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Hacia la cumbre del Fitz Roy en invierno

Marcelo "Tero" Donozo
- Experto Aventurarse


Julio de 1995, el invierno expone mejores armas, que años anteriores, retrasando nuestro avión y nuestros sueños. La idea de subir el Fitz Roy en invierno había caído en el surco de nuestras vidas y cuando estaba a punto de empezar a germinar, el mal tiempo nos opacaba la alegría. Junto con Gustavo, mi compañero de escalada, revisamos una y otra vez el equipo y el plan a seguir, como jugadores de ajedrez que llorarían hasta la perdida de un peón. Cuando la tempestad pareció haberse dormido, al menos momentáneamente, partimos de nuestra Mendoza natal, rumbo a Río Gallegos, que nos recibe con una alfombra de nieve de un metro de espesor. La camaradería de los escaladores locales no se hace esperar y en un par de días ya estamos en el pueblo El Chalten. Un lugar lejano, inhóspito y frío de la Patagonia Argentina donde el cuerpo y el alma se regocijan en los hogares y los corazones de sus habitantes. Nos calzamos las mochilas, que durante varios días serán como nuestra sombra, y nos internamos en el bosque de ancianos y duendes, o de Picassos, o quizás de pálidos fantasmas o de lo que se ocurra a la imaginación. Comienza a nevar y lo hará durante todo el día. Esta rutina que se repetirá casi por una semana. Refugiados en una pequeña cabaña en Piedra del Fraile, un paraíso enclavado en el ombligo de la Patagonia y del bosque, nos sentimos dueños del mundo y del silencio. Hasta que el sol golpea la ventana y el cielo azul nos regala su mejor sonrisa. Las raquetas, antes de fijarlas a nuestras botas ya están caminando cuesta arriba, abriéndose paso en la nevada ladera regada de ñires y lengas, mientras el coloso de granito nos mira desde el horizonte como si fuera un estático guardián del paisaje. Fugaz como un relámpago, la alegría sé nos desvanece del rostro cuando nuevamente empieza a nevar y ni siquiera hemos tocado los pies del gigante. Nos aislamos nuevamente en la cabaña y entre mates, trucos, Benedetti y tortas fritas se escurrirá una semana, por el mal tiempo. El astro rey despierta de su letargo, mochilas, raquetas y otra vez al juego. Esta vez la nevada fue mucho más grande. Los árboles del bosque parecen más pequeños bajo el pesado manto níveo. Una extenuante jornada y estamos en las márgenes de los Hielos Continentales y al pie de la pared oeste del Fitz Roy. Acampamos en ese mundo de cristal. Al día siguiente cambiamos las raquetas por grampones y sacamos las herramientas para hielo. Comenzamos a escalar la cascada de hielo y subimos unos mil metros hasta que la noche nos sorprende y dormimos colgados mientras el viento juega con nosotros como si fuéramos la cola de un barrilete. El desayuno es otra gran nevada. A descender se ha dicho, y la historia se repite. Cabaña, mates, lectura... Pasan un par de días y una noche Gustavo exaltado me dice que la presión esta subiendo en el barómetro de su reloj. Eureka!!! Buen tiempo. Sin pensarlo dos veces, y aun de noche partimos hacia la pared. Durante tres días estamos en la verticalidad absoluta que tan solo ofrecen estas enormes moles de hielo y granito. Los Hielos Continentales nos ofrecen un telón de fondo espectacular, pero lo más increíble es el buen tiempo que nos acompaña. La primera parte -la cascada congelada- la subimos sin usar cuerda para ganar tiempo, pero cuando comenzamos a escalar en la roca es imprescindible usarla y en muy buena hora pues caemos un par de veces y antes de ser devorados por el vacío nos detiene como el dedo de un niño a un yo-yo. Algunas veces escalamos hasta veinticinco horas seguidas pero la pared es tan lisa y grande que nos da la impresión de avanzar tan solo unos escasos metros, los llagados dedos de las manos se nos empiezan a entumecer por el contacto con la fría roca. Un par de lo que alguna vez fueron alfajores es nuestro desayuno, almuerzo y cena, y cuando el gas del calentador no se congela somos privilegiados con un té caliente. Son las 18 horas del 26 de agosto de 1995. Después de escalar 1.800 metros de pared nos encontramos con la cumbre del Fitz Roy, o como lo llamaban los padres de la Patagonia, Chalten: El que echa humo. Simplemente, estamos Felices! Seguimos un par de días enviciando las retinas con bosques, lagos y glaciares. Luego vendrán El Calafate, las ballenas de Puerto Madryn, y finalmente el calor de nuestros hogares en Mendoza, que ya empezábamos a extrañar.

 



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