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Expedición Cordón del Plata 2002,
parte II
Gabriel Esquivel - Aventurero

Al final de la primera parte de este pormenorizado relato que recorre mis vivencias en el Cordón del Plata, descendíamos tras haber porteado alimentos a lo que sería nuestro futuro campamento, denominado "Piedra Grande", a unos 3500 metros (Ver: Expedición Cordón del Plata 2002, parte I). Tras el mencionado descenso, cenamos y nos acostamos temprano para levantarnos temprano y partir al Campamento visitado unas horas antes. En la mañana siguiente, nos levantamos a las 7:00 de la mañana. En realidad, habíamos acordado en levantarnos a las 6:00 y salir una hora después, para encontrarnos con Christian y Alex y "hacer" algún cerro. Desarmamos las carpas, depositamos la basura en bolsitas, juntamos nuestras cosas y armamos nuestras mochilas; igual, mi bulto pesaba mucho. El día no sólo estaba nublado, sino que en realidad nosotros estábamos en medio de las nubes. Recogimos agua y antes de partir, el señor Cuñietti, el padre de la familia mendocina que conocimos el día anterior, se acercó con uno de sus hijos a saludarnos y tomar una foto, con la promesa de mandárnosla por e-mail. Aún la estoy esperando.

De más está contarles el trayecto al próximo campamento, que habíamos hecho el día anterior. La diferencia esta vez fue que el día resultó nublado. Mis compañeros de expedición iban adelante, yo detrás de ellos, debido al peso que acarreaba y que en el trayecto me obligó a parar varias veces. Por un error de orientación, me desvié hacia la izquierda a mitad del camino, llegando a caminar en un terreno con muchas piedras. De acuerdo a mi memoria, el trayecto del día anterior no coincidía con ese camino. A lo lejos, vi la silueta de alguien: era Christian II. Más tarde me contó que no sabía que era yo quien estaba llegando. Estaba ascendiendo por el camino equivocado, orientándome como podía por los cerros y sus acarreos (que me eran familiares), y aunque estaba lejos, sabía cuál era el lugar por donde debía seguir mi camino. Opté, entonces, por corregir el rumbo de mi camino y doblé un poco hacia la derecha. El único elemento de orientación que llevaba era mi brújula, pero sólo la consultaba por la curiosidad de saber dónde estaba el norte magnético.

Apenas llegué, vi que Christian y Victoria tenían su carpa armada al lado de una gran piedra: la famosa "Piedra Grande". Pensando, dije: "este Christian no es tonto, se buscó el mejor lugar". Bueno, después de todo llegaron primero y tuvieron la oportunidad de elegir. Muy cerca estaba la carpa de Alex. Aproveché para armar la mía a lado de la suya y de paso me dije que era una buena posibilidad para estar en comunicación mutua con el "Ruso" para intercambiar información, experiencias, etcétera. No pasó mucho tiempo desde mi llegada al lugar (eran como las 2:00 de la tarde) cuando Alex, ambos Christian y Victoria me dijeron que vaya con ellos, pues iban a ascender el cerro Stephanek, de 4200 msnm. Yo estaba cansado y sin almorzar. Así y todo decidí ir con ellos.

Líquido divino

Lo primero que hicimos con Alex, antes de partir, fue ir a buscar agua. Este campamento tiene la incomodidad que para conseguir agua es necesario ir un punto lejano del mismo, unos doscientos metros, cuesta abajo. Teníamos que turnarnos de a dos con todos los termos, botellas de plástico y otros envases disponibles. Generalmente, íbamos en grupo de dos a buscar agua, dos o tres veces al día, que luego usábamos para calentar las comidas, para el mate, el té y para la hidratación. Para obtener el tan preciado líquido, bajábamos del campamento por un camino bordeado de piedras grandes y algo de vegetación y a veces teníamos la oportuna visita de algunos guanacos y, de vez en cuando, algún zorrito o liebre.

Debajo de los acarreos localizados enfrente del campamento, hay un glaciar milenario. Por la geografía del lugar, débiles arroyos de agua fluían allí y debíamos, entonces, encontrar algún surco de agua rentable. De esa manera, con Alex encontramos un lugar que nos permitía juntarla con comodidad. Este ruso era alguien de gran capacidad intelectual y muy despierto. Buscamos una y otra forma para recoger agua, hasta que su genio pudo crear un sistemita de contención y recuperación. Así fue que no sólo nosotros sino muchos andinistas juntaron agua de ahí. Con esto no estoy sobreestimando la inventiva del ruso, pero se hizo famoso entre los locales, los españoles, los ingleses, los dinamarqueses y otros andinistas que daban vuelta por ahí. Para identificar el lugar cada vez que volvíamos, construimos dos pircas grandes.

