El Portal Latinoamericano de la Aventura y el Turismo

Suscribite
 
Elegí
Aventurarse
como página
de inicio

Agregá
Aventurarse
a tus favoritos

Recomendanos
a un amigo


Expedición Invernal Vallecitos 2002,
parte II
Gabriel Esquivel - Aventurero

Esta vez había realizado una buena preparación física y me dediqué concienzudamente a la aclimatación. Mi primera experiencia en la zona del Cordón del Plata no había sido muy satisfactoria y esta vez había aprendido la lección. Mi compañero de viaje, el local Daniel Estebez, me ayudó mucho a realizar tal aclimatación. Cuando llegamos al centro de esquí en Vallecitos, nos enteramos que había entre 1,50 y 3,00 metros de nieve acumulada, por lo que muchas expediciones debieron desistir de sus travesías. Como Daniel disponía sólo tres días para realizar la expedición y no deseábamos regresar con las manos vacías, decidimos intentar alguna cumbre de algo más de 4000 metros. Comenzamos la travesía, hacia la base de los cerros Sthepaneck y Adolfo Calle. Una vez allí, llegaba el momento de la verdad. (Ver: Expedición Invernal Vallecitos 2002, parte I).

Comenzamos el ascenso por una de las laderas, una rampa con mucha nieve y algunas piedras sobresaliendo en la superficie, con una pendiente de 45° y con nieve hasta las rodillas. Daniel me recordó no sacarme mis antiparras, para evitar una posible ceguera de nieve, pero me vi obligado a hacerlo varias veces porque transpiraba mucho. Seguimos ascendiendo sin dificultad, clavando la piqueta en la nieve para asegurarnos y evitar una caída, dando un paso, clavando fuerte la piqueta, luego otro paso, y así sucesivamente.

Cada perforación que hacía con la piqueta en la nieve, servía para comprobar la profundidad del terreno que estaba transitando y qué cantidad de nieve había, a modo de regular los pasos y mi seguridad. A la media hora de ascender, otra vez tuve problema con mi grampón, el izquierdo, que se había salido de mi bota debido a que pisaba algunas piedras. Paré, me lo ajusté y seguí ascendiendo. Mientras, Daniel observaba mi desempeño en la progresión a través del terreno, a medida que ganaba altura.

Debajo de la nieve había piedras en algunos lugares y con la piqueta debía tantear y conocer la profundidad del terreno para no enterrarme en la nieve blanda que había a esa hora (agua-nieve). El camino se desviaba luego hacia la izquierda de nuestro recorrido y la pendiente que desde su base era de 45° se inclinó a casi 65 grados. A partir de aquí, debimos tomar precauciones, pues una caída representaba un potencial peligro porque caminábamos sobre un terreno delicado. Además, caminábamos sobre nieve blanda en algunos lugares y tuvimos que asegurar nuestra posición clavando varias veces las piquetas.

Daniel que iba unos metros delante de mí, me avisó que debíamos cambiar el itinerario del ascenso a un camino alternativo de nieve y roca, porque la pendiente se había tornado más elevada y, por ende, más peligrosa. Les puedo asegurar que me costó mucho esfuerzo tratar de sentarme en alguna roca para hidratarme, comer algo y sacar alguna foto, por la gran la inclinación del terreno. Era fundamental mantener el equilibrio, la calma y la seguridad. Cada paso que ganaba, debía relajarme, pensar adónde debía pisar para garantizar seguridad. Retomé la marcha, Daniel observaba constantemente mi progreso sobre nieve y me insistía que me pegara a las rocas y piedras y que suba alternando mis pasos en ese lugar; mientras, cuando podía, chequeaba la seguridad de mis grampones.

Hubo momentos críticos… Parecía que me caía, pero las piedras o rocas que había en el camino me salvaron. Después de todo, estábamos transitando el lugar más crítico porque eran los últimos cien metros de ascenso por la pendiente más difícil de ese lugar. Luego de unos minutos más, la pendiente comenzó a tornarse menos peligrosa, para terminar en una planicie (lugar conocido como “la canchita” entre algunos andinistas), que dividía a su derecha la cumbre del Cerro Stephanek (4100 metros de altitud) y a la izquierda la cumbre del cerro Adolfo Calle (4300 metros de altitud).

