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Expedición Cordón del Plata 2002,
parte III
Gabriel Esquivel - Aventurero

"Los últimos 50 metros del camino fueron el cruce por un estrecho paso de 20 metros de largo por 30 centímetros de ancho, al pie de la base de piedra del campamento. Para cruzar, debí usar como soporte mis manos para agarrarme de alguna piedra segura, y evitar caer a un precipicio de mas de 20 metros de profundidad, con una inclinación de unos 40°. Para ello, me desajusté la mochila antes de cruzar por ese lugar. Si caía, trataría de no caer con la mochila. Por suerte no ocurrió nada malo. Me costó pasar. Un rato antes había nevado, por lo que el piso y la pared estaban húmedos."

La cita anterior es parte del relato de mi aventura en el Cordón del Plata, Mendoza (Argentina), donde tuve la oportunidad de vivir momentos espectaculares y más de una complicación también. Ya les conté, en dos notas (ver: Expedición Cordón del Plata 2002, parte I y parte II), buena parte de esos momentos. Llega el turno de contarles el resto, las últimas experiencias en ese hermoso lugar de la Cordillera andina. Por lo pronto, les recuerdo que al final de la segunda parte de este informe, y tal como lo menciono en la cita que abre esta nota, me encontraba realizando un duro esfuerzo para llegar al campamento El Salto, donde mi grupo me esperaba. No era nada sencilla la cuestión, ya que cargaba demasiado peso en mi mochila y, aún sin saberlo, la gripe comenzaba a hacer estragos en mi cuerpo. El camino que seguí era ascendente y en forma de caracol. En ese momento apareció Christian, cuando ya me faltaban los veinte metros finales, dándome ánimo. Me dijo: -¡Dale Gaby, te quedan 10 minutos!-. Allí, el camino significaba dar un paso y hundirse, así que a los ponchazos llegué. Primero vi un mástil y una banderín flameando a los cuatro costados. Luego, unos pasos más adelante: ¡El campamento!

No lo pude creer. Estaba ahí, después de todo el esfuerzo. Para mí fue un logro. Quizás para muchos no sea algo significativo, pero hay que llegar hasta ahí con semejante resfrío y luego de haber sufrido de chico una pulmonía. Después de todo, cumplí con una promesa y anoté en mi currículum la altitud: 4200 metros. El lugar era un pequeño llano o base, cubierto de nieve, con algunas carpas, donde estaban ambos Christian, Victoria, Gastón, Pablo y Juan.

Sólo atiné a levantar mis brazos y gritar. Todos contentos: -Bueno, era hora, ¿no? -me dijeron. Dejé mi mochila bajo un plástico lleno de nieve y fui a la carpa de Gastón y Pablo, donde preparamos lo que habíamos acordado en el campamento anterior: una buena cena con longaniza, queso, mortadela y pan. A esa altura el hambre llamaba a nuestros estómagos. ¡Qué mezcla de fiambres! Yo, que me sentía mal, hacía lo imposible por pasarla bien. Pero a la hora, tuve que salir de la carpa por náuseas y creo que era entendible. No podía comer mucho de golpe luego del esfuerzo hecho. Después nos acostamos, Gastón sacó la armónica y se puso a tocar todo tipo de música. Le dedicamos algunos temas a Christian I, en referencia al lenguaje que usaba. Luego nos dormimos.

El mal de altura

Al día siguiente nos levantamos y me querían matar, porque ronqué toda la noche. Mi cabeza daba vueltas. Estaba afectado por la altura pero, en realidad, el resfrío fue lo que descompensó mi salud y aceleró el efecto de la altura. No se lo deseo a nadie. Esto no es una justificación, pero mi dolor de cabeza era intenso y me sentía incómodo (efectos propios del mal de altura, jaquecas, inestabilidad, desorientación, entre otros). Me sentía raro y en realidad no tenía pleno control de mi mismo, pero sabía lo que debía hacer. En muchas ocasiones, andinistas que sufrieron esta afección de la altura perdieron el rumbo de su camino y tuvieron que ser socorridos por sus compañeros. Por eso es muy importante que el equipo de andinistas, antes de hacer un ascenso, deje en claro los objetivos a seguir y tome conciencia que estar abajo no es lo mismo que estar arriba.

