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Eco-Aventura Zapla en las Serranías del Zapla - Palpalá (Jujuy)
Federico García Hamilton
- Aventurero


El domingo 24 de noviembre de 2002 se llevó a cabo en la provincia de Jujuy, Argentina, la tercera Eco-Aventura Zapla, en la cual participamos con Félix Paz Posse y mi hermano Rodrigo integrando el equipo “Team del Aconquija”.

Por habernos enterado tarde, el equipo se conformó recién dos días antes de la competencia. Con Félix contábamos con la experiencia de haber participado en el Rally Transmontaña de mountain bike, varias cross countries y medias maratones, el Peugeot Eco-Adventure de Salta -aunque en equipos distintos- y con una buena base de entrenamiento. Rodrigo, en cambio, sólo anda habitualmente en bicicleta y había compartido conmigo un par de ascensos de trekking al cerro San Javier, por lo que se animó a enfrentar el desafío de puro “corajudo”.

La competencia incluía algo más de 13 kilómetros de mountain bike, unos 20 kilómetros de trekking, y en el medio pruebas especiales.

Partimos de Tucumán en auto a las cinco de la mañana y llegamos a la Villa Turística de Palpalá -donde era la largada- a las 8:45 hs. Allí nos encontramos con otros cuatro equipos tucumanos que participaban y que nos dieron alguna información sobre el circuito (ya que habían estado el día antes recorriéndolo en parte) y nos ofrecieron compartir su vehículo de apoyo.

El lugar -que no conocíamos- resultó espectacular. Estábamos en lo que hace algunas décadas fuera una ciudad en sí misma, ya que allí vivían unas 1000 familias que trabajaban en la explotación de las minas de hierro de las que se proveía de materia prima a lo que fuera la fábrica de acero más importante de Latinoamérica (Altos Hornos de Zapla). Esta ciudad -que tuvo hasta su propio cine- al finalizar la explotación minera quedó totalmente abandonada y desde hace algún tiempo el municipio la está reconvirtiendo en una villa turística, transformando de a poco lo que fueran los pabellones de viviendas en albergues. Las instalaciones están en medio de las espectaculares serranías de Zapla, rodeadas de la selva típica del lugar y los bosques de eucaliptus que en aquella época se plantaban, por su rápido crecimiento, para proveer de carbón a los altos hornos.

En carrera

La largada -prevista para las 9:00 hs.- se hizo finalmente a las 10:30 hs., arrancando con la epata de mountain bike. Se inciaba con un descenso muy corto, continuaba con unos 5 kilómetros de subida a uno de los cerros que rodean el lugar y luego 8 kilómetros de descenso en medio de la selva. A mi criterio fue un error haber largado todos los equipos juntos, ya que si bien eran sólo 23 equipos de 3 integrantes cada uno, el amontonamiento que se produjo al ingresar a la senda complicó a los corredores que largamos atrás, y tuvimos que hacer gran parte del ascenso caminando al lado de la bicicleta detrás de los que no estaban en condiciones de subir pedaleando y que para colmo no respetaban nuestros pedidos de “paso”, como corresponde en este tipo de sendas angostas. Si bien al principio esto me causó bastante mal humor, después preferí aceptarlo y esperar pacientemente ir pasando de a poco mientras podía.

Una vez que comenzó el descenso se generó distancia entre los corredores y pasar resultaba más fácil, pudiendo andar cada uno a la velocidad en que estaba en condiciones de hacerlo. Disfrutamos mucho esta etapa, rodeados de selva y por sendas donde se podía andar rápido ya que no tenía las complicaciones de raíces, piedras y pendientes fuertes que tiene el Transmontaña de Tucumán (de hecho no me caí nunca y en el Transmontaña lo hice doce veces, ya que no tengo mucha experiencia en mountain bike). En la mitad del recorrido había que parar, escalar una pared de troncos y retomar la bicicleta para continuar con el descenso, que finalizaba en la ruta provincial 56, por la que había que seguir unos kilómetros hasta llegar al puente sobre el río Zapla.

Allí esperaban dos camiones de la municipalidad a los que se entregaba las bicicletas, y estaban también los vehículos de apoyo de cada equipo. Había pasado una hora de competencia. Repusimos agua en los camelbacks, comimos unas barras de cereal y arrancamos con el trekking siguiendo por el lecho del río Zapla, que prácticamente no traía agua. Esta etapa fue fácil hasta llegar a un badén donde tomamos hacia arriba siguiendo el curso de un arroyo muy lindo, bastante cerrado por la selva y con muchas rocas que se volvían sumamente patinosas pues en este caso sí traía agua. En el medio de este tramo me di un buen golpe, producto de una nueva torcedura del tobillo derecho que todavía no se había recuperado del esguince que sufrí en el Eco de Salta, así que... dos antiinflamatorios y a seguir.

