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Náufragos en la Sierra Gorda, Queretaro (México)
Uxval Gochez - Aventurero

Habíamos rentado una van tan grande como un pequeño vagón de tren y el viernes por la tarde la cargamos con cinco bicis, la de un "Servilleta", la de Cricket, monísima jovencita triatleta, y las de Efraín, Arturo y Gonzalo. Partimos, luego, hacia Queretaro, entrando por Peña de Bernal y Pinal de Amoles. En Jalpan nos esperaba la reservación que hice antes en un hotel 4 estrellas. Casualmente encontramos un restaurante donde se come pésimo pero sirven cerveza de barril. Cricket se fue a dormir temprano y los demás gueyes nos empedamos.

El sábado partimos tarde, a las 12:00 de Jalpan, hacia el corazón de la Reserva de la Biosfera en la Sierra Gorda. Estacionamos la camioneta en la localidad de Conca y comenzamos a pedalear hacia el noroeste siguiendo la ruta de Terracería, que marcaba el mapa a escala 1:50.000 del INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática de México).

Demasiado pronto, empezamos a forzar nuestro paso sierra adentro, de modo que iniciamos un rodeo para descender por otro lado, sólo que el inicio de la vereda que planeamos tomar se encontraba en una esquinita fuera del mapa. Todo lo que teníamos que hacer, entonces, era seguir nuestro instinto y la brújula, para encontrarla.

En esas estábamos cuando nos internamos en un bosque de arbustos altos resecos y espinosos, de pronto, en medio del camino había un extraño grupo de animales, vacas, toros y caballos, que estaban concentrados. Reinaba un inquietante silencio. Cuando los ahuyentamos encontramos un caballito que acababa de morir. Tras la triste imagen no pudimos evitar un cierto sentimiento de melancolía. Eran las 15:00.

El descenso

Después de un breve almuerzo iniciamos el descenso por una bajada muy divertida, tanto que Gonzalo rompió su cambio trasero. Mientras lo arreglaba me subí a un árbol y con los binoculares divise la Misión o Iglesia de Conca. Continuamos el descenso por un camino que se desvaneció entre nopales. Como a las 16:30 teníamos ya dos llantas ponchadas y, mientras las parchaban, Gonzalo y yo exploramos dos veredas mínimas que iban en direcciones opuestas. Comunicándonos por los talkabout nos decidimos por la que iba directo al sur y que era una ruta de a pie.

Como a las 17:30 llegamos al fondo de una empinadísima cañada. Al topar con el lecho seco de un río, cargábamos las bicis para avanzar salvando las enormes piedras. La pendiente del cerro aminoraba y con ello el tamaño de los brincos. Pero, a las 18:30 seguíamos cargando las bicis. La tupida floresta impedía para ese momento el paso de los últimos rayos de luz solar. Decidimos, entonces, abandonar las bicicletas, pues pensábamos que en cuestión de 45 minutos estaríamos ya en la camioneta. Pensábamos regresar al día siguiente por ellas.

Nos ajustamos los cascos y los guantes para continuar brincando de roca en roca con el peligro de resbalar a cada paso a causa de los clips en nuestros zapatos. Ya, a las 20:00, comenzó a oprimirnos el pecho la angustia de perder paulatinamente, junto con la luz, el sentido de la vista. Llevábamos dos encendedores y con su chispa, más o menos se veían los obstáculos, pero no servían para alumbrar.

Dábamos saltos considerables desde las rocas grandes. Conforme se cerraba la noche y nuestro cansancio e impaciencia iban en aumento, se acrecentaban los peligros. Las ramas a la altura de la cara y los troncos atravesados no ayudaban, como tampoco la abundancia de ruidos de animales en esa área virgen.

Sin alternativas

A las 22:00 decidimos, de manera unánime, buscar un lugar propicio para hacer un fuego y pasar la noche. Yo traía una cobija de emergencia y con ella dormimos de a ratos. Nos despertaban el frío y el molesto crujido de la cobijita. Pero agradecimos a la madre Naturaleza, que la llovizna que comenzó se detuviera pronto y que, extrañamente, no había mosquitos y sí mucha leña seca.

Al siguiente día apagamos bien la fogata y emprendimos el regreso río arriba, hacia las bicicletas. Nos sorprendimos de nosotros mismos al ver los obstáculos -¡monolitos enormes!- que habíamos salvado en la oscuridad. Casi en broma agradecimos no haberlos visto. Ya con luz del día se veían los senderos que genera el ganado a los costados del río.

Otro sendero nos sacó de esa cañada, pero nos llevó a otra, con otro río igual de infernal. Afortunadamente estaba nublado, porque la falta de agua y alimento después de seis horas de cargar las bicis no es divertida, pero con ese sol, de haber sido a plomo, hubiera resultado peligrosa.

Sabíamos que siguiendo el río saldríamos a la carretera de Conca, así que pensando siempre que ya estábamos cerca, lo que por otra parte era verdad, pero en un terreno muy agreste (dentro del río estaban los monolitos y fuera eran campos de piedrotas impracticables para la bici), le neceamos hasta pasada las 13:00, cuando empezamos a notar algo de basura en el río cosa que, increíblemente nos dio mucho gusto.

Así, Gonzalo y yo dimos con el altísimo puente que hace pasar la carretera por arriba del gran río formado por el primero y el segundo cauce que recorrimos. Debajo del puente había y aproveché para llenar mis dos botellas grandes y mi camelbag y emprendí el regreso.

La noticia

Encontré a Arturo exhausto, posando en una piedra, pero se levantó de volada cuando le di el agua y la noticia. Efraín tomó la botella de agua como si fuera lo que es: elixir divino. Criquet ya estaba en las ultimas. Sus delicadas piernas parecían un mapa de raspones y arañazos, y le costó trabajo creerme que ya estábamos casi en la carretera. Le deje las llantas y me traje el cuadro de su bici.

Cuando llegue a Gonzalo, ambos subimos del río a la carretera. Luego pedaleamos cinco kilómetros y ya estábamos por fin en la camioneta. La gente estaba preocupada por nosotros.

Volvimos al puente a recoger a los demás náufragos. Solamente a salvo escuche comentarios acerca del hambre, el frío y la sed. Nunca alguien le recriminó a otro por las desavenencias. Siempre existió consenso para las decisiones que se tomaron. El recorrido fue, sin dudas, un éxito. Tuvimos la oportunidad de hacer uso de esas técnicas conocimiento y de artilugios con los que siempre se cuenta, esperando nunca usarlos. Sobre todo, nunca nos dejamos de divertir. Y eso, no lo olvidaré jamás. Saludos.

 

Para más información: www.meb.com.mx

 



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