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Invierno en Patagonia, la temporada de descanso
Primera Ascensión Invernal al Monte San Lorenzo - Ruta de Agostini

Pablo Besser
- Aventurero

Por años ha sido tradición en Patagonia centrar las actividades andinísticas solamente en los meses estivales, especialmente noviembre y diciembre, quedando los de enero y febrero como segunda opción para los escaladores locales que hacen uso de sus habitualmente breves vacaciones.
Pero fue en agosto del 88 que se anota una primera en invierno, el Monte Risopatron, por el prolífico Ferrari. Pero dicha primera incursión invernal no logro modificar la tradición.

Recién en los últimos 3 o 4 años se ha visto actividad invernal nuevamente, llegando a ser ya una cosa común, esta de partir en invierno a buscar montañas por ascender. Pero ¿por qué en invierno? ¿Es más frío, más inhóspito, más aislado, más difícil? Bueno todos esos atributos hacen un expedición aún más atractiva ¿no?, pero la respuesta es menos masoquista, es simplemente para asegurar mayor estabilidad climática en un área donde no hay reglas, donde la incertidumbre reina.

Así como en verano el barómetro no logra predecir nada en Patagonia, donde las ascensiones son una mezcla de carrera de atletismo no solo contra el cerro o sus dificultades sino contra el clima, el eterno viento y las impertinentes tormentas. Encontrar dos días completos de buen tiempo es una fortuna, tres un despilfarro. Pero en invierno, es más lo habitual que lo excepcional, cuando llegan los periodos de frío, de “escarcha” como dicen los locales, se puede gozar de 3 o 4 días completos de un clima perfecto, sin una nube, sin viento y sin sorpresas. Pero si muy frío, en un cerro de altura de la región los -30° pueden ser habituales. Así el invierno ¡es temporada de caza también!

La aventura comienza

Salimos de Santiago (Chile) el sábado 3 de julio de 2004, Camilo Rada, Marcelo Camus y Manuel Bugueño, más el que escribe. Nuestro objetivo era la primera ascensión invernal del San Lorenzo, el segundo macizo en altura después del San Valentín, este último de casi 4000 metros. Pero además ansiábamos la primera travesía integral de la enorme arista cumbrera de esta montaña, de casi 15 kilómetros, orientada de norte a sur, pasando por su cumbre norte, luego la principal, la central y finalmente la sur, solo ascendida una oportunidad. ¡La ambición es un potente motor!

Llegamos al poblado de Cochrane el 7 de julio, luego de un entretenido viaje en camioneta, por una pampa nevada y la carretera austral vestida de invierno. Al día siguiente entramos al valle del Río Tranquilo, para encontrar nuestro supuesto arriero, en las casa del sector “Payacar”. Previamente habíamos tratado de contactarlo pero sin éxito, con él nos enteramos del primer inconveniente, pues Don Luis Soto de la Cruz, poblador y habitual arriero de este cerro, no podía entrar en invierno, pues el terreno y las condiciones hacen muy difícil el acceso. Mas que un percance, le agregó un interés mayor, pues entraríamos solos y con todo, ¡en nuestra ley! Demás esta decir lo divertidas que fueron sus caras cuando les explicábamos que queríamos ir al cerro, ¿a que cerro? preguntaban, ¡pues al San Lorenzo!, les decíamos y nos miraban con cara de espanto... Del cerro no se veía nada, solo llovía y todas las nubes negras, y justo las más negras en dirección de la montaña.

Seguimos por el camino construido hace unos años que va en dirección de la Laguna Brown, pero la cantidad de nieve, hielo y barro nos dejó avanzar solo unos kilómetros, donde quedo enterrada la camioneta, literalmente. En ese sitio acampamos y dividimos la comida, mucha quedaría en la camioneta, y solo llevaríamos con nosotros para 20 días. Luego de unas horas rescatamos la camioneta del barro movedizo y la fuimos a dejar un par de horas más abajo, protegida en caso de nevadas.