Después de aproximadamente una hora y media de trekking/coastering -incluyendo un par de paradas para sacarnos fotos aprovechando la belleza del lugar- nos encontramos con unas grandes moles de cemento de 20 metros de altura que alguna vez fueron los silos de clasificación del hierro que se extraía de las minas, donde se hacía el “rappel” bajando con un arnés y una soga, la primera mitad con pared al frente donde se puede ir apoyando los pies y el resto “libre”. Luego del rappel, parada que tomó unos 20 minutos que nos permitieron descansar, continuamos con el trekking tomando un camino equivocado. Cuando nos dimos cuenta y retomamos, la organización estaba reponiendo una cinta indicativa que se había caído y marcaba el ingreso a una senda poco visible, donde comenzaba la trepada al Cerro de la Cruz. Habían tramos con pendientes bastante fuertes, en algunos casos por sendas angostas y en otros por lo que suponemos alguna vez fueron caminos donde imaginábamos circulaban inmensos camiones cargados con el material que sacaban de los socavones que de vez en cuando se veían durante el recorrido, para transportarlo hasta los silos de clasificación.

Promediando la competencia

A esta altura hacía mucho calor y Rodrigo venía en el límite de sus fuerzas. Ya llevábamos más de tres horas de competencia, habíamos hecho un par de paradas cortas para recuperar energías y la fuerza mental no era suficiente para reemplazar la falta de entrenamiento. En algún momento, viendo el sacrificio que hacía, Félix sacó la soga de la mochila, Rodrigo se la pasó por la cintura, y de esta manera lo ayudaba a continuar subiendo “tirándolo” desde adelante. Estoy convencido que este tipo de actitudes que reflejan la verdadera esencia de lo que es “un equipo”, ayudan algo en lo físico pero mucho más en lo anímico, cosa que después el mismo Rodrigo confirmaba, asegurando que gracias a ello “se bancó” el último tramo hasta llegar nuevamente a la villa turística, donde finalizaba la primera etapa de trekking, previa prueba especial de “arrastre”, que consistía en pasar cuerpo a tierra por debajo de una red puesta a unos 40 centímetros del piso. Allí nos informaron que nos habíamos equivocado de senda, por lo que hicimos un tramo menos (por suerte para Rodrigo).

La competencia continuaba con “tirolesa”, disciplina que consiste en lanzarse colgado de un manillar que pende de un cable de acero desde un árbol a otro. En este caso se utilizaban dos enormes eucaliptus, uno a cada lado de una quebrada llena de árboles y arbustos, a una distancia de más de cien metros y con una altura libre de veinticinco. Esta prueba la hacía uno sólo de los integrantes del equipo. Pidió hacerla Félix y aceptamos, aunque después de finalizada la competencia nos sacamos el gusto también Rodrigo y yo (una sensación fabulosa, de mucha adrenalina).

Al concluir la tirolesa -llevábamos algo más de cuatro horas de competencia- comenzaba la segunda etapa de trekking. Con buen criterio Rodrigo decidió abandonar y continuamos con Félix, aumentando un poco el ritmo y trotando en algunos tramos fáciles. Lo novedoso de este tramo consistía en que en algún momento se ingresaba en un antiguo socavón de la mina, en el fondo del cual había que encontrar una pregunta por equipo. A la entrada del mismo, la organización entregaba una vela encendida a cada participante, que no ayudaba absolutamente en nada a la visión, por lo que tuvimos que avanzar “por tacto”, siguiendo los rieles de los vagones, hasta unos 120 metros de profundidad, por supuesto compartiendo bromas en las tinieblas con otros equipos con los que nos cruzamos. Luego continuaba el trekking, un poco más adelante -en un segundo socavón- se encontraba la respuesta, y nuevamente trekking para arribar una vez más a la villa.

Allí una nueva prueba especial: cada integrante debía pasar caminando por un tronco que se mueve mientras los otros dos (en nuestro caso el otro) trataban de mantenerlo quieto. Una prueba fácil pero entretenida. A continuación la tercera etapa de trekking, bastante corta siguiendo parte del circuito de mountain bike, y para finalizar una nueva tirolesa, pero en este caso “manual” (colgando el cuerpo horizontalmente de una soga que está a la misma altura en ambos extremos, por lo que en lugar de lanzarse, uno debe avanzar traccionando con sus propios brazos). Debía hacerla un solo integrante de cada equipo pero por supuesto pedimos hacerla los dos y por suerte nos lo permitieron.

El final

Acabada esta prueba, quedaban los últimos metros hasta el arco de llegada, al que cruzamos luego de cinco horas y dos minutos de competencia.

A partir de allí, intercambiar opiniones con otros participantes, conversar un poco con gente del lugar que nos contó la historia de las minas y los altos hornos, y pegar la vuelta incluso antes de la entrega de premios, ya que nos quedaban 360 kilómetros de regreso con un par de paradas en el medio para “pelearle” al cansancio y al riesgo de accidentes.

En definitiva, un día fantástico, un circuito espectacular, con mucha historia, donde uno además de disfrutar del paisaje y la aventura va permanentemente imaginándose lo que habrá sido en otros tiempos. Párrafo aparte para la organización -que salvo lo de la largada fue excelente-, y para la amabilidad y hospitalidad de la gente del lugar.

 

 

Nota:

e-mail: fghamilton@arnet.com.ar

 



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