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Desafío Quilmes - Cruce de los Andes de Villa Pehuenia (Argentina) a Icalma (Chile)
Federico García Hamilton
- Aventurero


El Desafío Quilmes de los Andes 2003 fue una carrera de aventuras en la que se cruzó la cordillera de los Andes desde Villa Pehuenia (Argentina) hasta Icalma (Chile), recorriendo unos 90 kilómetros de “trekking de montaña”, entre los días 14 y 16 de febrero. Participé de la misma integrando con Tony Casanova el equipo “Team del Aconquija”, y a continuación intentaré reflejar todo lo que sentí durante estos inolvidables días.

Villa Pehuenia es una villa turística en desarrollo (se fundó en febrero de 1989) situada en una península sobre el lago Aluminé, el más septentrional del corredor de los lagos, a la altura de la ciudad de Neuquén.

El privilegiado marco geográfico en que se encuentra está conformado por los lagos Aluminé y Moquehue y por las montañas que los rodean, en las que abundan bosques de distintas especies características de la Patagonia Andina, pero principalmente de araucarias, árbol milenario llamado “pehuén” por los mapuches y que da nombre a toda la región de Pehuenia. Ambos lagos están unidos entre sí por una angostura de unos 500 metros de largo y 20 de ancho, sobre la cual hay un puente que permite cruzar de un lado al otro.

Llegamos a Villa Pehuenia con Tony y Luis Terán, un amigo al que invitamos para que nos acompañara, el jueves por la mañana después de un largo viaje en auto (perdimos 4,5 horas en Catamarca por un piquete y hubieron 200 kilómetros de la ruta 40 tan destrozados que no pudimos superar los 40 Km/h). El día no podía ser más lindo, con un sol que brillaba tanto que hacía olvidar el cansancio del viaje.

Dimos una vuelta para conocer la villa y sus alrededores, almorzamos, y a eso de las tres de la tarde fuimos al campamento (que se encontraba sobre una bahía espectacular en la costa norte del Aluminé), ya que si bien la carrera comenzaba a las nueve de la mañana del viernes era obligatorio estar el día antes para la charla técnica, así como dormir esa noche en el campamento. Al llegar, fuimos a la carpa de la organización a llenar los papeles, retirar nuestro “container”, chalecos y demás, y luego nos indicaron dónde armar nuestra carpa.

Nos sorprendimos cuando al lado del lugar asignado estaban armando otra y nos dimos con que casualmente era el otro equipo tucumano que participaba de la competencia, y al cual no conocíamos. Pero mucho mayor aún fue la sorpresa cuando después de presentarnos nos pidieron que seamos sus testigos de casamiento, ya que se casaban al día siguiente (obviamente era un equipo mixto). Nos comentaron que en realidad habían viajado a Villa Pehuenia para casarse el día anterior, pero no les permitieron hacerlo pues necesitaban cuatro testigos y no los tenían, así que tuvieron que postergarlo y se haría durante la competencia.

Una vez que armamos la carpa y nos acomodamos, retiramos una de las canoas que había llevado el Club de Corredores y salimos a remar y nadar por las transparentes aguas del Aluminé. Más tarde, para no abusar del sol, fuimos a conocer la comunidad mapuche “Puel” que se encuentra cerca de La Angostura y por la cual atravesaríamos durante la carrera. Regresamos al campamento para la reunión técnica, que se hizo a eso de las 20:00 hs. al aire libre y sobre la playa. Mientras Sebastián Tagle (Director de la prueba) daba las indicaciones correspondientes, disfrutamos de un atardecer espectacular y de la luna casi llena que aparecía sobre las montañas.

Después de la reunión el clima “precarrera” se vivía con más intensidad, la adrenalina era cada vez mayor y se escuchaba a cada equipo planificar la estrategia para el día siguiente (“¿Nos ponemos calzas cortas o largas?”, “¿Llevamos campera de montaña o rompeviento?”, “Cuántos litros de líquido cargamos?”, “¿Arrancamos corriendo o caminamos de entrada?”, etc., etc.). De todos modos, había que estar descansados para la mañana siguiente así que a comer y a tratar de dormir...