Al otro día salimos con mochilas y cargas, en dos viajes llegamos hasta la Laguna Corazón, donde parte una picada hacia el monte San Lorenzo. Seguimos en dirección Este, orientándonos por huellas de animales o caballos en la nieve, hasta hacer campamento en medio de la obscuridad, esta era llegaba a las 18.30 hrs. Y con ella el frío.

Al otro día salimos con las primeras luces, a las 8:20 AM aproximadamente, internándonos aún más por estos valles, confusos y cambiados, pues el bosque y el siempre verde del verano no existía, quedando solo un pálido remedo del bosque sin sus hojas, solo algunos coihues seguían aún verdes, pero las lengas estaban en franca espera de la primavera. Al final, nos perdimos, lo que era lógico, posiblemente las huellas eran solo de vacas, debiendo atravesar el Río Tranquilo, a capela no más, bien arremangados los pantalones y tirando del trineo, que navegaba el cauce de una pobre manera. Ya al otro lado caímos a un sector de arbustos bajos, poco cubiertos de nieve, en que nos tropezábamos bastante, pese a llevar raquetas, que al final fueron una excelente elección; era la primera vez que todos las usábamos y no nos decepcionaron.

Alcanzamos ese día el valle superior, a tiro de piedra del valllecito que conduce a la base del cerro. Seguimos por el resto de la tarde, con un clima precioso, pasando por arroyuelos congelados, cascadas de hielo y nieve crujiente. ¡Ya estabamos en casa!

Al otro día, cruzamos el río gracias a un tronco puesto a modo de puente, que como por la noche se había congelado y cubierto de hielo, debimos usar los crampones. Siguiendo al otro lado con nuestros trineos a la rastra, cada uno llevaba algo así como 25-30 kilos por trineo, más la mochila.

A medio día llegamos a la entrada del valle, por donde baja el Arroyo San Lorenzo, este es muy escarpado en su comienzo lo que obliga a pasar por angostas y empinadas pasadas de roca con mucha nieve, esto hizo el tirar de los trineos un buen suplicio, hasta que alcanzamos el fondo del valle en medio de una nevada muy fuerte y mucho frío. Esto nos obligó a hacer otro campamento en medio del bosque de lengas, todas sin hojas que junto con la nieve le daban un aspecto tenebroso.

Amaneció feo nuevamente, nevando y con mucho frío, pero sin viento; seguimos avanzando lentamente entre las lengas desnudas y el arroyo que debimos cruzar varias veces mientras el río bajaba ágil y sin obstáculos, casi riéndose de nuestro torpe avance.

Por la tarde llegamos al Campamento de Agostini. En dicho lugar existía un refugio rústico o “tapera” hecha por la expedición del padre Agostini, hoy transformada en una cabaña, que no guarda nada de semejanza con la original (que sí existía aun en 1994). A unos metros de esta hay otro refugio, de madera cortada a motosierra, de dos pisos, grande y espacioso, pero muy frío, el refugio Tony Rorhen, construido por los pobladores locales (Luis Soto y Lucy, su señora), más la ayuda de la viuda de un montañista fallecido algunos años atrás, por la caída de parte del hongo de hielo somital. Esa tarde al llegar al refugio fue todo risas, comida y calor, pues la estufa a leña del refugio empezó a quemar bosque nativo sin misericordia.

El tiempo no pasa en vano...

Esta montaña, de roca granítica de pésima calidad, en donde el hielo y la nieve, en todas sus formas, son el principal atractivo, me ha interesado desde el año 1994, cuando con un grupo del DAV, formado por Andrés Segers y el gringo Greg Crouch, que intentaron sin éxito la arista este, y Soames Flowerre, con quien llegué hasta el campamento de Agostini, donde junto a unos argentinos que casualmente estaban en el área, hicimos un tímido e inexperto intentó a la ruta de Agostini, alcanzando unos 2500 metros de altura, sin alcanzar siquiera la arista superior.