En una de las idas para buscar agua hablé con un par de ingleses que pertenecían a una expedición de quince personas. Eran personas cerradas, un poco reacios a comunicarse con alguien que recién conocen. Pero, al final, intercambiamos un poco de información sobre el lugar y aproveché, de paso, para publicitar nuestra Patagonia. Les conté que había estado en el Glaciar Perito Moreno, El Calafate, El Chaltén, Fitz Roy y otros lugares; y que todos ellos son sencillamente espectaculares, imperdibles. Les sugería, entonces, que si se presentaba la oportunidad fueran a esos lugares visitados por un gran segmento de extranjeros, en su mayoría estadounidenses, canadienses, japoneses, ingleses y otros europeos.

Nuevos amigos

Tras la vuelta al campamento, partimos todos hacia el Cerro Stephanek. Cruzamos en perpendicular al campamento, unos acarreos de piedras. Piedras y más piedras. Uno daba un paso y bajaba dos. El asunto se me hizo complicado, porque estaba muy cansado y no había comido nada desde las 7:00 de la mañana. Por eso, a mitad del recorrido abandoné. Llegué hasta la mitad del cerro, donde sobresalía un peñasco muy grande. Allí, hice señas al grupo de que abandonaba. Ellos me esperaron unos veinte minutos para ver si seguía, pero como no llegaba continuaron.

Vuelta al campamento. Alrededor de las 16:00, divisé a lo lejos un grupo de andinistas que venía en dirección al campamento. El primero que llego y saludó amistosamente fue Mariano Muñoz, un español de Segovia, que venía con su familia y amigos españoles a hacer cumbre en el cerro Plata. Luego de saludarnos con casi todos ellos, me contarían que venían al Cordón del Plata a hacer la aclimatación, para ir luego al Aconcagua y que la expedición que estaban llevando a cabo y parte de sus equipos eran, en parte, subvencionados por una empresa de sanitarios de su país.

Del grupo conocí a: Mariano, Juan, Juan -hijo-, Angel Gabriel, Cristina (esposa de Juan, mendocina que está viviendo en España). Había entre ellos un cordobés que vivía en España e Italia, de quien eran amigos y estaba con ellos para acompañarlos. El día estaba nublado y un poco fresco. Poco a poco iban llegando y se iban instalaban con sus carpas. A las 19:00 divisé a mis compañeros que venían bajando del cerro Stephanek. Bajaron como aviones, sobre todo Christian II y Alex. Los esperé con un té bien caliente, porque estaban cansados. Luego invitamos a nuestros nuevos amigos andinistas a tomar mate. "La casa invita", les dijimos. Menos Juan, todos aceptaron.

Pude observar que esta gente tenía años de experiencia en montañismo, escalada, ascensiones, etcétera. En su España natal, los Pirineos era como su casa. La altura en la que estábamos, en fin, no les afectaba. Allí nos contaron que querían hacer cumbre en el Cerro Plata (6000 msnm) para ir luego al Aconcagua.

Llegó la noche, y con ella la cena y también el frío. Con la temperatura marcando casi 0 °C nos fuimos a dormir. Al otro día, por la mañana, llegaron dos andinistas más. Eran Gastón y Pablo, de Tortuguitas, provincia de Buenos Aires. Al mediodía siguiente los invitamos a almorzar con nosotros para entrar en confianza. Después de todo, parecían ser muy sociables. Hablamos casi todo el día, intercambiamos información técnica de nuestros viajes, de materiales que llevábamos con nosotros, de cuál y cómo sería nuestro próximo trayecto a otro campamento. Mientras tanto, nos turnábamos para ir a buscar agua. Por la tarde, aparte de subir a la famosa Piedra Grande a descansar un rato, sacamos fotos del paisaje y de los guanacos, liebres y zorros que habitan esa zona.

El pronóstico

Alrededor de las 3:00 de la tarde subimos por el acarreo que teníamos próximo a nuestro campamento con Christian, Victoria, Gastón y Pablo. Llegamos, con dificultad, hasta la mitad del mismo, a unos 3700 o 3800 metros. Luego bajamos. Gastón y Pablo llegaron hasta arriba y, por lo que sé, llegaron más alto que nosotros y volvieron como a las 7:00 de la tarde y con mucho frío. Otra vez se hizo de noche. Otra vez la cena y el frío. Nos fuimos a acostar a las 12:00 de la noche. Habíamos acordado que al día siguiente ascenderíamos al campamento "El Salto", a 4.200 msnm con todo el equipo y los alimentos, en un sólo viaje para no desgastarnos físicamente.