Las cosas cambian y lo digo por experiencia. El equipo tiene que andar bien no sólo en un campamento base sino, más bien, arriba de la montaña. Si suben varios y uno padece de edema cerebral, pulmonar u otro percance, debe quedarse sí o sí con uno del equipo. La misión de éste será guiar y cuidar de a compañero y, en lo posible, bajar urgente al enfermo para que se restablezca. Volviendo al campamento, desayunamos y me fui a hacer un reconocimiento del lugar pero me fue imposible por mi estado de salud. Me asomé por el mismo lugar donde antes mis compañeros me hacían señas para que deje peso y vi que mi mochila no estaba muy lejos. Al rato, por el mismo lugar, vi un grupo de andinistas y, por la forma de caminar, me di cuenta de que eran los ingleses que conocí en Piedra Grande.

Después de eso volví a las carpas donde nos tomamos unos buenos mates, con chocolates y un poco de cereales en barra. Entonces, apareció Christian II con su mochila y la mía. ¡No lo pude creer! Me había salvado de ir a buscarla. Obvio que la bienvenida que tuvo fue de las mejores, sobre todo la mía. Al mediodía almorzamos, contamos cuentos y todos hacían esfuerzos para que me sienta mejor, pero era en vano. Me sugerían que tome una aspirina, que me acueste para ver si lograba sentirme mejor. Por la tarde nos juntamos, siete en una en una carpa para dos personas, a jugar a las cartas. ¡Pobre carpa! Después de un par de horas me fui a acostar.

A partir de ese momento todos estuvieron muy pero muy atentos a mi salud. Me tomé un sobre de aspirina C, un descongestivo que me hizo sentir bien por un par de horas. Hasta "me quería ascender todo", pero era una falsa alarma y a las tres horas volví a mi estado gripal. Empezamos a hacernos bromas entre todos, acordamos ir al otro día a hacer una práctica sobre el hielo, con piquetas y grampones, y todos me dieron ánimo pero no podía ser. Llegó la noche, me prepararon la cena, que consistió en unos fideos con queso y té caliente. Luego apareció Christian II para dormir en mi carpa, y trajo té caliente y agua para la noche.

No me puedo quejar. Todos se portaron muy bien conmigo. Es más, yo sentía, en parte, que era una molestia para ellos, porque un error inconsciente mío los obligaba a perder su tiempo, además de un año da ahorros para ir a ese lugar, entrenamiento físico, etc. Mi sueño por la noche se vio interrumpido varias veces y me costaba dormir, algo propio del efecto de la altura. Varias veces me levanté a tomar agua y té, porque la sed que tenía era terrible. A veces sentía que me quería ir cuanto antes de la carpa o del lugar.

Cuarto trayecto: descenso al campamento "Piedra Grande"

Al día siguiente, en el desayuno, yo no tenía ganas de comer ni de tomar nada. Por el frío tuve que tomar algo caliente, mientras mi grupo estaba preparando el equipo para hacer prácticas en el hielo. Por lo tanto, decidí bajar al campamento anterior. Desarmé la carpa y preparé mi mochila para el descenso. No tenía ganas y mis movimientos eran limitados. No podía moverme con soltura. Pero no me aguantaba más estar ahí y no había otra opción que bajar ese día y cuanto antes. Una vez armado todo el equipo, le pedí a Christian II que porteara mi mochila hasta El Infiernillo porque no podía hacerlo solo.

Me despedí de todos. Fue muy triste para mí ver a mis compañeros equipados para ir al hielo, con piquetas, grampones, anteojos para sol y polainas, mientras yo tenía que bajar. Fue muy feo también haber desperdiciado un año de esfuerzo mío. Llegamos hasta El Infiernillo, me coloqué la mochila y le agradecí la gauchada a Christian II. La verdad que este flaco era de fierro. Lo conocí pocos días antes y ya sabía que era un fenómeno. Se subía todo y aparte de subirme el equipo que había dejado antes en El Infiernillo, me ayudó a bajar a mí. Nos despedimos y comencé a descender por el mismo trayecto de ida que subí cuando fui al campamento. Me costaba bajar por mi inestable salud. Soplaba viento, paraba, volvía a soplar, salía el sol.

Así hice todo mi camino y así volví por el mismo camino por el que había ascendido. Pensaba que estaba cerca y a pesar de bajar rápido estaba lejos del campamento. A medida que bajaba, trataba ver si por el descenso lograba sentirme mejor. Al fin llegué y me quedé todo el día en el campamento Piedra Grande. Iba a buscar agua, volvía a la carpa: pero me sentía igual. No daba más de cansancio. Allí había un dinamarqués. Le conté que no me sentía bien, que el resfrío o gripe me estaba matando. Luego, armé mi carpa como pude y me cociné una sopa de fideos con la que lo invité.