Pasarían varios años hasta que regresé al San Lorenzo, pero esta vez a un objetivo de más dura digestión, la Arista Este, enorme ruta de 3000 metros de recorrido que solo ha sido escalada con éxito en 3 oportunidades (en una de ellas por el ya nombrado Ferrari). En dicha ocasión, verano de 2002, efectuamos un loco intento alpino, junto a Manuel Bugueño y José Pedro Montt, pero la seguidilla de días de buen tiempo tenían transformada la arista en un campo de batalla, donde las avalanchas de piedra y nieve pasaban a cada momento, y justo dos de ellas me alcanzaron o más bien cubrieron, pero especialmente en la segunda, solo protegido por una roca pequeña, una enorme masa de hielo y rocas paso por sobre mi, mientras mis dos compañeros me veían desaparecer, y yo solo esperaba el golpe final que me sacaría de mi protección. Pero este no llegó, y como un sensato conejo salimos corriendo de esa ruta, no apta para personas aún sensibles.

Así llegaría el 2004 donde con la intención y el tiempo de hacer algo invernal en Patagonia surgió la montaña “del medio” pues justo esta entre el Hielo Patagonico Norte y el Sur, como un verdadero Hielo Intermedio. 10 años entre un intento y el definitivo. La perseverancia es otra virtud patagónica...

Continua la aventura

Salimos a la mañana siguiente con intención de llegar hasta el primer portezuelo de la ruta de Agostini, el Col del Comedor, donde existe una enorme roca plana cual mesa, que de seguro antes estaba más horizontal, hoy ya no tanto, ubicada a 1960 metros. A dicho lugar arribamos a mediodía, luego de ascender casi 1000 metros en unas 4 horas, usando nuestras raquetas de nieve, dejando una carga de comida y combustible más algo de equipo, y regresando inmediatamente al acogedor refugio. Habíamos decidido hacer un intento por la ruta normal, confiando tener buenas condiciones, pero ya habíamos optado solo por la primera invernal renunciando a efectuar la travesía integral, que demandaba una mayor logística. El hecho de no haber contado con caballos para la aproximación, nos obligó a viajar más “livianos”, sin la comida suficiente para la enorme travesía de mas de 40 kilómetros en total, ésta implica descender como sea por la cara sur, desconocida para nosotros, y rodear todo el macizo por el lado Este, hasta regresar al campamento, ubicado a los pies del hombro norte del cerro.

Por la tarde, ya en el refugio, Marcelo estaba con dolor en una de sus rodillas, lo tenía con problemas desde hacía ya algunos días, no cedía pese a todos los menjunges y fármacos disponibles. Finalmente decidimos infiltrar la lesión, una bursitis de su tendón iliotibial, milagrosamente esto le permitió pasar toda esa tarde sin dolor, pero como la experiencia indica este regresa si no hay un adecuado reposo, palabra poco práctica en medio de una expedición.

Al otro día, 14 de julio, salimos con todo, carpas, sacos y equipo, en dirección al Col del Comedor, donde hallamos nuestro depósito, contando con un total de comida para 11 días. Decidimos sacar comida solo para 4 días, confiando en el buen clima que hasta esa hora persistía, así salimos rumbo al siguiente portezuelo, la Brecha de la Cornisa, una falla ubicada en una arista que baja desde el hombro norte del San Lorenzo hasta la cadena Cochrane. En dicha arista hay una pequeña depresión, la brecha, que permite así pasar del sistema del glaciar Cochrane hasta el Calluqueo, que nace de toda la enorme cara oeste del San Lorenzo.

Durante la tarde remontamos encordados, desde este momento y por el resto de la ascensión, pues un glaciar es sinónimo de grietas. Llegamos por la tarde, sumamente tranquila, con mucho sol y cero nubes, pero eso sí con frío constante. Montamos nuestras dos carpas protegidas por un pequeño muro pese a no haber viento aún, una vieja costumbre difícil de dejar. Antes nos asomamos al portezuelo a mirar el escenario impresionante del San Lorenzo cayendo a formar el glaciar Calluqueo.

Por la noche, luego de la cena, planeamos la ascensión, aun nos faltaba un campamento, pues estábamos solo a 2300 metros aproximadamente y nos faltan aún 1400 metros de desnivel, y unos 8 kilómetros de recorrido entre el glaciar Calluqueo, la cascada de seracs y la parte final de la expuesta arista cumbrera. El tiempo estaba impecable, el barómetro en alza imparable, un silencio impresionante, nada de viento y solo estrellas en el cielo. ¿A la alpina?, ¿de una?, 1400 metros es poco, en 4 horas subimos desde el campamento base hasta el Col del Comedor, unos 1000 metros de desnivel, entonces ¿será posible?