Primer día

El viernes amaneció con mucho frío y totalmente nublado (increíble, ya que cuando por mi ansiedad me desperté a las tres de la mañana, salí de la carpa y el cielo estaba cubierto de estrellas) así que en general todos los equipos decidieron correr abrigados. La largada se hizo a las 9:15 hs. desde el puente de La Angostura, a unos 1500 metros del campamento, lo cual permitió ir precalentando un poco los músculos. Había que cruzarlo hacia el sur y seguir por unos tres kilómetros el camino que conduce a la comunidad mapuche Puel. Con Tony decidimos caminar, ya que el objetivo que nos habíamos fijado era “llegar”, de modo de recuperarnos del “dolor” de haber tenido que abandonar en la Eco Peugeot de Salta.

Por lo tanto, en el arranque de la competencia quedamos -al igual que en Salta- entre los últimos. De todos modos, ese día había que subir dos montañas con pendientes fuertes y es allí donde sabíamos que recuperaríamos puestos. Un rato después de largar apareció el sol y subió la temperatura, por lo que paramos unos minutos a desabrigarnos.

El camino tenía subidas y bajadas (a éstas las trotamos con ritmo suave) y luego de cruzar una barrera continuaba -ya dentro de la comunidad mapuche- unos dos kilómetros más, pasando por el costado de tres lagunas muy lindas y algunos arroyos con agua de deshielo, hasta llegar a un puesto mapuche en el que había que tomar hacia la izquierda para ingresar a la senda.

Esta tenía ascensos y descensos de poca pendiente que cruzaban un cerro bajo, después del cual empezaba la primera trepada fuerte hacia la cumbre del cerro Mocho, de unos 1900 metros de altura. Esta parte fue bastante difícil, especialmente en el último tramo que sumaba a lo empinado de la cuesta un suelo muy blando en el que costaba avanzar. Efectivamente -y tal como habíamos planificado- fue allí donde empezamos a recuperar algunas posiciones y llegamos a la cumbre en muy buenas condiciones.

Otra vez la temperatura había bajado mucho (el termómetro me marcaba cinco grados) y comenzó a lloviznar, por lo que hubo que abrigarse con todo lo que uno tenía a mano (confieso que en mi caso no estaba muy preparado para el frío, ya que siempre había pensado que cuando el Club de Corredores en sus cartas previas hablaba de temperaturas “altas hasta el riesgo de deshidratación y bajas hasta el de hipotermias”, exageraba para generar una mayor expectativa entre los participantes). Por suerte Tony había encontrado un guante que alguien había perdido y me lo dio para que me protegiera de a ratos cada una de las manos, mientras la otra “dolía”, al igual que la cara. Después en el campamento encontré a la dueña y se lo devolví, espero no muy estirado.

Una vez alcanzada la cumbre, la vista hacia abajo era espectacular, abarcando toda la cuenca de los lagos Aluminé y Moquehue, las lagunas de la comunidad mapuche y los cerros del frente. A partir de allí se avanzaba por los filos y laderas de distintas montañas, y un poco más adelante se cruzaba un arroyo que permitió reabastecerse de agua. Durante todo este tramo hubo que luchar no sólo contra las cuestas arriba sino contra las inclemencias del tiempo, con una temperatura cada vez más baja y un viento que por momentos oponía más resistencia que la más pronunciada de las subidas. Más adelante incluso comenzó a nevar, lo que para mí era preferible ya que además de ser más lindo es menos agresivo que la lluvia. En la altura el terreno era muy blando y sin ninguna vegetación, dando más la impresión de que se corría por las dunas de Pinamar que por las cumbres de los Andes, excepción hecha del clima.

Una vez atravesadas las cumbres del cerro Mocho, comenzaba el descenso hacia el otro lado, en parte algo técnico (aunque sin exagerar) por la presencia de piedras y pendientes fuertes en la senda, que llevaba hasta un arroyo en el que aprovechamos para parar cinco minutos, tomar un “Ensure Plus” y sacarnos las piedras de las zapatillas (llevábamos 3:20 horas de carrera).