Y así se cumplió el plan. Me desperté temprano, alrededor de las 8:00 de la mañana, y escuché voces y relinchos de caballos. Me asomé fuera de mi carpa y vi a dos militares del Ejército con varias mulas en medio de una niebla, que no sólo abarcaba toda la zona donde acampábamos sino que, además, no se veía nada a más de cinco metros. Los saludé con el clásico "hola, buen día" y les pregunté sobre el clima. Me dijeron que el mismo iba mantenerse así por tres o cuatro días más. Me pregunté a la vez -¿nos vamos a tener que quedar mas días aquí?-.

Algunos estaban apurados por ascender al siguiente campamento, pero no era ese mi pensamiento y no era esa mi decisión personal. Se consideró la posibilidad de portear alimentos en medio de ese clima, pero tomando precauciones, idea que después no prosperó. Por la mañana el día aclaró, el sol iluminó de nuevo, el calor empezó a hacerse sentir, aunque les resulte raro esto. Decidimos preparar el equipo, acordando previamente que almorzaríamos a las 13:00 y luego subiríamos con Pablo y Gastón, conformando un equipo de cinco integrantes.

Primero salieron los españoles, despidiéndose de nosotros con fotos y abrazos. La verdad, es destacable decir que nunca he conocido españoles tan simpáticos y amigables. Hemos hablado con ellos de muchas cosas. Tuvimos, claro, muchas charlas sobre andinismo, pero, en síntesis, pasamos dos días con gente con la que da gusto estar.

Después de la despedida, terminamos de armar nuestras mochilas y partimos con un calor tal que algunos de nosotros vestíamos remeras y pantalones cortos. En nuestro equipaje llevábamos dos litros de agua, como mínimo, por persona. Por mi parte, llevé no sólo agua sino también un té bien caliente.

Tercer trayecto: ascenso al Campamento "El Salto"

Comenzamos el ascenso, yo para variar con mucho peso. Hice mis primeros 50 metros y no quería saber nada. Pero mi objetivo era llegar al próximo campamento. Para mí, sólo llegar allí era mi primer gran logro. Debo aclarar aquí que había cometido un error que un andinista no debe hacer. El día anterior me había bañado en un arroyo cercano al campamento y me confié demasiado. Sabía que estaba en una montaña. Creí que bañarme en veinte segundos, contra reloj, no me afectaría la salud. Pero no fue así. Recuerdo que un amigo, alguien de mucha experiencia como Mario Rodríguez, andinista, paracaidista y buzo de hace muchos años, me aconsejó no bañarme en la montaña y buscar la manera de hacer el conocido "baño polaco" (este tipo de baño no lo voy a detallar por no vulnerar la libertad de este medio).

Así fue que esa noche, antes de ascender, habían comenzado mis primeros síntomas de resfrío. El ascenso se tornaba dificultoso para mí, debido a dos factores fundamentales que marcaron mi destino: el resfrío que estaba gestando y el peso de mi mochila (llevaba botas de plástico para la nieve, calentador, piqueta, grampones, mucha ropa, alimentos y otros elementos que contribuían al peso). Antes de subir, programé que mi itinerario sería parar diez minutos por cada hora de camino recorrido, para descansar, hidratarme y comer algunos cereales y así recuperar y generar un poco de energía.

La primera fase del viaje implicaba ascender por un acarreo bien marcado, así que comencé tratando de acomodar y balancear el peso de mi mochila y buscar la mejor manera de terminar con el primer tramo, que era bastante largo, y donde tenía que seguir por una desviación hacia la izquierda. Mientras, aprovechaba a mirar a los demás miembros del grupo, que iban adelantados. Finalmente, los perdí de vista debido a los accidentes del terreno.

Seguí caminando y, un poco más adelante, encontré una carpa y dos andinistas dinamarqueses entre dos rocas gigantes, a quienes había conocido en el Campamento Piedra Grande. Les pregunté si mi equipo de expedición había pasado por ahí. Ante la afirmativa respuesta seguí mi camino. Más adelante, paré para acomodar mi mochila que se me estaba cayendo hacia un lado. Me hidraté un poco más con jugo y un poco de té, comí unos cereales y, luego de terminar el tramo entre esos acarreos, doblé hacia mi derecha: desde ahí, llegar al campamento próximo implicaba solamente seguir por un acarreo con un camino bien marcado, pero muy discontinuo en su trayecto, debido a los desniveles del mismo. Proseguí mi marcha y el ascenso se tornaba a cada momento más agotador. ¿Cómo no iba a cansarme si estaba casi en el ingreso a un lugar llamado "El Infiernillo"?