En el fondo no quería, pues aún faltaba un campamento y lo íbamos a saltar, arriesgando perder el cerro por apurones, por otro lado llevábamos 6 días completos de actividad, bastante pesada, de abrir huella, buscar la ruta, cruzar ríos y tirar el condenado trineo, más dos subidas porteando equipo, lo que hacía que las piernas sintieran la falta de reposo, faltaban unas 24 a 36 horas de reposo completo para poder rellenar los depósitos de glucógeno, las reservas de energía fundamentales para un ataque alpino; pero la fisiología y la lógica cedieron ante el clima, está demasiado bueno, si lo perdemos solo por mover un campamento sería imperdonable, ha sido demasiado tiempo de espera para subir este cerro, ahora es el momento. ¡No Chicken!

Acordamos salir a las 4:00 AM, habrían al menos -15° C, serían 4 horas de marcha de noche, antes de llegar a los seracs donde si necesitaríamos luz. Entonces todo acordado, a dormir apurados. ¡Suerte para mañana!

Intento de cumbre

Salimos a las 5:00 AM, hacía mucho frío pero este cedió pronto, los 4 en movimiento, todo obscuro, solo tu metro cuadrado de luz de linterna, encordados, cargados, apurados... Bajamos al otro lado de la brecha, mis recuerdos eran vagos, ¡son 10 años! Pero le dimos con las pasadas y fuimos ascendiendo, a las 7:00 AM alcanzamos el sitio del Campamento 2 que nunca existió, seguimos subiendo por un lomo enorme que lleva al comienzo de la cascada de seracs, que en invierno más que seracs son hongos de hielo enormes, algunos quebrados hace poco, otros estables, otros por quebrarse. La ruleta rusa del escalador.

A las 8:00 AM, Marcelo, que venía encordado conmigo, avisa que renuncia, hace rato que lo escuchaba sufrir en silencio, su rodilla, dolor y frustración. Nos reunimos, hablamos rápido y conciso, le pasamos la cuerda y una radio, regresa solo. El glaciar estaba muy estable y no habíamos visto ni una grieta, es la bendición del invierno nevado. Le insistimos que si ve alguna nos avise por radio y la cruce autoasegurado. Fácil decir, difícil hacer.

A media mañana nos avisa que llegó bien a la carpa, alivio para todos, pero a esa altura estábamos entregados a otra batalla, buscar la pasada por los seracs. Estos nos ofrecían una subida directa por un sistema de canalones a la arista, sin grandes obstáculos, pero muy expuesta a la menor caída de material, bastaba un hongo que colapsara y esa ruta sería barrida. Anteriores experiencias en este cerro me convencían que algo tenía contra mi persona, así que no había que darle opción. Seguimos por unos sistemas hacia la izquierda, hacia el sector norte de la cascada de seracs que tras algunas escaladas en hielo o nieve nos llevaron, a las 13:30 hs., a salir a la arista y a recibir por fin el sol. A la vida.

Una vista impresionante nos recibe, todo blanco en derredor, los valles, las montañas menores todas de blanco, era como estar en un gran campo de hielo. Recordé fotos del Vinson en la Antártica, era notablemente similar y el frío supongo que también.

Los tres teníamos los pies helados, pese a las botas artics expedition y las cubre botas, el frío mordía. Seguimos sin perder mucho tiempo ascendiendo por la arista, en dirección a la cumbre Norte. Camilo nos recitaba la distancia a la cumbre con el GPS, recién estabamos a 3100 metros, ¡y a más de 4 kilómetros! ¡y con solo 4 horas de luz! No había que ser adivino para saber que esta película tendría función nocturna. Antes de llegar a la arista, en un paso de escalada a Manuel se le cayó su linterna, mala cosa, tendrá función nocturna ¡pero sin película!