La emoción de la cumbre

El paisaje alrededor era espectacular, con nieve cubriendo casi todo el lugar y cerros nevados de diferentes alturas. Yo creí que habíamos llegado a la cumbre luego del esfuerzo hecho, pero me desilusioné al saber que no era así. Desde ahí pudimos observar el cerro Rincón, de más de 5000 metros, que tuve ganas de escalarlo pero era imposible por la acumulación de nieve y la falta de tiempo. De todos modos, necesitaba practicar escalada en hielo para ascenderlo en esa época. Aprovechamos para hidratarnos y comer nuestro último bocado antes del ataque final a la cumbre. Daniel me dio a elegir un cerro de los dos, porque por la hora que era (16:00 hs.) estimaba que en dos horas más estaríamos en alguna cumbre. Así fue que miré hacia la derecha, al Stephanek: mucha roca y algo de nieve. Para hacer cumbre debíamos emplear la técnica de escalada libre y era muy arriesgado porque la escalada significaba correr riesgos de un posible accidente. Así fue que opté porque hagamos cumbre en el cerro Adolfo Calle, que estaba cubierto de nieve hasta donde podía ver.

Pensé que más vale conocido que por conocer, en alusión a que confiaba más seguir ascendiendo por nieve que una técnica mixta entre escalada libre y ascenso sobre nieve. Comenzamos a ascender por el tramo final hacia la cumbre del cerro Adolfo Calle. Daniel, adelante, marcando la ruta, sin síntomas de cansancio por lo que pude apreciar y mirando mi evolución en el terreno por algún posible síntoma de cansancio por la pendiente que volvió a tener una inclinación de 65° en la pared final que nos llevaba a la cumbre.

A partir de que empezamos a subir hasta muy pocos metros de la cumbre, cada paso que daba era quedar casi con medio cuerpo enterrado en la nieve. Cuando estaba a cien metros de la cumbre, comencé a sentir cansancio. Las cadencias de mis pasos en la progresión más lentas. No sentía cansancio físico. Mi cansancio era de tanto ascender y no llegar a la cumbre. El tiempo pasaba y la hora no llegaba. No sentí ningún efecto conocido del mal de altura que haya afectado mi organismo, por lo que estaba tranquilo en mi último esfuerzo, salvo porque el aire no era el mismo.

Enseguida hice un rápido autochequeo. No sufría de vértigo, náuseas, fatiga, ataxia (falta de coordinación), disnea (dificultad respiratoria), por citar algunos efectos del mal de altura. Daniel se había adelantado mucho y luego lo perdí de vista. Lo llamé un par de veces, pero no me escuchó. En la aproximación final hice una estimación que faltarían unos cincuenta metros para la cumbre, cuando Daniel me gritó desde arriba que me quedaba poco. Mi compañero se acercó un poco más y me orientaba: -seguí por ahí -, -dale que ya falta menos -, -dale que detrás de esa roca está la cumbre - y así me alentaba.

Los últimos treinta metros, tuve que hacer escalada libre por una rocas. Debía agarrarme bien en alguna presa de las rocas, para asegurar mi estabilidad y dar el próximo paso. Si caía, iba directo a la pendiente de 65° por la que venía ascendiendo y caería en la planicie, 200 metros más abajo. Así fue que crucé eso. Luego, caminando sobre unas piedras, por fin se “hizo la cumbre”. Debía cruzar con cuidado, porque de un lado había un precipicio de 1000 metros de profundidad, un lugar virgen y no explorado por el hombre y del otro lado estaba la pendiente por donde ascendí. Di unos saltos y… ¡Al fin hice cumbre!

Daniel miró el reloj y dijo: - Gaby, son las 18:00 hs.- Es cierto… dijo que en dos horas estaríamos en la cumbre y el reloj no mintió. Nos abrazamos en la pequeña cumbre llena de nieve. Le agradecí a Daniel por guiarme y llamamos por teléfono celular a nuestros familiares. Enseguida, Dani sacó de su mochila lo mejor que me pudo pasar en ese momento especial: “La Bandera Argentina”. No sólo nos sacamos fotos con la bandera, sino que a mí particularmente esa situación me puso “re-loco”. Sacamos el testimonio de la última expedición que hizo cumbre (un papel escrito, guardado dentro de una botella conteniendo los siguientes datos: Grupo A.L.U.M. - Aficionados de Luján, Mendoza. -Fecha: 12/05/2002 -Tiempo: bueno, con leve brisa del oeste - Integrantes: Lucrecia Caligiore, Daniel Giovarruzio, Oscar Saá, Carlos Díaz y Antonio Crozetta. A continuación tomamos un chocolate bien caliente que teníamos en un termo y enseguida comenzamos nuestro descenso.

