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Travesía en la Cordillera Real

Gadi Slomka - Experto Aventurarse

La Cordillera Real es uno de esos lugares donde la posibilidad de combinar belleza paisajística y adrenalina, emerge en cada montaña y a cada momento. Viajar hacia allí, es hacerlo a uno de los más característicos lugares para escalar en América del sur, a la vez que una posibilidad de conocer uno de los países de mayor diversidad en la región, tanto en lo geográfico como en lo étnico.

Así es Bolivia. Desde el altiplano a la selva amazónica, pasando por la húmeda yunga, los salares, los lagos de altura, los glaciares o los valles mesotérmicos: un mosaico de lugares y de gente, de colores e historias.

El grupo Condoriri

En la Cordillera Real me propuse visitar el grupo Condoriri, que cuenta con varias montañas de más de 5000 metros. El acceso es bastante sencillo ya que se encuentra a tan sólo 70 kilómetros de la ciudad de La Paz. Todas sus montañas ofrecen la posibilidad al visitante, tanto de practicar la técnica de la escalada como de hacer caminatas por la zona.

Tranquilos senderos, lagos de altura, pircas de piedra, rebaños de llamas, algún que otro resto arqueológico. Todo esto es frecuente en el paisaje altiplánico. Pero también lo son las empinadas paredes de hielo y las impresionantes grietas que a veces hasta imposibilitan la marcha, o los glaciares de valle y las rimayas que exigen la puesta en juego de todas las técnicas de la escalada en hielo. Además, muchas de las zonas se encuentran todavía en estado semi-virgen, por explorar.

Así, el grupo Condoriri, se ofrece a los ojos como un lugar donde la aventura está asegurada, tanto para el que desea hacer escalada como para se precie, simplemente, de ser un viajero con ganas conocer. Los colores de la montaña, los restos arqueológicos y los pastores de llamas completan una pintura que junta en un sólo marco lo natural y lo cultural, la aventura y la experiencia compartida. Este maravilloso grupo de montañas fue declarado Parque Nacional el 4 de junio de 1942. Pero, antes de llegar el paso obligado es La Paz, la más populosa de las ciudades bolivianas.

Paseo por ciudad de La Paz

Las huellas de un viejo esplendor se respiran en cada calle de esta orgullosa ciudad. La Paz está situada al noroeste de Bolivia, sobre los 3.649 metros. Localizada no muy lejos del lago Titicaca y de lo que fueron los asentamientos de la gran civilización tiwanaku, parece no reconocer el paso del tiempo.

Ciudad de casi 500 años de antigüedad, mezcla a cada paso lo europeo y lo indígena. En las calles, los niños ofrecen hospedaje a los turistas, anuncian viajes a Oruro y otros lugares, corretean. Los mercados funcionan a pleno y los vendedores ambulantes ofrecen especies o artesanías. Los transeúntes saborean hojas de coca con total naturalidad: costumbre añeja y antídoto para la altura, a la vez. Las "cholas" venden hierbas y raíces de todo tipo, hojas de coca, fetos de guanaco disecados, pezufias de corderito y algún que otro objeto extraño que promete poderes sobrenaturales. Los puestos de venta de harina y arroz, de fideos, de cigarrillos y demás vituallas, reinan en una hermandad casi grotesca al ojo foráneo.

Paso obligado para llegar al grupo Condoriri, la ciudad de La Paz es una pintura de época, de lo indígena, lo español, el aymará y el conquistador, la pobreza y los restos que en la memoria y la tradición oral quedan de la gran civilización de Tiwanaku, el gran reino que dominó todo el área circundante al gran lago Titicaca. La ciudad de La Paz es, ni más ni menos, un mosaico de gentes, de tiempos y de costumbres. Desde la ciudad, se divisa la figura esbelta, impresionante, del Cerro Illimani, de 6490 metros, imponente guardián de piedra que recuerda el motivo de la visita: escalar las montañas y visitar la bella zona del grupo Condoriri, en la Cordillera Real.

Trekking en un paraíso boliviano

Luego de buscar información en las oficinas apropiadas -turismo, Club Andino Boliviano- partimos en una 4x4 para emprender la primera parte de la aventura, que es el acercamiento a la montaña. En el camino observamos algunos restos arqueológicos, seguramente de poblaciones aymarás, restos que no parecen tener más que algunos cientos de años. De tanto en tanto, las pircas de piedra semi-desarmadas (viejos corrales en desuso) hablan en silencio de otras épocas algo más prósperas, donde la llama era un bien más preciado y numeroso que en la actualidad.