Llegamos a las cercanías de la cumbre Norte, se veía llena de grietas y hongos de hielo, la fuimos rodeando por su costado derecho, avanzando siempre hacia el sur. Manuel abría huella, despacio, yo estaba muy cansado, los seguía, tranquilo por fuera, inquieto por dentro. Alcanzamos un hombro, rodeando un enorme hongo de 10 metros de alto, extraplomado en forma inverosímil, como si la gravedad no existiese aquí. Al otro lado nos recibe una visión fantástica, la cumbre, pero aún lejos y más allá la arista que sigue hacia el sur pasando por la cumbre Central y luego la esquiva cumbre Sur, en medio una enorme planicie, a más de 3400 metros, cual cancha de fútbol gigante en medio de la vastedad de la pampa nevada a un lado y las montañas al otro. Más al sur se adivinaban las montañas del Hielo Patagonico Sur y al otro lado las del Norte, pero no se notaba diferencia, el manto de nieve había unificado la Patagonia, estabamos aún en la era glacial.

Desde la cumbre Norte había que bajar cerca de 200 metros, pasando entre seracs y hongos, llegamos más por intuición que por lógica. Luego empezamos a subir, anhelantes, a la cumbre, eran las 17:30 horas al comenzar la subida hacia la cumbre principal, aun faltaba mucho y quedaba el hongo. Cuantas dudas sobre si sería escalable el dichoso hongo, en esos escasos metros se centra todo el éxito o fracaso de un cerro. Con la puesta de sol, los hongos se tiñeron de naranja, seguimos por una serie de rampas empinadas, unas más fáciles que otras; hasta que nos encontramos los tres en un plano bajo el hongo, es decir la antecumbre. Alcanzamos a ordenar la cuerda y el sol desapareció, es la noche. Con linternas nos acercamos a la cumbre, una cámara se congeló, pero saque fotos con la otra que aun siguió en acción. El hongo esta en su apogeo invernal, por un lado 10 metros extraplomados por otro solo 5 o 6, pero es de noche. ¿Qué hacer?

Manuel y Camilo lo evalúan, posee una falla por donde se podría ascender, se acercan, lo tocan. Luego de terminar con las fotos los llamo y bajamos. No de noche, no ahora. Renunciamos a la cumbre. Es casi como estar, pero no estando. Se ve cerca, pero no lo suficiente, que maldita obsesión. No creo haya otra actividad en que los símbolos pesen más que en el montañismo, que inútil, solo el llegar arriba vale, que mínima diferencia pero que simbólica es...

Bajamos sin muchas palabras, una vez en el plano, nos juntamos, ellos desean bajar de inmediato toda la ruta, yo no. Estaba agotado y no había necesidad imperiosa de bajar, el clima seguía impecable, 14 años de expediciones en Patagonia y nunca un clima así, me daba confianza, pese a estar en un lugar poco aconsejable para pernoctar, no había prisa en bajar y la cascada de seracs de noche no estaba en mis planes ni mentales ni físicos.

Empezamos a cavar en una zona de nieve, turnándonos en palear, mientras los otros descansan y se enfrían hasta que te llegaba tu turno y entrabas en calor, luego de la pala seguimos con los piolets, pues la nieve era muy dura, los pies seguían fríos, fueron mordidos implacablemente durante todo la jornada. Que rabia, los mejores zapatos y aun con frío. Finalmente, luego de más de 3 horas terminamos, entrando a las 23:00 hs., aún nos quedaba mucho de noche. Nos sentamos en incómodos espacios, apretados, acalambrados, entumecidos por el frío de los pies. Por suerte, trajimos un anafre y calentamos agua, llenamos nuestras botellas con agua caliente y las pusimos en una bolsa o al fondo de la mochila y sobre ella nuestros congelados pies, así revivieron y nos hicieron apreciar todo de otra forma. Hablamos largo rato del hongo, yo casi justificaba la ascensión aún sin esta última parte, nos reímos, me voy a tragar mis palabras decía.

