vienen desde Chile, cargadas con la humedad del Océano Pacífico. Por suerte, sólo descargan ocasionales garúas sobre nosotros.

Armamos un sobretecho para cubrirnos durante el desayuno (la carpa comedor no llegó entre el equipo despachado previamente) y nos vamos preparando para la caminata a los pozos termales. Nos reagrupamos en el pozón central y tras una breve explicación y recomendaciones de seguridad (no acercarse mucho a los pozos ya que hay gente que se ha "fritado" cayendo accidentalmente en uno de ellos) partimos en la caminata.

Se atraviesan densos cañaverales totalmente secos por un sendero bastante ancho. Se cruza el Río Oconi por un "puente" precario de troncos, para llegar a un mallín con altos pastizales y tramos barrosos. Por fin llegamos al pozo "Barros del Chancho", que es lo suficientemente para albergar unas veinte personas.

Nos vamos sacando la ropa (quedamos en malla, claro). Descendemos por una pequeña escalerilla de madera de sólo dos escalones y el pie se hunde en una resaca de barro, ramitas y hojitas en descomposición (el barro curativo). El agua es transparente, pero el fondo barroso que es removido la transforma en negra. El olor a azufre impregna el ambiente y lentamente nos vamos metiendo en el agua termal. Poco a poco, porque está caliente, nos vamos sentando sobre el lecho barroso. Algunos, con algo de asco, se resisten pero finalmente son convencidos ante las exclamaciones de placer de los participantes. Sólo unos pocos / as cobardes se resisten a esta experiencia.

El paso siguiente es mandar la mano hacia el fondo, para recolectar un poco de barro y untarse por todo el cuerpo (cara incluida) de manera de quedar totalmente embarrado. El segundo paso consiste en hacer bromas a la única soltera en el pozón. Dr. Lemon se fue acercando a la susodicha con el agua hasta el pecho y mostrando la malla en sus manos. Cuando estuvo bien cerca se levantó y: ¡sorpresa! Todos pensaban que estaba en bolas, pero la que llevaba en sus manos era la malla de Horacio que se la había sacado antes.

El agua termal es así. Excita y transforma a los ciclistas. Siempre después de esta etapa surgen romances y transas que no son nada más ni nada menos que otra de las consecuencias del "agua milagrosa". Así que algunos se fueron sacando la malla. El agua del pozón se recalentó y al son de los gritos de los guerreros embarrados "¡qué se saque la malla!", ¡Que se saque la malla!". Primero fue la parte de abajo y ante los aplausos cerrados revoleó el corpiño. Un revuelo general, y algunos se empezaron a abalanzar...

Ustedes saben que la crisis está terrible y hay que rebuscárselas de todas formas. Si quieren saber verdaderamente qué ocurrió en el caliente pozón termal, tendrán que hacer el siguiente tramite:

-Realizar una transferencia o deposito de $10 a la siguiente cuenta:
Banco Itau Buen Ayre.
Caja Ahorro pesos 482044-301/0
CBU: 2590010320048204430104
CUIT: 20-17009203-2
Nombre y apellido: Gustavo Miguel González.

Una vez realizado el pequeño tramite, mandar el número de transferencia y dirección de e-mail y le mandaremos el detalle pormenorizado de todos los sucesos ocurridos, adjuntando una foto exclusiva tomada con una cámara subacuática.

-"Se ve que está acostumbrada por que lo revoleo como una verdadera profesional" fue el pensamiento generalizado. Luego de los 15 o 20 minutos de rigor salimos del pozón (algunos limpios y otros con el barro en todo el cuerpo) para dirigirnos a la "zanja".

Los sonidos del silencio

¿Qué es la zanja? Alguno recordará su infancia, más si vivió en algún barrio de calles de tierra, donde no existían los cordones de cemento. Recuérdese la zanja con agua podrida que corría por la puerta de su casa. Es algo similar. Hasta tienen las mismas algas verdes. La zanja es un pequeño arroyito de agua termal al costado del sendero, donde te podés recostar y sentir cómo el agua calentita corre a tus costados. De paso te ponés algas en la cara y el resto del cuerpo. Estas algas te dejan el cutis sedoso. Es realmente algo asqueroso, a lo que pocos se animan.

La zanja estaba un poco fría, así que regresamos a los "Barros del Chancho", para darnos el baño final, donde nos sacamos el barro del cuerpo.

Comenzamos el regreso al camping recorriendo otros pozos naturales. Ya en nuestro destino, comenzamos a desarmar todo el campamento, cargar el minibús, repartir los energéticos del día, explicar el recorrido y realizar un precalentamiento.

El tramo de bici de hoy sería por la Selva Valdiviana, que es un área que tiene más de 1500 milímetros anuales promedio de precipitaciones y en ella se desarrollan ejemplares de coihues que superan los 2 metros de diámetro y los 40 metros de altura. Un denso sotobosque de caña colihue, asociada con arbustos como el michay y el espino negro, caracterizan a este ambiente. Desgraciadamente las nubes impiden ver la cumbre nevada el majestuoso Volcán Lanín.