A partir de allí venía la parte más dura de la primera etapa, con el ascenso al cerro que creo se llama Bandera. La diferencia de altura a enfrentar era de 700 metros, con pendientes muy fuertes y suelo difícil. En esa trepada nos cruzamos con el equipo de La Plata con el que hicimos parte del trekking de la Eco de Salta, y nos acordamos entre bromas del “sufrimiento compartido” en ese momento.

Otra vez recuperamos algunas posiciones en la trepada -ya se veían síntomas de cansancio en muchos competidores-. Al llegar arriba se despejó por unos minutos, suficientes para permitirnos disfrutar de la excelente vista al lago Moquehue y la villa del mismo nombre, así que aprovechamos para sacar unas fotos (dado que como dije antes habíamos salido “a llegar”, nos detuvimos varias veces para sacar fotos en esta etapa, perdiendo por supuesto algo de tiempo).

El recorrido continuaba por la cumbre de esa montaña, siguiendo por una senda con rocas que dificultaban el avance hasta poco después de comenzar el descenso, en el que incluso en un tramo corto y “muy técnico” la organización había colocado cuerdas de seguridad, pues de lo contrario hubiera sido imposible atravesarlo, al menos sin alto riesgo.

Al concluir ese tramo de rocas se veía el campamento (ahora situado en el extremo oeste del lago Moquehue) lo cual elevaba la motivación de los participantes, y comenzaba un fuerte descenso a través de un bosque de “lengas achaparradas”, que son las mismas lengas que crecen como árboles en zonas más bajas de la cordillera y que en la altura se transforman en una “especie de árbol rastrero” para protegerse del viento. Ese tramo fue muy divertido, lo hicimos corriendo a buena velocidad por un terreno muy arenoso y con mucha pendiente, que me recordó un descenso que hice en el cerro Otto siguiendo la línea del funicular en septiembre, durante un inolvidable atardecer sobre el Nahuel Huapi.

Al llegar abajo se pasaba por el frente de algunas cabañas de veraneo y se seguía por la costa del lago Moquehue más o menos un kilómetro hasta el campamento, previo cruce de un río de agua helada, para el cual me saqué las zapatillas pues no quería empezar el día siguiente con los pies mojados, ya que arrastro una lesión en los dedos que me duele mucho hasta entrar en calor.

Cruzamos la meta en 4:54 horas, lo que consideramos muy bueno dado que nuestra expectativa era hacerlo entre 5 y 6 horas. Además, el puesto 154 no estaba nada mal para nosotros considerando que habíamos recuperado poco menos de cien lugares desde la largada (después nos comentaron que por razones de seguridad la organización había rescatado a los últimos equipos que venían retrasados).

Armamos la carpa al borde del lago, almorzamos, Tony se quedó a dormir la siesta y Luis (nuestro acompañante) y yo salimos a hacer algo de turismo por Moquehue.

Al volver al campamento a eso de las 19 continuaba lloviendo y todo el mundo estaba bajo la gran carpa comedor, ya que había corrido la noticia de que habría un casamiento antes de la reunión técnica.

La verdad que el casamiento, lejos de ser algo íntimo como los novios habían previsto, se transformó en una ceremonia totalmente surrealista que terminó levantando el ánimo del campamento, algo decaído por la tarde horrible, la lluvia y el frío.

En efecto, como además de los 500 competidores y sus acompañantes habían muchos medios de comunicación cubriendo la carrera; motivada por uno de los movileros del programa de Matías Martin (creo) se organizó un improvisada despedida de soltero a Bernardo -el novio-, quien tuvo que atravesar la carpa mientras lo bañaban en cerveza hasta llegar a la mesa donde estaba la jueza que los casaría. Mientras tanto, alguien consiguió un ramo de flores y María -la novia- ingresó con la marcha nupcial simplemente “tarareada” por los competidores. La jueza -que se esforzaba por mantener un mínimo de formalismo- los casó en medio de todas las bromas imaginables y los gritos de los noteros de TV, siendo testigos el intendente (o delegado comunal) del pueblo, la locutora de la radio local (eran los dos únicos vestidos “para casamiento”), Tony y yo.

Creo que ni Gacía Marquez podría haberlo imaginado así, y que Bernardo y María deben ser los únicos atletas de la historia que largaron una carrera solteros y la terminaron casados.

