Travesía del fin del mundo.
De Ushuaia al Cabo de Hornos en kayak
Segunda parte
Pablo
Basombrío
- Experto Aventurarse
Tras
prepararse durante meses para la travesía, el equipo liderado
por el kayakista Pablo Basombrío zarpó de la ciudad más
austral del mundo. Después
de diez días de navegación por los mares del sur,
se encontraron cerca de su objetivo.
Por fin, proa al Cabo
de Hornos
Cuando el 11 de abril dejamos Caleta Dublé, sabíamos que
estábamos muy cerca de nuestro objetivo, pero también
éramos conscientes de atravesar el punto más peligroso
de nuestra expedición. La costa oeste de la isla de Hornos,
formada por altos acantilados, suponía un riesgo muy grande:
cualquier tormenta podía hacer peligrar nuestras posibilidades.
Cruzamos el canal que nos separaba de Hornos y comenzamos
a flanquear la costa norte sin dejar de vigilar el horizonte.
Greg y Eva, los amigos que nos escoltaban en el velero
"Noomi", nos habían advertido: "Si ven una cortina negra,
tienen que escapar como sea".
Cuando
torcimos el rumbo y divisamos Ras Catedral, recordamos
lo que habían escrito los miembros de la expedición británica
veinte años atrás: "cuando vimos las torres de 80 metros
que se alzaban en medio del océano, nuestras rodillas
empezaron a temblar". El ruido del océano explotando contra
los acantilados y la vastedad del agua que se extendía
hacia el oeste nos devolvieron rápidamente a nuestra realidad:
éramos tres puntitos insignificantes en medio de la inmensidad
de la naturaleza.
Tras un momento de duda, nuestras miradas se cruzaron
y decidimos que esa era la oportunidad. El "Noomi" se
alejó de nosotros, o más bien de la costa amenazadora,
y nos dejó un poco huérfanos.
Remamos decididos y con
fuerza para ganar distancia. Mirábamos casi incrédulos
los temibles acantilados y después fijábamos la vista
en el horizonte. Al rato nos fuimos tranquilizando, mientras
los kayaks bailaban en el mar de fondo.
Virando la costa sur el
asunto se empezó a poner cada vez más negro, y las primeras
ráfagas se hicieron sentir. El mar se movía cada vez con
más violencia; enseguida empezó a llover. Cuando ya se
divisaba el Cabo, solicitamos a la gente del puesto de
observación de la isla que corroborara nuestro paso. Las
manos heladas hacían casi imposible el manejo de la radio
VHF.
Nuestra excitación aumentaba
con el viento y la lluvia. La "cortina negra" ya estaba
instalada en el horizonte. Cabalgábamos las olas tratando
de adivinar nuestro lugar de desembarco. Pasamos puntas,
cabos, caletas... pero siempre había más. Las distancias
en el mar engañan. Luchamos contra el viento enfurecido
y luego de más de cinco horas de remo logramos desembarcar
en la Caleta León, exhaustos y empapados. Era de noche.
Besamos la tierra y agradecimos estar vivos. Eran las
17.30 del domingo 11 de abril de 1999.
La Isla de Hornos
La
familia Silva, a cargo del famoso faro, nos recibió con
gran alegría, pues nos habían seguido durante el último
tramo con angustia e impotencia. Hacía frío y el granizo
castigó nuestro precario refugio durante toda la noche.
Sin embargo, dormimos profundamente hasta las nueve de
la mañana.
La Isla de Hornos tiene
unos 9 kilómetros de largo en dirección nornoroeste-sursureste,
y tres en su parte más ancha en dirección este-oeste.
Forma parte del archipiélago de las islas Herschel y si
bien no es la más grande, sí es la más famosa. El terreno
está formado en su mayor parte por turba dura y algunos
manchones graníticos. La vegetación baja y achaparrada
abunda, lo mismo que los campos minados; ¡por fortuna
estos se encuentran bien señalizados por alambrados!
El más famoso de los cabos
está conformado por un promontorio de 424 metros de altura.
Su ubicación exacta es el meridiano de 67º 15' longitud
oeste.
La
familia Silva (padre, madre y dos hijos de diez y de seis
años), comparte el cabo con únicamente con el viento y
la lluvia. Ellos se encargan del mantenimiento del faro,
y de atender la estación meteorológica y de comunicaciones.
Para ilustrar las limitaciones con las que viven, baste
señalar que las provisiones de cualquier tipo solo les
llegan por barco cada tres o cuatro meses, de acuerdo
a las inclemencias del tiempo. Alternan el tiempo dedicado
a su trabajo con la enseñanza escolar de sus hijos, a
quienes sólo dejan salir de la casa bajo estricta supervisión:
según nos contaba mamá Silva, "corren peligro de ser arrastrados
por el viento".