Pasamos por el Lago Carilafquen, "lago verde" en mapuche, cosa que es verdaderamente cierta, ya que el reflejo de la vegetación le imprime un color profundamente verde. Más adelante nos desviamos por un camino, para almorzar en la cascada Carilafquen. Dejamos las bicis atadas a un amigo árbol, repartimos el almuerzo que cada uno debería transportar hasta la costa del lago y propuse un ejercicio:

-"Esta es la penúltima vez que vamos a caminar por un bosque antes de llegar a Buenos Aires. Propongo hacerlo en silencio, para ir escuchando los sonidos del bosque."

La verdad que el grupo se porto bárbaro, ya que pudimos escuchar el ruido del viento entre los árboles, el crujir de los mismos, el sonido del chucao (ave más oída que vista) y, a lo lejos, el rumor de la cascada.

En un clima de paz y total armonía con la naturaleza, arribamos a la costa del Lago Epulafquen (dos lagos, en mapuche), donde se observa el cerro Los Angeles y el Escorial, que se hunde en el lago.

El almuerzo: jardinera con ingredientes. Queso, aceitunas, palitos. Almorzamos y luego nos fuimos a conocer la cascada. Nos internamos por un sendero de reciente apertura, que nos dejó en cercanías de la cascada, que es un pequeño salto oblongo que une los Lagos Carilafquen y Epulafquen. En sus nacientes hay excelentes piletones para nadar. Lástima el día frío, algo ventoso y nublado. Recorrimos la cascada. No obstante las condiciones climáticas imperantes, varios se animaron a nadar en un piletón de agua transparente, aguas abajo de la cascada, más protegido del viento. "El agua no está tan fría", nos dijeron.

Un brindis para festejar

Luego de un par de horas, desandamos el sendero caminado y regresamos a las bicis. Continuamos el recorrido deteniéndonos en El Escorial, que es un río de lava solidificada, proveniente del Volcán Achen Ñiyeu ("lugar que estuvo caliente", en el idioma de la gente de la tierra) que se distingue nítidamente por su forma cónica. Atrás de él se ubica el Volcán Huanquihue (lugar que ladra, que suena). El paisaje es muy extraño, con las formas retorcidas y porosas de la lava tratando de ser colonizadas por el bosque.

El camino sigue prácticamente en sombra, constituyendo uno de los tramos más atractivos del recorrido. La siguiente parada sería la Laguna del Toro que, por la ausencia de grandes nevadas, está prácticamente seca. Dejamos las bicis y recorrimos el fondo seco de la laguna, hasta un sector de grandes rocas.

Le comento a la gente que allí había antes una cascada, donde incluso yo me bañaba. Freddy y Horacio agregan que el año pasado el agua llegaba casi hasta la ruta. El Lago Curruhue Grande, Laguna Verde y Laguna Escorial desaguan por el Río Escorial al Lago Epulafquen, aunque no se ve el correr del agua por que ésta pasa en forma subterránea, debajo nuestro.

Nuevamente, un corto pedaleo por el bosque hasta otra nueva parada. Atamos nuevamente las bicis y descendemos a la Laguna Escorial, que también está prácticamente seca. Saltamos un arroyo que ha ido escarbando su cauce en la arena volcánica a medida que la laguna se fue secando, para ir caminando por una playa solitaria. Se divisan los dos volcanes y la escoria de lava que seguramente fue detenida por el agua.

La ultima parada del día fue Laguna Verde, donde hay un camping agreste (con sanitarios pero sin duchas) y, como el camino es en bajada y está en buen estado, es ideal para ir muy fuerte.

Montamos el campamento a orillas del Río Curruhue, que también está varios metros por debajo de su nivel normal y también montamos una protección contra la lluvia, que por suerte amenaza pero nunca concreta.

Tomamos allí la clásica merienda. Pusimos a enfriar las bebidas y realizamos las típicas tareas de un campamento. Nuevamente, Freddy intervino para mejorar la salsa para los fideos. Con hiervas, vino y pescado se armó una segunda salsa, que estuvo para chuparse los dedos. Mientras cenábamos viene el flaco que cobra el camping. Se me acerca y me dice en voz baja:

-"Gustavo, no es para alarmarte, pero fijate que un matrimonio está asustado, porque su carpa está rodeada de ratas."

Y nuevamente la solidaridad del grupo, que colaboró con Oscar y Virginia corriendo la carpa del lugar elegido a uno más cercano a nosotros y no tan metido entre la vegetación. Llega la hora de la prevista caminata nocturna por el bosque, pero las constantes amenazas de lluvia impiden realizarla. Entonces, pasamos al brindis con champaña y chocolates para festejar que todo viene saliendo muy bien. Luego, el fogón y la ronda de chistes.

Continuará...



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