Después del casamiento se pasó un video con una excelente compilación de imágenes de la carrera, que nos hizo revivir lo que con tanto sacrificio habíamos realizado esa mañana; y al finalizar se hizo la reunión técnica en la cual Sebastián Tagle anunció el cambio de recorrido para el día siguiente; ya que originalmente estaba previsto subir el cerro La Bella Durmiente, pero como a esa hora las cumbres ya estaban totalmente nevadas, se vieron obligados a reemplazarlo por un circuito más bajo, en los alrededores del lago Moquehue.

Esa noche hizo un frío bárbaro y corría un viento por momentos tan fuerte que nos obligó a trasladar la carpa a un lugar más protegido. Dormimos poco y mal, porque se nos cayó el farol dentro de la carpa y la chapa caliente nos pinchó las dos colchonetas, así que además de helados estábamos incómodos.

Segundo día

La largada al día siguiente se hizo más tarde (a las 10:20 hs.) y con cielo despejado (increíble la velocidad con que cambia el tiempo en esta zona). Se partía del mismo punto de la llegada del día anterior, por lo que a 300 metros de la largada había que cruzar el mismo río y después otros (todos con el agua helada, y pensar que el día anterior me había sacado las zapatillas para “arrancar seco”...). Se avanzaba por la costa del lago, luego se tomaba por una calle, se cruzaba una precaria pista de aterrizaje, se cruzaba el mismo río (esta vez aguas arriba y por un puente) y se tomaba un camino con una pendiente muy fuerte y bastante larga que conducía al “Mirador de Moquehue” (hasta acá habíamos corrido y empezamos a caminar -como casi todos- ya que de lo contrario se hubieran “quemado piernas” cuando todavía faltaba la casi totalidad del recorrido).

Después había que seguir por ese camino un par de kilómetros en los que se repitieron las subidas y bajadas fuertes, y -como hacía un rodeo- se regresaba al mismo puente al que había que cruzar hacia el otro lado para acercarse a la costa del extremo oeste del lago Moquehue (que es alargado en dirección oeste-este) y a partir de allí seguir por un sendero en dirección este, hacia el otro extremo del lago, en el que se encuentra el puente de La Angostura que lo une al Aluminé.

Toda esa costa da contra un cerro por la ladera del cual avanzaba el sendero, con subidas y bajadas que en algunos tramos llegaban incluso hasta pequeños sectores de playa. Tanto el sendero como las vistas hacia el Moquehue y la isla Lepén que está en el medio eran impresionantes, con un fuerte contraste entre el azul del agua y el verde de las montañas que la rodean. Igualmente espectacular era el bosque a través del cual se avanzaba, que si bien estaba compuesto de especies autóctonas y características de la zona, nos recordó mucho al circuito de cross country al pie del cerro San Javier que con Tony tantas veces hicimos.

De hecho, a partir de ese punto esta etapa más que un trekking de montaña fue un cross country y Tony, que ahí es donde más cómodo se siente, tomó la delantera y me llevó a un ritmo que me costaba seguir (él es un poco más rápido que yo). Lo hicimos corriendo casi en su totalidad, excepto en las subidas muy fuertes. En uno de los descensos Tony se torció el tobillo pero me dijo que no había sido nada (acabábamos de pasar a una chica a la que los médicos estaban atendiendo por una esguince). En esta etapa nos convencimos de que debíamos aspirar a “más que sólo llegar” y por lo tanto nos exigimos mucho más que el primer día e incluso casi no perdimos tiempo en sacar fotos.

En un momento dado auxiliamos con Gatorade a una pareja que estaba al borde de la deshidratación, y poco después llegamos hasta el puente de La Angostura a muy buen ritmo (siempre para nosotros), lo cruzamos y a partir de allí se bajaba a la costa del Aluminé, restando 1,5 kilómetros en los que se rodeaba una bahía que conducía hasta el campamento, que estaba en el mismo lugar de la primera noche. En este último tramo Tony empezó a caminar y ante mis presiones para que siguiéramos corriendo pues no quería que nos pasaran varios equipos que venían cerca, me confesó que no aguantaba el dolor en el tobillo, que sí se había lesionado cuando se lo torció pero no me lo había querido decir para que no bajáramos el ritmo.