Allí se me complicó el ascenso, no sólo porque la altura estaba afectando el desarrollo normal de algunos de mis sentidos. Otros dos factores fundamentales que disminuían mi ascenso eran el peso de mi mochila y el cansancio. De acuerdo con mi reloj, había caminado unas cuatro horas, prácticamente ininterrumpidas. Entonces, decidí caminar unos diez o quince pasos, detenerme a tomar aire y luego seguir. Comenzó a afectarme realmente la altura. Debo contar que resultó una nueva experiencia en mi vida.

Como todo esfuerzo tiene su recompensa, y aunque me faltaba menos de la mitad de viaje para llegar al objetivo, me encontré de repente con el espectacular panorama de los picos nevados, que vería más de cerca una vez instalado en el Campamento. -¡Qué lugar hermoso y que país bendito es la Argentina!- pensé. Se tiene todo a mano y mucha gente no se da cuenta. Pero, esa es otra historia.

Seguí caminando, cada vez más cansado. Mientras subía por otro acarreo, vi a Gastón, Pablo y Victoria como a 300 metros adelante mío. Un poco atrás iba Christian, a quien se lo veía con cansancio, con dificultad para subir. Yo me sentía raro, debido a la altura que me afectaba. Lo peor de todo, es que no sabía del resfrío que se estaba gestado. Luego, divisé la figura, a lo lejos, de dos andinistas que estaban bajando. Eran Christian II y Alex, que bajaban de hacer cumbre en el Cerro Vallecitos. Intercambiamos saludos y nos pasamos nuestros e-mails. Ese era el último día que nos veríamos, porque bajaban hasta el campamento Piedra Grande para ir al día siguiente hacia el Aconcagua.

En medio del ascenso aprovechaba a sacar fotos, hasta que el cielo se encapotó y comenzaron los truenos. -¡Huy!- dije, si se larga a nevar y con truenos de por medio... La nevada no era demasiado problema, pero sabía que estaba en una geografía tal que cualquier rayo sería atraído por alguno de los escasos elementos metálicos existentes, como por ejemplo mi mochila: el imán perfecto. Pensé en bajar la mochila, abrirla y sacar un montón de cosas. ¡No! mejor sería que apure mi marcha. Seguí adelante. Ahora, ¿cómo no me iba a sentir incómodo con todo lo que me pasaba, si ya estaba transitando por un lugar llamado "El Infiernillo"? En ese momento me acordé del porqué de su nombre.

Con las últimas fuerzas

Era ya el último tramo del camino al campamento. A la dificultad para recorrer tal tramo se la asocia con ese mismo nombre "El Infiernillo". Para agregar más a todo esto, comenzó a nevar, y bastante fuerte. Mi malestar se hacía sentir más a medida que ganaba altura. Me faltaban 200 metros para llegar al campamento. Estaba nervioso, cansado, apurado, con la persistente nevada que caía sobre mí y que me obligaba a apurar la cadencia de mi paso, lo que contribuía a cansarme más. Miré hacia arriba, precisamente al campamento. Vi a algunos de mis compañeros, que me hacían señas moviendo los brazos en alto. A su vez, les respondía aleteando con mis bastones de trekking para manifestarles que me encontraba bien. No tan bien después de todo.

Se notó que no estaba bien Gastón. Sólo alcanzó a gritarme que libere un poco de peso, así subía más liviano. -Dejá la carpa y otras cosas pesadas-, me gritó. Le pregunté: "¿puedo dormir en la carpa de ustedes?". Sí, me contestó, también gritando. Me libré de la carpa, los grampones, la piqueta, el calentador y otras cosas que ocupaban poco espacio, pero que resultaban pesadas y no eran necesarias para el ascenso al tramo final. Las dejé a resguardo en mi otra mochila de 45 litros, la que usaría para hacer el ataque a la cumbre de algún cerro. La idea era que al otro día bajaría a buscarla. Dejé las cosas al lado de una piedra, a modo de una falsa pirca y me preparé para subir hasta el campamento con las últimas fuerzas.

Esas fuerzas que escaseaban. Entraban a jugar mi esfuerzo, la altura y el resfrío. Solo dije, "tengo que llegar sí o sí al campamento, sea como sea". Los últimos 50 metros del camino fueron el cruce por un estrecho paso de 20 metros de largo por 30 centímetros de ancho, al pie de la base de piedra del campamento. Para cruzar, debí usar como soporte mis manos para agarrarme de alguna piedra segura, y evitar caer a un precipicio de mas de 20 metros de profundidad, con una inclinación de unos 40°. Para ello, me desajusté la mochila antes de cruzar por ese lugar. Si caía, trataría de no caer con la mochila. Por suerte no ocurrió nada malo. Me costó pasar. Un rato antes había nevado, por lo que el piso y la pared estaban húmedos.

Continuará...

 

Nota:
e-mail: explorer_hiker@hotmail.com

 

 



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