Solo y de noche

Bajamos con mucho cuidado hacia la planicie y con las piquetas preparadas, debido a que, como a esa hora no había sol, la nieve se estaba endureciendo. Una vez que llegamos a la planicie, contemplé por última vez el paisaje del lugar. Eran las 19:00 hs. y casi de noche. Prendimos nuestras linternas frontales y con mucha precaución comenzamos a bajar por el mismo lugar. Daniel me indicó que la bajada la haríamos por un camino diferente al de ascenso, por un desfiladero de piedras sobre la nieve dura. Nuestro descenso fue con mucha precaución y enseguida se me presentó otro problema. Me fallaron las pilas de mi linterna frontal (por el frío que me consumió las baterías y porque eran pilas económicas en precio, algo que la pagué caro en ese lugar). Las cambié por otras nuevas y sucedió lo mismo, así que tuve que bajar a oscuras, guiándome sólo por la luz de la linterna de Daniel que iba adelante.

Seguí descendiendo a oscuras, tuve dos caídas pero puede asegurarme con la piqueta. Pasaba el tiempo y no veía que nos aproximáramos a la base del lugar, pero era cuestión de seguir bajando con cuidado. En el último tramo del descenso me guió Daniel desde abajo, a quien le había dicho que estaba sin pilas. Yo le preguntaba gritando por dónde debía bajar y él me guiaba… hasta que por fin llegué a la base del lugar.

Eran las casi las 21:00 hs. y habíamos cumplimentado con el itinerario: “Campamento Las Veguitas - Base del cerro X - Cumbre en el cerro X - Base del cerro X”… Y faltaba el regreso al campamento Las Veguitas. Daniel me gritó que siga caminando por un filo de nieve dura que estaba paralelo a la base del cerro y que lo siguiera. Cada tanto me alumbraba con su linterna porque no se veía nada. Después, éste se alejó y desapareció. Lo llamé y nada. Me alteré un poco, pero me tranquilicé al ver la luz de la linterna a unos 300 metros hacia adelante.

Seguí caminando con mucho frío, sin agua, sin luz y con hambre. De noche apenas podía ver el camino y a lo lejos veía el reflejo de las luces del Centro de Esquí Vallecitos, lo que me permitió saber que iba por el camino correcto. Tenía en línea directa al Centro de Esquí y en medio el sitio de acampe “Las Veguitas”, siempre mirando desde la altura. Para llegar al campamento, tuve que cruzar con mucho cuidado por terrenos que conocía poco o que no conocía. Debía guiarme por mi instinto y así lo hice. Había lugares que conocía de la expedición anterior, pero de día y sin nieve. Fui encontrando huellas de grampones, que estimé pertenecían en su mayoría a una expedición que cruzamos cuando íbamos en dirección al primer campamento. Me guié como pude y al final evité pasar por un camino que me llevaba directo a un arroyo que conocía y que estaría congelado, con el consecuente peligro de transitarlo, según mi estimación, y eligiendo otro camino llegué al campamento con mucho frío a pesar de estar bien abrigado, con hambre, sed y con ganas de llegar a la carpa.

Eran las 22:30 hs. y me tiré dentro de la carpa. No me saqué ni los grampones ni las botas. Cansado, lo miré a Daniel y le dije: -Me dejaste solo- Enseguida nos reímos y aquí debo contar que antes de salir a intentar hacer cumbre, acordamos que en el último tramo necesitaba pasar la prueba de quedar solo. Así fue que mi compañero y guía de expedición -a pesar de ser dos integrantes- me dejó solo casi las dos últimas horas, en la oscuridad, en medio de ese clima, para ver cómo reaccionaba. Me dijo: -Necesitaba saber cómo te guiarías de noche con tu instinto, sin elementos artificiales de ayuda-.

Estaba claro que él, buen conocedor del lugar, no me dejó librado al azar en un lugar que represente algún tipo de peligro. Luego cenamos algo caliente para recuperar energías y nos dormimos. Pensamos en hacer cumbre en otro cerro al día siguiente, pero nos despertamos al mediodía y prepararnos para una nueva cumbre nos llevaría una hora más. Pensamos hacer el Cerro San Bernardo, de más de 4000 metros de altitud y menor dificultad técnica. Pero, según las estimaciones de Daniel, no llegaríamos y de hacerlo y llegar a la madrugada del día lunes, el comprometía su tiempo de entrenamiento para una carrera de montaña venidera.

El final

El 14 por la tarde descendimos al Centro de Esquí, con un poco de dificultad por la nieve medio dura. Allí nos encontramos con Pablo, Gustavo y Fernando, quienes habían hecho cumbre en el Cerro San Bernardo. El lunes 15 nos vino a buscar el “Gringo” Stafolari con su combi. Cargamos los equipos y regresamos a Mendoza, cansados y contentos de haber cumplido con el objetivo.

Dedicatoria: Esta cumbre se las dediqué a mi madre Zulma y a mis abuelos maternos, Clara y Pedro Esquivel. Cumplí con ellos.

 

Nota:
e-mail: explorer_hiker@hotmail.com

 

 



Copyright 2000 - 2007 Aventurarse.com

info@aventurarse.com




Carreras de Aventura por país