En el puesto-casa de los
Silva pudimos firmar el "Libro de visitas del Cabo de
Hornos", y buscar el testimonio de las expediciones que
nos habían precedido. Visitamos también el monumento que
simboliza el alma de los marineros muertos en el mar.
Representa un albatros gigante en pleno vuelo, y reza:
"A los que cruzaron y a los que perdieron la vida en su
demanda".
Tres largos días estuvimos
"encerrados" en el Cabo de Hornos. Sólo había viento,
lluvia y frío. El mar lo rodeaba todo y se perdía en la
lejanía. La sensación de estar en el fin del mundo era
clara. Pasábamos las horas con la mirada puesta en el
horizonte, tratando de adivinar el clima, con la esperanza
de que así mejoraría. Pero nada cambiaba.
La dieta en la travesía
Nuestra
alimentación se vio limitada por un factor determinante:
el espacio. Transportar alimentos para tres personas y
28 días en las bodegas de nuestros pequeños kayaks no
fue fácil, y requirió de toda nuestra imaginación. La
mejor solución fue preparar raciones selladas para tres
personas cada una, de modo de facilitar las tareas y de
no tener que volver a empacar cada vez que comíamos.
Usualmente hacíamos dos
comidas en tierra -desayuno y cena-, y durante las horas
de navegación nos manteníamos con distintas raciones que
siempre llevábamos en los chalecos salvavidas: Power Bars,
chocolates, frutas secas y deshidratadas, caramelos y
pastillas de glucosa. La idea era tener alimentos de fácil
digestión y alto contenido energético que se pudieran
ingerir sin abandonar las embarcaciones. Las combinamos
con sopas instantáneas, que demostraron ser un óptimo
complemento.
Para
el desayuno, calculamos raciones individuales de 50 gramos
de leche en polvo, 30 gramos de chocolate en polvo, 30
gramos de azúcar, 40 gramos de galletitas dulces y algo
de miel o dulce. Para la cena preparamos cinco variedades
de menúes ricos en hidratos de carbono, fibras y sales
minerales. Tratamos de respetar nuestra dieta habitual
para no tener problemas digestivos, variamos los platos
para evitar el tedio.
El regreso: si mi amigo
estuviera en peligro...
El
14 de abril, tras tres días de descanso forzado en el
Cabo de Hornos, "decidimos" que el viento había calmado
un poco. Nos cambiamos rápidamente y descendimos los 220
escalones que nos llevaban a la playa. Los Silva nos acompañaban,
y nos advirtieron que las condiciones continuaban muy
inestables. Mientras cargábamos los kayaks una tormenta
de nieve se abatió sobre nosotros. Nuestras manos se congelaron.
Sin embargo, ninguno de los tres amagó a abortar la salida.
Víctimas del "síndrome de encierro", queríamos abandonar
nuestra jaula.
Saltamos al agua ignorantes de lo que nos esperaba, envueltos
en nuestros trajes de gore-tex; sólo los ojos permanecían
descubiertos. La tarde ya estaba avanzada y decidimos
remar cercanos a la costa para protegernos del viento.
Remamos durante una hora en dirección norte, y cuando
nos separamos de tierra en dirección nor-noreste sentimos
los "chubascos" de viento y granizo abatirse con violencia
sobre nuestras cabezas. Remamos a toda velocidad, aprovechando
el viento y las olas que nos empujaban de popa. La tormenta
oscureció el cielo rápidamente, y la navegación se hizo
cada vez más difícil.
La visibilidad era casi
nula cuando Emilio avisó que no se sentía muy seguro.
Decidimos "hacer balsa", juntando los kayaks y cruzando
los remos por sobre la borda. La situación era francamente
dramática, pero en ningún momento hubo pánico. El humor
negro también ayudó. Analizamos la situación con calma:
mientras nos mantuviéramos juntos no correríamos peligro...
a menos que las olas nos tiraran contra la costa que ya
no divisábamos; por otro lado, manteniendo la balsa no
podíamos remar, y en consecuencia nos encontrábamos a
merced del viento. Para colmo, Emilio empezó a sentirse
mal. Estábamos como desorbitados, flotando en la oscuridad
total.
Decidimos llamar al "Noomi",
nuestro velero guardián, que sabíamos estaba en zona.