Nos quedamos hablando mucho tiempo. Entre otras cosas me contó que su amigo estaba haciendo cumbre en el Cerro Plata y que él lo estaba esperando. Así transcurrió el día hasta que por la tarde llegaron del Campamento Las Veguitas tres andinistas más, dos mendocinos y un santafesino. Nos saludamos y al rato uno se acercó a comprarme alguna carga de gas propano-butano (gas para utilizarse en la alta montaña) para cocinar. Le dije que la plata no me interesaba pero le sugerí hacer un trueque de una garrafa por un paquete de fideos y uno de arroz. Quedamos de acuerdo y me invitaron a cenar por la noche. ¡Qué caraduras! No me pareció mala gente, pero me invitaron con un plato de sopa (muy poca, por cierto) y dos fetas de salamín con pan. No era un preso común, pero al cenar eso me pareció estar bajo tratamiento carcelario. Después me fui a dormir. Al día siguiente, me levanté temprano y desayuné, obligado por la necesidad de alimentarme, no porque tuviera ganas, sino para estar nutrido.

La decisión correcta

Mi vecino, el dinamarqués, armó su carpa esperando a su amigo que de un momento a otro regresaría de hacer cumbre en el cerro Plata. Mas allá estaban mis otros vecinos, los mendocinos y el santafesino, a quienes, después que desarmaron sus cosas y prepararon sus mochilas, les di una nota firmada para que se la alcanzaran a Christian, donde le pedía que les entregaran otras tres cargas de gas butano que había dejado en el campamento El Salto, ya que no les servían a mis compañeros porque que tenían otro tipo de cargas para sus calentadores. Como era viernes y mis tres nuevos vecinos bajarían al día siguiente desde El Salto (donde se reunirían con mis amigos) me ofrecieron bajar parte del equipo que yo había dejado arriba, para facilitarme la tarea y así, en lugar de quedarme esperando, bajar al campamento base "Vallecitos" con ellos. En ese campamento, además, ellos tenían su auto estacionado y me llevarían a la ciudad de Mendoza. Nos despedimos y me quedé en mi carpa. A esa altura no tenía muchas ganas de caminar. Era un error. Afectado por el mal de altura, debía caminar, moverme un poco. Pero debido a mi estado, no me daba cuenta y me fui a dormir a la carpa.

A las dos horas estimo, escuché voces. -Gabriel, ¿estás bien?- me preguntó alguien. Estaba bajando el grupo de andinistas españoles de hacer cumbre en un cerro y el primero que llegó y preguntó cómo estaba era Juan Gabriel. Muy respetuosos, a medida que llegaban, uno le decía al otro que hablen despacio que yo estaba acostado y sabían que no estaba bien. En el campamento El Salto, mis compañeros les habían contado de mí. Se preocuparon mucho. Cristina, las esposa de Juan Muñoz, me preguntó cómo estaba. Le expliqué un poco de síntomas. Me ofrecieron bajar con ellos en ese momento. -Gracias pero voy a esperar a mi equipo-, les dije.

Entonces, Cristina se me acercó y me miró. -Sentate y mirame fijo-, me dijo. Luego, asustada, agregó: -Tenés edema periférico.

Me instó a salir urgente de la carpa y me dijo que no hiciera ningún esfuerzo. En dos minutos me desarmaron la carpa, me armaron la mochila y emprendimos el viaje de vuelta a Vallecitos, donde los esperaba el vehículo que nos llevaría de vuelta a Mendoza.

Quinto trayecto: descenso a Las Veguitas y Vallecitos

Bajamos hacia Las Veguitas por otro camino, diferente al que había usado en el ascenso. En el trayecto se preocuparon mucho por mí. Continuamente observaban mi evolución y progreso. A medida que bajábamos, le preguntaba a uno de los españoles la altitud que marcaba el barómetro de su reloj, para ver si mi salud o, mi dolor de cabeza, mejoraba. Sinceramente, si bien dejaba atrás la posibilidad de hacer cumbre, sentía la tranquilidad de estar cuidado por gente que, aunque hacia pocos días conocía, me estaba protegiendo de una manera que nunca esperé. Llegamos hasta el campamento "Las Veguitas" y almorzamos sándwiches con todo tipo de fiambres. El que me gustó especialmente fue el de queso de cabra, que habían traído desde España. ¡Sí que tenia apetito! Terminamos nuestro mini almuerzo con descanso incluido y continuamos el descenso a Vallecitos.

