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Ascensión al volcán Lanín

Gadi Slomka - Experto Aventurarse

La temperatura en la zona del volcán Lanín durante el verano, suele ser muy agradable. Eso contrasta maravillosamente con la imagen de su cumbre siempre cubierta de hielo y nieve. Por eso, tal vez, esta joven montaña sea una de las más bellas que se pueda encontrar el aventurero o el montañista experto. Ya la había ascendido en una oportunidad, pero esa no resultaba razón suficiente para no volver en busca de más.

El Lanín es maravilloso por sí mi mismo y también por su entorno. Se encuentra rodeado de lagos, todos ellos de origen glacial. El lago Tromen es el más cercano, pero lo circundan otros muy bellos como el Paimún y el Huechulafquen.


Los bosques de Pehuén, con alturas de decenas de metros le agregan magia y atractivo al lugar. El Pehuén es una conífera de gran belleza y que se encuentra zonas de altitud media, hasta los 1500 metros, aproximadamente. Otros bosques característicos por aquí son los de lengas.

Al igual que en la oportunidad anterior, la ascensión la realizamos por la ruta normal, en la Cara Norte. Contábamos con el tiempo necesario y habíamos decidido disfrutar sin prisa la magia del lugar.

Luego de preparar los equipos y hacer trámites en San Martín de los Andes -ciudad cercana a la montaña- partimos rumbo al Parque Nacional Lanín. Comenzamos, entonces, la aproximación hacia el refugio. Pasamos por el lugar donde está el guardaparque y seguimos. Eran las 10 de la mañana.

Hacia el refugio

Comenzamos la senda que nos llevaría hacia el Refugio R.I.M. 26, ubicado a una altura de 2450 metros. Desde allí, prepararíamos el ascenso a la cumbre. Llegamos al arroyo Turbio con el sol sobre nuestras cabezas y una sensación de regocijo por encontrarnos, al fin, haciendo camino al andar, en las proximidades de ese gigante dormido que es el Lanín.

Enganchamos, entonces, la zona del bosquecito con la impactante vista, a la izquierda, del imponente volcán con su perfecta forma cónica. El camino comenzó a empinarse, primero levemente, luego de forma más abrupta. Luego de un rato más de caminata llegamos a la espina de pescado, lo que prácticamente marca el comienzo de la ascensión a través de la ruta normal. Los bastones se enterraban en el suelo terroso y algo pedregoso.

El ascenso nos permitía vislumbrar la belleza del paisaje, los lagos, las otras montañas. La altura del Lanín es notablemente mayor a la de los cerros cercanos. Lo bueno es que, a pesar de su altura, el factor climático no es un escollo demasiado severo.

A medida que subíamos la vegetación que habíamos encontrado más abajo, iba dando lugar a la aridez característica de la montaña, al basalto y a la nieve. Por encima de los 2000 metros, prácticamente la vegetación desaparece.

La marcha era sostenida, pero sin apuro. A nuestro paso se abrían los primeros planchones de nieve. Los bastones que llevábamos alcanzaban para esa parte de la ascensión. Pasado el mediodía, el sol comenzó a despedirse y el día se tornó algo oscuro. No faltaba mucho. Entonces, el viento apareció y se quedó con nosotros hasta el momento de llegar al refugio. El día no prometía demasiado.

Al llegar, nos desembarazamos de nuestras mochilas y nos pusimos a observar el camino que habíamos dejado atrás. En medio de una tarde que amenazaba tormenta de las fuertes, nos sentamos a disfrutar del imponente panorama en la montaña.

El ascenso

El amanecer nos encontró, en el refugio, con un día espléndido. Luego de dar algunas vueltas en las bolsas de dormir, nos preparamos un buen desayuno y nos aprestamos para salir hacia arriba.

La primera parte del ascenso fue por demás tranquila. Sin embargo el cielo nos tenía preparado un menú algo diferente. Al ascender, encontrábamos nieve bastante dura, lo que favorecía y aligeraba nuestra marcha.

Pasamos cerca del refugio del CAJA (Club Andino Junín de los Andes) y enfilamos por un planchón de nieve, algo más arriba. Enseguida, una zona de grietas se abrió a nuestra izquierda, las que evitamos con toda tranquilidad. Ibamos con el equipo necesario y eso era por demás tranquilizador.

Todo marchaba bien y aunque no habíamos salido demasiado temprano del refugio, tendríamos tiempo de llegar a la cumbre y descender con luz natural. Entonces el cielo se oscureció y algunas ráfagas se nos vinieron de golpe. La tormenta estaba con nosotros. La marcha continuó algo más lenta. Al rato, vimos, había pasado lo peor. La luz, para ese momento, ya era escasa. Pero, valía la pena. El horizonte, de colores rojizos, era tan espléndido que nada podía molestar.

Llegamos a la última parte algo cansados. Debíamos cruzar una zona con abundante nieve, la que al estar algo blanda hacía más duro el paso. Por fin llegamos a la cumbre. Durante un lapso no muy prolongado nos dedicamos a disfrutar del paisaje, ya que desde allí se domina el mejor de los panoramas de la región.

Luego iniciamos el descenso, felices y cansados. Por fortuna el cielo siguió apiadándose de nosotros y pudimos llegar al refugio, cuando ya oscurecía. Dejamos el descenso final para el día siguiente.

 




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