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Expedición Argentina a las Nacientes del Amazonas I
Mauricio Bianchi - Aventurero

El Río Amazonas -para muchos el más grande del mundo- tiene su origen más lejano en un modesto manantial en los Andes peruanos, a 5.100 metros sobre el nivel del mar. Fuimos los primeros y, hasta ahora, únicos argentinos en llegar allí. Aquí les relato, entonces, la Primera Expedición Argentina a las Nacientes del Amazonas. Marcelo es argentino -nació en Resistencia, Chaco- pero vivió ocho años en Perú y tenía, desde chico, la idea de ir a "las nacientes del Amazonas" que se encuentran en el Cerro Mismi, Departamento de Arequipa, Perú. La idea era doble: llegar a las nacientes -manantial que forma el río Carhuasanta- y hacer cumbre en el Cerro Mismi, de 5.597 metros.

Con ese objetivo partimos, el 16 de enero de 1999, desde Buenos Aires, el mencionado, Néstor Pérez (25 años, de San Fernando, Buenos Aires) y Mauricio Bernardo Bianchi (29 años, de General Pacheco, Buenos Aires). Luego de un interesante, pero agotador viaje en ómnibus (nada menos que 62 horas), llegamos a Arequipa, la segunda ciudad de Perú. Allí nos recibió Jorge "Coco" Villena Cateriano, un gran tipo, presidente del Rotary Club de Arequipa Valle Hermoso, quien nos consiguió alojamiento en el CIARQ, Centro de Investigaciones Arqueológicas de Arequipa. Allí conocimos también gente estupenda, como el licenciado Augusto Cardona Rosas y su esposa Erica, Clori, y hasta Dina, la doberman más buena que pueda existir.

Apenas llegados, ese mismo día, Coco nos llevó a otro de sus contactos: la gente de Autodema. Se trata de un organismo oficial (Autoridad Autárquica de Majes) que tiene a su cargo la realización de una serie de represas en la zona andina, para hacer cultivables sectores desérticos, lo que a lo largo de más de 30 años ha dado ya buenos resultados. Allí nos recibieron el ingeniero agrónomo Rubén Terán -gerente de Autodema- y el ingeniero Víctor Valdivia. Ellos nos prestaron toda su colaboración y se comprometieron a acercarnos a la zona de la expedición.

Al día siguiente, 20 de enero, partimos antes de las 6:00. Nos pasaron a buscar el mencionado ingeniero Valdivia, y quien demostraría ser un excelente chofer, Leoncio Delgado. Debimos recorrer 180 kilómetros hasta el pueblo de Cailloma, atravesando extensas pampas en las cuales observamos vicuñas, llamas y alpacas. También cruzamos pueblos con antiguas construcciones. Desde Cailloma, tuvimos unos 60 kilómetros más hasta nuestro destino final de ese día: la laguna de Carhuacocha.

La altura, ese problema

El largo recorrido nos hizo ascender desde los 2.200 metros de Arequipa, hasta los 4.600, y sin aclimatación gradual. Eso trajo sus problemas. Marcelo, que venía mascando coca desde Buenos Aires, no sufrió la altura. Néstor, apenas llegamos, devolvió a la Pacha Mama el almuerzo de Cailloma (sopa, trucha con arroz y remolacha y gelatina). Yo estuve bien, pero los efectos los sentí al día siguiente. El 21 de enero Néstor y yo no lo olvidaremos, porque nos la pasamos tirados en un cuartucho, donde los pobladores guardan lanas de llama y alpaca, pensando "¿quién me mando a estar acá?", mientras el "soroche" o mal de altura nos maltrataba.

Los síntomas eran dolor de cabeza permanente y asco a ingerir todo tipo de alimentos, sumados a una sensación similar a la de estar engripado, es decir, de malestar general. Igualmente, por la tarde hicimos una pequeña caminata como para "reaccionar" un poco.

Por suerte, el día 22 yo ya estaba mejor. Mi organismo se fue acostumbrando a la carencia de oxígeno y de allí en adelante cada día fue mejor, hasta estar en óptimas condiciones. El problema había sido causado por el brusco ascenso. Siempre conviene que éste sea gradual.