Las comunicaciones fueron intensas, porque no lograban
divisarnos. Tuvimos que recurrir a todo nuestro arsenal
pirotécnico: disparamos una, dos, tres bengalas para que
nos vieran. La pistola cayó al agua y se perdió. Recurrimos
a las bengalas de mano, pero no funcionaron. Encendimos
las luces estroboscópicas y continuamos con las comunicaciones
vía radio. La situación empeoraba a cada momento y el
frío nos congelaba. La lluvia tampoco daba descanso. Cuando
el Noomi llegó a nuestra posición, casi nos pasa por arriba;
al lado de nuestro pequeños kayaks semejaba un enorme
animal enfurecido. Arrojaron una soga de rescate, pero
de nada servía. Hubiera sido suicida abandonar nuestros
botes para nadar hasta el Noomi, que no podía detener
su marcha so pena de quedar también a merced de las olas.
Decidimos permanecer unidos y pedimos a Greg que navegara
delante de nosotros para mostrarnos el camino hasta el
canal de entrada de la isla Herschel. Intentaríamos controlar
nuestro avance con los timones...
Tres largas horas duró
esta situación que casi nos cuesta la vida. Desembarcamos
en una costa oscura y rocosa con el agua hasta las rodillas,
empapados y con los huesos calados por el frío. Eran casi
las diez de la noche. Bajo la lluvia buscamos nuestro
refugio y nos tiramos a dormir después de tomar una gelatina
caliente. El tambucho trasero de mi kayak se había inundado
y muchos de mis equipos estaban completamente mojados.
Habían sido muchas emociones para una sola jornada.
Un pisquito nomás
A
la mañana siguiente descubrimos dónde estábamos: Caleta
Dublé. Pasamos el día encerrados secando ropas, reparando
fuerzas y analizando lo sucedido la noche anterior. Habíamos
cometido un grave error al salir tan tarde, pero supimos
resolver la situación manteniéndonos unidos y esto era
lo más importante para nosotros. El equipo había demostrado
por qué había sido capaz de llegar hasta el Cabo de Hornos.
Tras un día de descanso,
la marcha continuó. Faltaba cruzar Nassau nuevamente,
pero sentíamos que lo peor había pasado. Nos tomó una
larga jornada bajo la lluvia llegar a Caleta Middle, enclavada
en el norte de la isla Wollaston, pero valió la pena:
allí nos esperaba un "comité de bienvenida".
Unos días antes, en el
momento de dejar Caleta Middle hacia el Cabo, los tres
suboficiales de la Marina chilena encargados del puesto
de observación nos habían saludado desde la playa, y nos
habían invitado a "festejar con unos pisquitos" nuestro
cruce del meridiano de Hornos a la vuelta. Claro que todavía
nadie sabía si lograríamos circunnavegar la isla, pero
eso era lo de menos. Lo importante era la excusa. Todos
en "el fin del mundo" necesitábamos de un poco de compañía.
A nuestro regreso, lo único
que nos empujó a remar bajo la lluvia casi 40 kilómetros
durante seis horas frías y lluviosas fue la botella de
pisco que sabíamos esperaba nuestra llegada. Al desembarcar
en la pequeña playa, ya nos esperaban nuestros amigos
para darnos una mano y apurar el trámite. No hicimos a
tiempo de cambiarnos, que ya estaba la primera rueda servida:
"por el Cabo", dijimos. Luego fue por nosotros, por la
marina, por la amistad argentino - chilena... y no me
acuerdo por quién más.
Lo que sí me acuerdo es
el ataque al hígado que tuve que soportar durante tres
días por aquella imprudencia, y el plato de centollas
que se comieron Martín y Emilio días más tarde en Puerto
Toro en mi cara, sin que yo pudiera siquiera probarlo.
De todos modos, la de Caleta Middle fue una noche inolvidable,
que pasamos entre amigos y con "unos pisquitos nomás".
De vuelta a casa, pensando
en la próxima partida
Desde
Middle cruzamos la bahía y llegamos a Puerto Toro. Allí
emprendimos la jornada más larga de todo el viaje: nueve
horas y media para recorrer los 45 kilómetros que nos
separaban de Williams. Llegamos bajo la lluvia, ya bien
entrada la noche; en el muelle del Club Náutico Micalvi,
Greg y Eva nos esperaban emocionados. Ellos también la
habían pasado feo y querían abrazarse con nosotros.
En Williams otra vez sentimos
la "mala onda" pero ya no nos importaba: estábamos regresando
a casa. Cruzamos el Canal de Beagle y fuimos a pasar la
noche a Remolinos.
El 21 de abril emprendimos
la última jornada. Cuando divisamos Ushuaia la nostalgia
se adueñó de nosotros. Sentimos que esos paisajes nos
pertenecían. Los habíamos ganado en buena ley y no queríamos
abandonarlos. Estábamos tristes. Y a pesar del cansancio
empezamos a soñar con la próxima aventura.
Ver:
De Ushuaia al Cabo de Hornos
en kayak, primera parte