Luego se planteó subir mañana nuevamente a terminar la ascensión. Yo lo rechazaba, por cansancio y por aprensión de la posible estabilidad de estas formaciones heladas. Había que ver en que estado amanecíamos. Por la entrada de la cueva ingresaba una pequeña brisa que nos congelaba, especialmente las rodillas, dolían, no había descanso. Así la noche fue pasando entre dormitadas, tres veces alcanzamos a recalentar las botellas hasta que el anafre se calló. No habíamos bebido casi nada. Amaneció, que lento es cuando uno lo que desea es el sol, al final salimos de la cueva, más repuestos de lo que pensábamos y subimos. Mis temores de viejo mañoso quedaban en la cueva.

Nuevamente al ataque

Alcanzamos nuevamente la base del hongo a las 11:30 hs., todo despejado, pero con algo de viento que venía desde la pampa, un escenario impresionante. Se buscó por un lado, no se podía, por el otro, tampoco. Manuel se tiró por el defecto central, le indiqué usar la pala, para modificar algo la pendiente y poder subir, Camilo aseguraba a sus prudentes 15 metros, yo de fotógrafo, todos tensos, esperando mientras Manuel poco a poco con 2 estacas fue pasando, subiendo, hasta que alcanzó el borde, llegó al plano superior, nos fijó la cuerda y así nosotros subimos escalando, asegurándonos con un jumar.

Llegamos donde Manuel, pero el cerro no acababa ahí como parecía desde abajo, aún faltaban otros 35 metros que se subieron por una serie de escalones y plataformas de nieve muy blanda, hasta llegar arriba, eran las 13:30 hs. Sin dudas, sin peros, sin explicaciones, sin concesiones. Una planicie perfecta de unos 10 por 15 metros, avanzamos justo hasta el centro y ahí nos abrazamos, felices, agotados, todas las preguntas aclaradas, pues las cumbres son las cumbres.

Sacamos unas fotos, bromeé a Camilo sobre qué se sentía haber subido también el San Valentín, los dos gigantes en invernal y le saqué una foto apuntando con el dedo el San Valentín. Al otro lado se veía la pared Este, desde el hongo teníamos una caída de más de 3000 metros, impresionante.

A bajar

Y fueron 15 minutos, no más. Bajamos, rappeleando de una estaca. Luego alcanzamos la cueva, recogimos lo que quedaba y abandonamos ese hoyo miserable, siguiendo por la ruta del día anterior. Había que subir 200 metros hasta el costado de la cumbre Norte, un suplicio, pero felices en el interior.

Seguimos por nuestros pasos, algo borrados por el leve viento que venía desde la pampa, desde el Este y no del Pacifico como es habitual en toda la Patagonia en verano, que diferencias en un mismo escenario. Alcanzamos el Hombro Norte donde nuestras huellas se dirigían a la bajada de la cascada de seracs, era vital encontrar el mismo sitio de bajada o sino las penas del infierno caerían sobre nosotros. Estaban casi borradas, todo se veía igual, el suelo con formaciones parecidas al suelo de un bosque de pinos, todo lleno de ramitas y ramificaciones de hielo, un detalle en ellas nos orientó y bajamos.

Otro rappel más y la gran bajada, una pendiente de más de 250 metros de desnivel de unos 55°, que nos llevó al fondo de los seracs, la zona de impacto donde estaban todos rotos y amontonados, entre ellos seguimos nuestra ruta y al final a las 15:30 hs. estábamos ya encordados, bajando tranquilamente por el glaciar Calluqueo. Este estaba algo cambiado, o el hecho de haberlo cruzado de noche nos ocultó sus peligros, pues había varias grietas bastante bien cubiertas afortunadamente. Así continuó la tarde, recién a las 16:30 hs. logramos comunicarnos con Marcelo, le transmitimos nuestra alegría y le pedimos que derritiera agua, llevábamos más de 38 horas de actividad y habíamos tomado muy poca.

Antes de alcanzar las carpas, había que subir otros 200 metros hasta la Brecha de la Cornisa, estábamos muy agotados, un paso, otro, y así lentamente, que tormento, hasta que al final la pendiente cedió, llegando a nuestras carpas, felices nos reunimos y comenzamos todos a comer, beber, reír y descansar. Fuera el clima era otro, fuertes ráfagas azotaban la Brecha, las formaciones de nieve en derredor de la carpa habían cambiado notablemente, nos estabamos enterrando. Pero esa noche el viento fue ignorado. Dormimos tranquilos como en el mejor de los refugios.