Por supuesto dije que entonces caminemos, pero como igual le dolía unos pocos metros más adelante él mismo comenzó a correr. Lo seguí, y así llegamos a la meta en el puesto 122 y con un tiempo de 3:27 horas, que dadas nuestras expectativas considerábamos excelente y nos motivaba para encarar la última etapa.

Por suerte el día seguía espectacular, así que como al llegar estaba exhausto y bastante contracturado disfruté de un buen baño en el Aluminé, a pesar de lo fría que estaba el agua. Almorzamos y salimos con Luis a dar una vuelta mientras Tony se tomaba un par de “bombas antiinflamatorias” y se dormía una siesta para recuperar su tobillo.

A la tarde regresamos, hicimos aduana (gendarmería montó una carpa en el campamento), nos tomamos una cerveza en la playa conversando con otros competidores, y cuando el sol cayó se pasó el video con el compilado de ese día -otra vez muy buenas las imágenes-. Después la reunión técnica, comida y a dormir.

Tercer y último día

Fue la noche que más frío sentimos. La verdad que lo sufrimos. Al levantarnos a las 6:30 de la mañana el sobretecho estaba cubierto de una capa de hielo que se iba quebrando al desarmar la carpa (había que dejar todo listo pues era el último día). Costaba entrar en calor y la largada que estaba prevista para las 8:00 hs., finalmente se hizo media hora más tarde.

La etapa comenzaba por la costa del Aluminé, desandando lo hecho el día anterior hasta el puente de La Angostura -por lo que una vez más arrancábamos mojándonos los pies en el agua helada-, allí se tomaba por el camino de vuelta hacia el campamento y frente a éste se ingresaba a la senda para empezar a subir los cerros que están en la costa norte del lago. Todo este tramo lo hicimos corriendo, al igual que la primera parte de la subida, que tenía poca pendiente (unos treinta minutos en total); y una vez que comenzaron las trepadas fuertes pasamos al trekking.

Integrábamos un pelotón muy grande, de unas 250 personas, por lo que impactaba mirar toda la cuesta cubierta con una hilera de atletas que la enfrentaban. Me imaginaba lo que habrá sentido San Martín al ver a su ejército de miles de hombres, más animales, cañones, etc., avanzar por cumbres similares.

Las pendientes eran fuertes (algunas muy fuertes), pero ayudaba mucho el espectacular entorno, compuesto por bosques de araucarias milenarias y cañas lengas, que son parecidas a las tacuaras pero mucho más bajas. Se avanzaba siempre hacia el norte, de acuerdo a mi estimación por la posición de las sombras.

En los ascensos, sobre todo en los más duros, pasamos a varios equipos ya que ese es nuestro fuerte, gracias a que en Tucumán tenemos la posibilidad de entrenar mucho en las montañas, donde también disfrutamos de paisajes que si bien son distintos, no tienen mucho que envidiar a éstos.

Una vez alcanzada la primera cumbre, se continuaba por filos y valles hacia el oeste hasta llegar a los 1900 metros, ahora por paisajes totalmente distintos puesto que a esa altura no hay vegetación y había que “pelear” contra un desierto de suelo arenoso y pequeñas piedras volcánicas, que son como trozos de piedra pómez que no pesan nada pero dificultan mucho el avance ya que a las piernas les cuesta “traccionar”, sobre todo en las pendientes más empinadas.

Durante el tramo por las cumbres se tenía una vista imponente de los picos nevados de los volcanes Lanín del lado argentino (al cual dijimos que algún día también desafiaremos) y Villarrica del chileno.

En un momento dado, al llegar al punto más alto, aparece de golpe el Volcán Batea Mahuida, en cuyo cráter inactivo se formó una laguna de aguas muy azules y transparentes. La vista era impresionante, y ese era “el lugar” que todos los competidores esperábamos alcanzar, así que lo que sentimos en ese momento fue indescriptible. Nos sacamos unas fotos y bajamos hasta allí. Llevábamos 2:25 horas de carrera y estábamos a mitad de la etapa, por lo que decidimos parar unos minutos para recargar nuestras “camelbacks” y tomar unos “sportonic”.

