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Vuelo libre en tierra carioca
Daniel Crespo -
Colaborador Aventurarse

El reconocido torneo carioca tuvo su primera edición en 1988, y dado su éxito continuo, se convirtió en un clásico del vuelo libre. Desde entonces, es un punto de encuentro y referencia para pilotos de todo el planeta, porque cuando ha terminado la temporada competitiva en el viejo continente, la etapa brasileña se pone en marcha. Nueve horas de vuelo, tres películas, dos comidas y cinco azafatas guapísimas fueron necesarias para llegar hasta Río de Janeiro.

Cuando ya habíamos atravesado el Océano Atlántico y sobrevolábamos la costa norte del país, se pudo apreciar un curioso punto de vista desde los 9.800 metros. Lo que yo estaba deseando era llegar a Río junto a los pilotos en la cabina, así que le consulte al comandante si era posible ingresar cuando estuviéramos aproximando. Dada su respuesta afirmativa, cuando entré en el compartimiento se encontraban ya en pleno protocolo de aproximación, ajustando altura con flaps y gas.

La cabina del Boeing 767 no es muy grande, sólo estaban el piloto y copiloto. Me senté justo atrás, en medio de ambos, me coloqué un cinturón de seguridad de cuatro puntos que se cierra en el tórax y me dispuse a disfrutar de la experiencia. De pronto apareció Río de Janeiro en toda su extensión. Una ciudad emblemática y sede mundial de la samba, el fútbol, las "mininhas" y otro montón de cosas más.

Despegue salvaje

Los días previos a la competición no había muy buen clima, aún así pude realizar unos vuelos parapente de práctica en Sao Conrado. Allí, el despegue es salvaje porque está ubicado en un minúsculo claro en mitad de la selva, con monos y todo. Hay una rampa de aladelta que sirve al mismo tiempo como techo a unas gradas, y frente a ellas, está la salida para los parapentes. Aunque sólo se puede salir de uno en uno, el lugar está muy bien.

Un detalle curioso es que para despegar hay que avisar, y cuando la respuesta -invariablemente un "bon voo"- llega, se puede salir con normalidad. Es importante saber que para volar aquí es necesaria una autorización de la asociación de vuelo libre de Río de Janeiro, oficina ubicada en el aterrizaje. Sin este permiso, no será posible ni siquiera subir al despegue, tal cual les sucedió a Peter Brinkeby y Chris Muller en su primer intento de vuelo.

El despegue de Piedra Bonita, con un desnivel de 520 metros, es practicable con vientos del suroeste hasta el noroeste. La mejor época para volar aquí es desde septiembre hasta diciembre, cuando las térmicas, sin ser muy fuertes, están presentes, haciendo de este vuelo un delicioso recorrido turístico de cerritos y estrechas ascendencias. Si se tiene la suerte de estar aquí justo en uno de los pocos días al año donde las condiciones son óptimas (sólo 20 días al año), se podrá llegar volando hasta el Cristo Redentor y gozar de la mejor vista de la ciudad.

El aterrizaje es todo un lujo, Cuando se pasan los últimos edificios y se llega sobre la playa, se pueden observar un montón de banderas, mangas de viento y estructuras montadas para la organización del campeonato High Level. El paseo marítimo posee carriles para bici, canchas de fútbol y voley, buen ambiente de playa y mucha gente. Se está muy a gusto por aquí e incluso puedes beber un coco o un chopp de cerveza mientras por tres reales te pliegan y guardan todo el equipo.

Un desafío complejo

Nunca antes había visto ninguna prueba o campeonato que se desarrollara perfectamente adaptada a las condiciones del lugar. Se hacen rondas eliminatorias en la que los pilotos compiten por parejas (principal particularidad), pero también hay que tener en cuenta otras cosas. Todo comienza bastante temprano. A las 11:00 de la mañana ya estamos en el despegue listos para volar.

Se trata de hacer al menos dos mangas cada día, pero antes hay que presentar el brieffing donde se propone la prueba a realizar. Normalmente, y debido a las condiciones, se plantean circuitos muy pequeños y técnicos, pero no por ello carentes de interés, pues existen varias formas de ganar las mangas. Primera posibilidad: ganando la prueba de velocidad, es decir, haciendo las balizas (normalmente dos o tres), pasando la línea de tiempo. Segunda posibilidad: si las condiciones son difíciles y la prueba no se puede cerrar, entonces gana el que tenga mas balizas. Tercera posibilidad: si los dos pilotos tienen el mismo numero de balizas conseguidas pero sin alcanzar la última, entonces la prueba pasa a ser cronometrada, es decir, el piloto que aterrice más cercano a los 45 metros (44 o 46 es lo mismo) gana. Todo esto puede valer hasta 900 puntos. La diana puede sumar 100 más. Si aterrizas fuera del área delimitada, pierdes automáticamente.

A primera vista, todo parece un poco complicado, y a segunda vista, se confirma. Pero el caso es que las pruebas son entretenidas y excitantes. No te puedes despistar ni un segundo y lo más importante, que ya comprobé, es que siempre debes estar controlando a tu oponente.

Hubo 32 competidores inscriptos en la prueba, la mayoría con mucho nivel y trayectoria, como John Pendry, Peter Brinkeby, Chris Muller o Matew Taggart, pero sobre todo mucha presencia brasileña.

Se realizaron un total de cinco pruebas, la mayoría de ellas en condiciones muy suaves. Un día se planteó un circuito pero había mucho viento y las condiciones eran súper flojas. Entonces, la prueba pasó a ser cronometrada. Fuimos perdiendo altura hasta llegar a la playa y había mucho viento, nos pegamos a los edificios que hay en el aterrizaje y allí estuvimos hasta 12 competidores sujetándonos en unas condiciones increíbles y absurdas. Era muy entretenido ver cómo los pilotos luchaban codo a codo con su oponente, tratando de mantener una mejor posición. En algunos casos, por apurar el tiempo al pasar la línea, se quedaban muy justos para el aterrizaje y perdían luego por los puntos de la diana.

La hora del balance

En la competencia en la que participé el premio mayor se lo llevó el campeón de parapente brasileño, el paulista Ale Santos, a quien se lo recompensó con 2.500 dólares. Al británico Matew Taggart, en segundo lugar, y al canadiense Chris Muller, en tercero, se les entregó sendos trofeos metálicos, que también recibieron hasta el décimo clasificado.

La competición me gustó mucho y me he quedado picado, con la idea de regresar en otras ediciones para competir y pasármelo bien al ritmo del merengue, digo samba. Luego de ese primer disfrute me quedé por una semanita más para conocer a los machacas de aladelta, antes de partir rumbo a Santiago de Chile.

 

 



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