Luego de algunas horas llegué a la zona elegida, la laguna Tuni Condoriri -4200 metros-, que es el comienzo del camino en la montaña. El lugar: un paradisíaco espejo de agua bordeado a todos lados de montañas de diferentes alturas.

A partir de ahí, y para aclimatar en movimiento, hice un trekking a la laguna Chiarkhota, sobre 4.600 metros, la que permanece congelada durante gran parte del año. El lugar era elegido también, por las gaviotas andinas (Larus serranus) para anidar y preparar así, el lógico reemplazo generacional.

Algo más difícil -y agitada- resultó la interesante travesía a través de las laderas del pico Austria, el único sin hielo en la zona. Resulta una muy adecuada aclimatación para la escalada. Por otra parte, no faltan oportunidades para tomar rutas de cierta complejidad, algunas de las cuales encierran esos peligros a los que la montaña acostumbra, o al menos la poca certeza de saber adónde se llegará y si no habrá que desistir de los intentos de seguir por tal o cual camino.

Finalmente comencé un ascenso a través de las morrenas del glaciar Tarija, de 4.900metros. El objetivo final era llegar a la cumbre del Pequeña Ilusión, de 5350 metros. Con una caminata en zigzag evité los lugares de mayor acumulación rocosa. Al llegar al centro mismo del glaciar debí recurrir a grampones y cuerdas. Así comenzó un ascenso muy agotador, aunque también marcado por la belleza del paisaje blanco del valle. Las grietas se volvían, entonces, las protagonistas de la travesía y le imprimían al ascenso dificultad y adrenalina. La atención no podía perderse en ningún momento.

El desafío: llegar a la cumbre

El mayor desafío que puede emprenderse es el ascenso a alguna de las cumbres de más de 5.000 metros. El cerro Pequeña Ilusión es una de las opciones que exigen del visitante entrenamiento, disposición, concentración y conocimientos técnicos de escalada. Paredes de hielo a veces firmes, a veces inseguras; grietas pequeñas, medianas y muy grandes; zonas empinadas, campamentos en el hielo: una aventura arriesgada bajo uno de los más bellos marcos naturales.

La primera barrera que me impuso esta montaña fue el cruce del glaciar Tarija. Las botas con grampones se hundían en el hielo y la marcha se hizo cada vez más pesada. Las grietas aparecían donde menos se sospechaba. La cordada debió mantener la atención en todo momento. Se necesitó la velocidad mental y la fortaleza física para clavar piqueta y grampones contra el hielo, ante cualquier eventualidad. Algunas grietas eran enormes, de hasta 30 metros de profundidad, y obligaron a virar la marcha. El frío se hacía sentir.

La jornada de ascenso continuó con el cruce del campo de grietas inferior hasta llegar a la zona más empinada de la travesía, donde se divisaban enormes gargantas llenas de estalactitas de hasta dos metros de largo. Luego, la rimaya del glaciar que marca el principio de la escalada técnica. La más delicada etapa comenzó con una pared de hielo de 55 a 60 grados de pendiente. Se sentía entonces, toda la dificultad planteada por la montaña. Por momentos la escalada se complicó aún más, ante la presencia de pasajes con hielo podrido que dificultaban el anclaje.

Sorteados estos obstáculos, llegué a un filo desde donde descubrí que sólo faltaban metros para llegar a la cumbre. La ansiedad invadió corazones y piernas. El cansancio podía esperar. Sólo un poco más. Entonces llegó un tramo de roca descompuesta que debí escalar con las botas y los grampones colocados. Finalmente, la llegada a la cumbre, y ahí sí, todo el paisaje pudo ser atrapado por las retinas. Las fotografías y los abrazos con mi compañera de escalada cerraron la imagen. Era la hora del merecido festejo luego de una jornada de esfuerzo.

Esto es sólo parte de lo que ofrece este paradisíaco grupo de montañas de la Cordillera Real, que tiene además como exponentes al Pequeño Alpamayo (5400metros), Condoriri (5648metros) y Huayna Potosí (6088 metros), entre otros.

En cualquier caso al regreso, esperaban en el campamento el té caliente, el chocolate y un descanso merecidos luego de varias jornadas en la montaña. Quedaba en el cuerpo y en el corazón, una extraña mezcla de satisfacción y cansancio. Regresé a La Paz como había llegado. Entonces: vuelta al mercado, a los vendedores ambulantes, a los transeúntes mascando coca, a los niños correteando. Así es Bolivia.



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