Arrancamos nuevamente rodeando la laguna para salir del cráter por el lado opuesto, y trepamos la última cuesta pesada que nos permitió pasar a otros cinco o seis equipos. Los síntomas de cansancio físico y moral eran cada vez más visibles en algunos competidores. Le di unas curitas a uno que tenía sus talones totalmente llagados y que me causó dolor ajeno de sólo mirarlos.

A partir de allí comenzaba el descenso que terminaría en Chile. Lo hicimos corriendo en su totalidad. Pasamos a varios equipos más que se veía ya habían dado más de lo que podían (entre ellos a Bernardo y María, chiste fácil mediante pues venían de su noche de bodas).

Nuestra motivación era muy alta ya que considerábamos que veníamos haciendo una excelente carrera, estábamos agotados pero con algún resto, y después del segundo día ya no nos conformábamos con “sólo llegar” sino que queríamos hacerlo en nuestro menor tiempo posible.

El descenso fue muy divertido, al principio por laderas de montañas desérticas, luego entre vegetación baja compuesta por matas de paja a las que había que ir esquivando (similares a las que se ven en los cerros de los Valles Calchaquíes), más adelante por valles de mallines, que son una especie de pastizales en medio de terrenos fangosos y traicioneros parecidos a las “ciénegas” de las cumbres tucumanas (Tony cayó en un pozo hasta más arriba de la rodilla pero por suerte sin consecuencias), y por último atravesando bosques de araucarias como los que habíamos cruzado en el ascenso.

Ya casi a la salida de éstos bosques unos gendarmes nos dieron aliento y nos dijeron que faltaban 4,5 kilómetros. Sabiendo eso nos propusimos mantener el ritmo. Un poco más adelante llegamos al camino y encontramos el cartel de “bienvenido a Chile”. Nos emocionamos y sin detenernos le saqué una foto a Tony. Faltaban sólo tres kilómetros hasta el lago de Icalma, donde estaba el arco de llegada. Cada persona que pasaba nos alentaba. Parecía que las piernas no darían más pero aceleramos el ritmo pues queríamos bajar las cuatro horas. No lo logramos, llegamos en 4:02, pero nos sirvió el esfuerzo para pasar a otros diez o doce equipos (qué grata sensación!!!). “¿Cuánto miden los kilómetros chilenos?”, nos preguntábamos. Se hacían interminables. Finalmente llegamos con nuestras últimas energías a la meta. Nos abrazamos, nos colocaron las medallas y sentí una emoción indescriptible. En este momento, reviviéndolo mientras paso en limpio mis apuntes, se me pone otra vez la piel de gallina. Después nos enteramos que en esta etapa habíamos llegado en el puesto 90. No podíamos creer la evolución que tuvimos desde el puesto 154 de la primera etapa. Fuimos de menor a mayor.

Rengueando un poco por la contractura de las pantorrillas y algunas ampollas que recién ahora dolían, busqué un teléfono. Quería compartirlo con Isabel, mi mujer, con quién por suerte pude hablar.

A partir de allí a esperar el ómnibus que nos llevaría de regreso al campamento a retirar las cosas, cargar el auto y emprender el viaje de vuelta, con los “agradables” dolores en las piernas que “certificaban” que dimos más de lo que pudimos.

Párrafo aparte para el equipo, que funcionó a la perfección y está muy consolidado después de varias competencias y entrenamientos juntos; para Luis, a quién invitamos simplemente para que vaya a pescar, pero se convirtió en un importante y permanente apoyo; para la casi impecable organización del Club de Corredores; y para los amigos que uno va ganando al compartir estas experiencias.

Queda sólo agradecer a la vida que me dio la oportunidad de vivir este desafío que nunca olvidaré, y esperar tener la posibilidad de seguir enfrentando retos similares en el futuro.

 

 

Nota:

e-mail: fghamilton@arnet.com.ar

Toda la información del Desafío Quilmes en los Andes 2003 está en el Informe Especial que se publica en el portal.



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