El día siguiente, 17 de julio, el clima siguió empeorando, el barómetro claramente bajaba, demostrando que en invierno si es una herramienta confiable. Todo el sector estaba con nubes y bastante viento, pero dentro de las carpas estábamos felices, comiendo todo, porque sino habría que bajarlo en la mochila, ¡mejor adentro que afuera!

Amaneció muy feo, con bastante viento, rápidamente despejamos las carpas y salimos, los cuatro encordados, hacia el primer portezuelo del Comedor, la visibilidad era mínima, así que Camilo fue siguiendo sus puntos tomados con el GPS sin dificultad. Una vez que descendimos unos 200 metros, la nube quedo sobre nosotros y la visibilidad mejoró notablemente, de hecho llegamos al deposito con sol. Ahí rearmamos las mochilas, que quedaron totalmente sobrecargadas y seguimos bajando, con gran esfuerzo bajo la carga.

Nuevamente en la cabaña

En la tarde alcanzamos la cabaña, donde descargamos todo e iniciamos la cena de triunfo, echando todos los salames a la parrilla. En la cabaña existía otra pieza, pero sin cocina a leña, que era realmente helada, de hecho más parecía un congelador que cabaña, fue bautizada “sector kanasaka” en referencia a un cuento de F. Coloane llamado el “Témpano de Kanasaka”.

El siguiente día fue decretado día de reposo, dedicado a reparaciones varias, costuras y tallados, entre los que destacó una gran placa de madera de lenga con el dibujo del San Lorenzo y la leyenda Expedición Inamible, Monte San Lorenzo, Primera Ascensión Invernal que quedó colgando en la cabaña.

Dejamos nuestro refugio el 20 de julio, en un día hermoso, con mucho sol y el San Lorenzo de fondo. Seguimos nuestras huellas de días previos, atravesando unas bellas pisadas de puma que pasaban por nuestra ruta. Pero el león no se dejó ver.

Acampamos esa tarde a orillas del Río Tranquilo, muy cerca de la casa de los pobladores del sector y al otro día alcanzamos nuestra camioneta, que pese al frío partió de inmediato. Antes de irnos definitivamente pasamos a despedirnos de los pobladores del sector, que por cierto, no esperaban que hubieramos ascendido, con los que disfrutamos un buen rato de historias y mates.

Desde el 22 hasta el 24 viajamos conociendo el sector, llegando hasta Villa O’Higgins, Caleta Tortel, hasta salir de Chile por Chile Chico, desde ahí vía carretera 40 hasta Bariloche y luego Santiago.

La despedida

Con esto concluye una hermosa ascensión de una montaña poco conocida, donde es justamente esa falta de protagonismo lo que la hace aún más atractiva, aquí aún se puede gozar del montañismo de exploración y de descubrimiento. Sin duda queda mucho por hacer; la “travesía integral” quedará esperando generaciones más osadas, o la arista Este invernal, y por que no la misma cara este, con más de 15 kilómetros de pared, serán en un futuro terreno de juego de más de uno.

"La imponente soledad de la cumbre principal, que se yergue, apartada, con proporciones dignas del Himalaya, sobre las desoladas mesetas argentinas y los pantanosos valles chilenos, ha atraído sobre todo a aquellos que prefieren un modo de ir a la montaña con propósitos meramente de exploración y que no necesitan de respuestas publicitarias para sus aventuras".

Cuadernos Patagonicos N°9. Buscaini-Metzeltin

Resumen:

  • Area: Monte San Lorenzo o Cochrane, 3706 metros XI Región, Patagonia.
  • Actividad: Primera Ascensión Invernal. Segundo ascenso Chileno. Del 8 al 21 de julio 2004.
  • Integrantes: Pablo Besser Jirkal, Manuel Bugueño B., Marcelo Camus, Camilo Rada G.

 

 

Nota:

e-mail: pbesser@hotmail.com




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