El Portal Latinoamericano de la Aventura y el Turismo

Suscribite
 
Elegí
Aventurarse
como página
de inicio

Agregá
Aventurarse
a tus favoritos

Recomendanos
a un amigo


Los rápidos de Iguazú

Gadi Slomka - Experto Aventurarse

Todos los hombres tienen necesidades espirituales que satisfacer, cosas que van más allá del trabajo y mucho más aún, de la necesidad de adquirir lo último de la moda o el automóvil más moderno. Me refiero a las actividades que tienen que ver con el espíritu.

Puede considerarse que, en lo que hace a estas actividades, algunas se nos aparecen como interesantes, otras como agradables y muy pocas, como verdaderamente necesarias. Pero, definir a una actividad como necesaria o simplemente agradable, depende de la actividad y también, mucho más, del carácter de la persona.


Los que practicamos montañismo -ese es mi caso-, rafting, parapente, mountain bike y otras actividades en la naturaleza, por lo general consideramos que tomarnos nuestro tiempo para vivir una nueva y vibrante aventura es indudablemente una cuestión ligada a la necesidad espiritual y no tanto al simple interés o a lo agradable de viajar por aquí o allá.

Esta vez, y aunque fuera sólo por un fin de semana, estaba decidido a vivir una aventura que combine la tranquilidad de recorrer bellos paisajes con la posibilidad de vivir algunos momentos a puro vértigo. Paz y adrenalina o tranquilidad y vértigo, son mis combinaciones favoritas y, según creo, la de la mayoría de los amantes de las actividades al aire libre. Y siguiendo esa premisa no tardé mucho en elegir mi destino: las Cataratas del Iguazú.

Debía viajar más de 1300 kilómetros para llegar al lugar, pero el hecho de no haber estado nunca antes allí y las referencias que tenía resultaban motivos más que suficientes para aventurarme a una experiencia que resultaría, y lo supe después, un viaje por demás emocionante. Pero, primero debía llegar al Parque Nacional Iguazú.

El Parque Nacional

Este parque fue creado en 1934 y es uno de los más atractivos lugares de la Argentina por su variada flora y por esa maravilla natural que son las cataratas. Se ubica al norte de la provincia argentina de Misiones, casi al límite con Brasil, y a unos 300 kilómetros de su ciudad capital, Posadas. Allí confluyen los ríos Paraná, en dirección norte-sur e Iguazú, en dirección este-oeste para formar esa maravilla que son las cataratas más extraordinarias del planeta. El parque, cuya misión es la de proteger tanto a la variada flora de la selva misionera como a las propias cataratas, es visitado cado año por miles de personas de todo el mundo.

La vegetación, muy frondosa y típicamente subtropical, se mezcla con la presencia de fauna -en algunos casos seriamente amenazada- como el yaguareté, el tapir y una gran diversidad de aves. El suelo, muy arcilloso, es otro de los atractivos del lugar. Su alto contenido de óxido de hierro le da una coloración rojiza por lo que se considera a toda la provincia de Misiones como la provincia de tierra roja o colorada.

El clima es cálido con una temperatura media de 25ºC en verano y con una humedad que oscila entre el 75 y el 90 por ciento. Temperatura y humedad se combinan para hacer de la región algo parecido a un inmenso invernadero, lo que a su vez se manifiesta en la abundancia de especies vegetales que mediante su exuberancia compiten por ganar la carrera hacia la luz del sol.

De la selva a los rápidos

Como el tiempo no sobraba, decidí sortear en avión los 1300 kilómetros que me separaban del lugar. Así, en un rato me encontraba en el Aeropuerto de Iguazú. Ni bien salí de ahí, la espesura verde del lugar resultó el prólogo adecuado a mi aventura posterior. Un rato más tarde me encontré en el Parque Nacional Iguazú: la historia comenzaba.

Apenas llegado al lugar, conocí a la gente del Iguazú Jungle Explorer quienes, no ajenos a mis expediciones en los Hielos Continentales y el Aconcagua, me invitaron a compartir con ellos la aventura, lo que incluiría, incluso, un viaje en gomón en las mismas cataratas.

Al rato, partimos a bordo de un camión por el sendero Yacaratiá, a través de la selva, y con la intención de llegar a las cataratas. Además del bello y exuberante paisaje que me encontré, algo más atrajo inmediatamente mi atención. Y eso, misteriosamente, no aparecía en ninguna de las guías de turismo que había visto. Me refiero a los no muy simpáticos mosquitos, quienes eran los verdaderos dueños de la situación. No había modo de evitarlos. A pesar de usar líquido repelente, ellos estaban siempre ahí, dispuestos a demostrar quién es el verdadero rey de la selva. Después de todo, están hace mucho tiempo allí y yo sólo era un visitante.

El viaje duró unos 45 minutos, que resultaron bastante moviditos. Llegamos entonces al Puerto Macuco, donde nos esperaba el gomón que nos llevaría al corazón mismo de las Cataratas del Iguazú.

La gran aventura

El espectáculo más imponente que ofrecen estas cataratas es una gigante expresión de agua espumosa: la Garganta del Diablo. Las aguas, en un caudal impresionante caen 80 metros y estallan sobre la piedra. Así, se produce una inmensa nube de agua, espectáculo que aunque visto desde afuera, es suficientemente impactante como para grabarlo por siempre en las retinas. Pero, la idea era otra.

Al llegar al lugar y luego de un rato de comprensible contemplación, me invitaron a subir al gomón semi-rígido. Entonces, y es inevitable, un cierto cosquilleo se apoderó de mí. Estaba en el lugar donde quería estar y a punto de conocer las cataratas desde las cataratas mismas.

El primer tramo fue bastante tranquilo. Eso me ayudó a pasar del mejor modo los nervios iniciales. Al rato comenzó lo bueno. El agua iba con gran fuerza, pero estábamos a bordo de un bote que tenía un motor muy potente y permitía incluso ir contra la propia corriente.

El timón lo manejaba Miguel, un verdadero experto en esto. Era impresionante verlo esquivar las enormes piedras. A veces apagaba la máquina y el agua comenzaba a llevarnos, cada vez a mayor velocidad y hacia atrás. De todas formas, la sensación general era de seguridad, al encontrarnos con un verdadero profesional al mando de la pequeña nave.

Durante unos 2 kilómetros, los rápidos nos agregaron el vértigo necesario para terminar con el corazón repleto de tanta adrenalina. La nube blanca que producía la Garganta del Diablo pasó cerca, aunque no tanto como para que representara un peligro.

Salimos de ahí sanos y salvos. Antes de bajar del bote me acerqué más que satisfecho a Miguel y lo felicité por "la maestría y profesionalidad con que condujiste". Entonces me contó que el año pasado en Iguazú se dio vuelta una balsa -creo que brasileña- con el fatal resultado de más de diez personas ahogadas. Atónito, le volví a agradecer, ahora ya no sólo por conducir bien sino además, por contarme esto luego del viaje y no antes.

 




Copyright 2000 - 2007 Aventurarse.com

info@aventurarse.com




Carreras de Aventura por país