A medida que progresábamos, me iba sintiendo más cansado. Bajar también me producía molestias, sobre todo en un momento mientras bordeábamos un arroyo. Después cruzamos otro. Una vez en la otra orilla, uno de los españoles que se había adelantado con el propósito de dejar su mochila en la camioneta, bajó corriendo a cargar la mía. La última parte del camino consistió en ascender una pendiente suave y luego bajar de nuevo doblando hacia la izquierda, donde estaba Vallecitos. Llegué sin peso, caminando con mis bastones de trekking. Finalmente, me senté en la camioneta que nos esperaba para ir a Mendoza.

Terminaron de subir los equipos a la camioneta y comenzó el viaje a la ciudad. A medida que bajábamos, el dolor de cabeza y mi malestar disminuían. Me sentía contento. Llegamos a la ciudad y me dejaron en un hospital de Mendoza para chequear mi estado de salud. Bajaron mi mochila y hasta que el médico no me atendió no se fueron. Aproveché para despedirme de todos y para agradecerles la hospitalidad. En el hospital me atendió el médico de turno y me dijo que en líneas generales estaba bien, aunque un poco resfriado. Me sugirió que descansara por unos días y que no hiciera ningún esfuerzo.

Entonces, me fui hasta el Centro, saqué unos pesos del cajero automático, llamé por teléfono a mi familia para avisarles que estaba bien, chequeé mi e-mails en internet y me fui a hospedar por tres días a un hotel con música funcional, baño privado y TV-Cable. Me duché. Quedé como nuevo. No podía creer que estaba allí. Al rato de estar en el hotel me fui a caminar un rato y a comer una buena pizza de jamón y queso en la peatonal. Casualmente, pasó caminando un amigo mendocino al que invité con algo de comer. Cumplidos mis días en Mendoza, volví a Buenos Aires. Al llegar, fui a visitar a mis compañeros del muro de escalada "Tierra Sur", en Munro, y aproveché a pasar mis últimos días de vacaciones en mi casa.

Todos los días aprendemos algo

Quienes estamos abocados a este deporte, siempre que tenemos una oportunidad nos damos una escapada a ascender alguna cumbre y siempre nos rodeamos de gente apasionada por lo que hace. He conocido andinistas extranjeros con su cultura y educación deportiva y también muchos argentinos, de quienes aprendí muchas cosas sobre el montañismo. ¿Qué quiero decir con esto? En mi caso, haber estado en un lugar que es parte de la Cordillera de los Andes me permitió conocer montañistas mendocinos, y qué mejor que aprender de ellos y de otros de diferentes latitudes argentinas. Por eso, a ellos les tengo un gran respeto y admiración, pues, según se dice en círculos íntimos de este ambiente deportivo, por el lugar donde viven, por las características naturales de las montañas y el clima, se forman y son los mejores andinistas de la Argentina.

En este viaje he conocido gente de ese lugar. De ellos he aprendido, escuchado en silencio y con humildad. Me acuerdo que un día, hablando con un grupo de mendocinos que iban a hacer cumbre al Cerro Plata, uno de ellos me dijo: "abajo, en la ciudad, nos mandan (por poder un hombre manda a otro), pero aquí arriba la que manda es la naturaleza. Acá estamos supeditados al lugar". Y agregó, "este es un clima hostil y hay que andar con cuidado, siempre y en todo lugar". Esa frase me quedará grabada el resto de mis días.

Para finalizar quiero decirles que muchas veces los andinistas o montañistas no somos comprendidos por la sociedad, respecto a la aventura y riesgo que corremos. He escuchado también que buscamos en la montaña lo que no podemos, en parte, resolver en nuestras vidas. Entonces, según dicha tesis, hacer montañismo es un cable a tierra. Yo, particularmente, no me siento identificado ni menos ofendido por esas afirmaciones sin fundamento. En mi caso, quise ser paracaidista como mi primo, pero francamente no pude afrontar los gastos económicos que ese deporte demanda. Pero, como las cosas no se dan por un lado y se dan por otro, un día me invitaron a ir de mochilero a Sierra de la Ventana y terminé haciendo un ascenso en el Cerro Tres Picos. Después me recorrí casi toda la Argentina y ahora estoy haciendo mis primeros pasos en el andinismo.

 

Nota:
e-mail: explorer_hiker@hotmail.com

 

 



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