Néstor también fue mejorando, pero sufrió la altura todos los días. Solía despertarse con fuertes dolores de cabeza y comía muy poco. De cualquier manera, ese día, una nevada matinal nos invitó a quedarnos allí para seguir aclimatándonos. Y así lo hicimos. Entonces, Néstor nos castigó con los dados, lo que fue sólo un adelanto de lo que pasaría toda la semana.

Hacia las nacientes

En el lugar donde estuvimos un par de noches, se crían truchas. Agustín Anchaco, que vive cerca de allí, es el cuidador de las construcciones y, además, un excelente guía de la zona. El y su familia fueron muy amables con nosotros y cuando iniciamos nuestra aproximación hacia las nacientes lo contratamos para cargar las mochilas en sus burros. Así, recorrimos unos 15 kilómetros y acampamos en la Quebrada del Carhuasanta, a metros del curso de agua, a unos 4.700 metros de altura.

En el trayecto pudimos apreciar la vitalidad que existe a semejante altura en esta cordillera. La cercanía al Ecuador hace que el clima no sea extremadamente frío, y las lluvias permiten el desarrollo de vegetación (zonas llamadas bofedales por los pobladores). Sapitos, salamandras, chinchillas (ellos las llaman vizcachas) y hasta zorros, constituyen algunas de las especies que habitan estas alturas. Por supuesto, no falta algún cóndor planeando por los aires.

Al día siguiente, desarmamos nuestro campamento y, en dos horas, llegamos al final de la quebrada con la intención de ir al manantial el mismo día y reservarnos otros dos para intentar la cumbre del Mismi. Pero el tiempo dijo no! Cuando llegamos, debimos armar la carpa con urgencia pues comenzó a nevar con intensidad. La armaron Marcelo y Néstor, porque yo me había adelantado inspeccionando la zona cuando llegó la nevada. Debí volver a la carrera. El manantial quedaría para el siguiente día.

El manantial

El 25 de enero, partimos para cumplir nuestro primer objetivo: llegar al manantial que da origen al Río Carhuasanta, fuente más lejana del Río Amazonas. Y fue más difícil de lo pensado. Teníamos dos referencias: las indicaciones de Agustín y saber que, hace unos años, unos estadounidenses habían colocado allí una cruz en homenaje a su descubridor, Loren McIntyre. Comenzamos a ascender por la quebrada hacia unos paredones en los cuales sabíamos que estaba el manantial y llegamos hasta la pared misma.

Francamente no terminábamos de encontrar de dónde brotaba el agua. Toda la que había venía del deshielo sobre la pared. Ni rastros de la cruz. Néstor y yo dudábamos mucho, aunque Marcelo trató de convencernos. Yo, entonces, busqué en una cueva más arriba, pero allí ni siquiera había agua.

Bajamos y era tan poco nuestro convencimiento, que seguíamos mirando hasta que Néstor indicó un curso de agua que él había visto y señalado sin que le prestemos mayor atención. En eso llegó Marcelo y dijo que según el GPS (sistema de posicionamiento que trabaja con satélites) estábamos a 500 metros. No había duda, debíamos buscar allí.

Mi entusiasmo me hizo acelerar el paso y con la mirada -mientras marchaba-, buscaba el manantial hasta que apareció. ¡Eso sí era un verdadero manantial! Cuando me di cuenta, tuve que esperar como media hora que se acercaran Néstor y Marcelo. Observando, luego de 15 minutos también pude ver la famosa cruz. Ya no quedaban dudas. Habíamos tenido un "falso manantial" pero ahora sí, seríamos los primeros argentinos en llegar a las Nacientes del Amazonas.

Eran las 12:00 del 25 de enero de 1999. Sacamos las fotos de rigor, disfrutamos de una hermosa vista, por supuesto, tomamos agua y luego iniciamos el regreso. Estábamos contentos, pues habíamos cumplido nuestro primer objetivo.

Continuará...

 

Nota:
e-mail: elandinista@yahoo.com.ar

 

Agradecimientos

La expedición contó con el invalorable apoyo del Rotary Club General Pacheco y fue declarada de Interés Municipal por la Municipalidad de Tigre. También fue declarada de Interés Cultural y Turístico por la Embajada de Perú en la Argentina. Además, se contó con la colaboración del entonces Diputado Nacional Juan Manuel Valcárcel y la Revista El Distrito, que se edita en el Partido de Tigre.

 

 



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