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Armando un largo viaje
Mariano Loréfice - Experto Aventurarse

Primera Vuelta al Mundo en bicicleta - Hemisferio Norte 1996-97


Alguna vez, para mí fue una aventura realizar los 45 kilómetros que separaban mi casa de la escuela agraria a la que iba cuando tenía 15 años, sin ningún tipo de conocimientos sobre ciclismo, vestido con jeans, y con un bolso lleno de libros. Llegar a la escuela con mi bici de media carrera de tres cambios significaba encarar el desafío de un largo viaje... El tiempo fue pasando, fui adquiriendo práctica y sobre el final de ese año el viaje pasó a ser una simple rutina diaria.

Más adelante, con 17 años y sin haber salido nunca de campamento, monté una mochila con comida enlatada sobre la bici de media carrera (que ya tenía tubos) y salí de La Plata con todas las ganas de llegar a Junín de los Andes.
En el camino, descarté la mochila, me di cuenta de la importancia de las alforjas, de que la carpa sin la bolsa de dormir y la colchoneta aislante no servía (era el final del invierno y hacía frío), y de otras tantas cosas elementales y para mí desconocidas.

Llegué a Junín semidestruido y concretando una travesía de supervivencia, en vez de cicloturismo. Ahora, los equipos y el conocimiento están al alcance de cualquiera, y esta actividad ya existe y está afianzada en la Argentina.

En aquel entonces yo veía a Ushuaia como la "lejana ciudad del fin del mundo", y me gustaba imaginar que algún día iba a llegar en bici. Era incapaz de imaginar que más adelante uniría en dos oportunidades esa ciudad con La Quiaca, pasando por las 23 provincias de la Argentina.

En todo este tiempo aprendí montones de cuestiones técnicas que antes me eran desconocidas, pero lo más importante fue afianzar lo que ya sabía: que con la bici y las ganas se puede llegar a cualquier lugar. La distancia es sólo cuestión de tiempo, y con paciencia se doblega.

Una vuelta al mundo ofrece muchas variantes de recorrido, para todos los gustos. Al planificarla hay que partir de la base de cuál será la modalidad de viaje, es decir si el plan es pedalear todo el trayecto que sea posible o si se alternará con otros medios de locomoción por donde no se pueda pedalear, o en donde no nos guste el paisaje, dando una vuelta al mundo en bici de carácter simbólico. Con un mapa general se pueden determinar los países por los que se pasará, para luego visitar las embajadas y conseguir un mayor asesoramiento. Hay que interiorizarse de las posibilidades de ingreso, formalidades y de la situación social que determine a cada país como adecuados para pedalear o no. En los mapas específicos de cada lugar se pueden ver las distancias, el relieve y el clima, condiciones que servirán para evaluar el grado de dificultad y de transitabilidad de cada zona. También se pueden consultar libros sobre la región a visitar, que funcionan como guías de trotamundos.

Comenzar la vuelta con dirección de occidente a oriente resulta más fácil por el Hemisferio Norte. Tenemos mucho más territorio para recorrer con la bicicleta y menos océanos que se interpongan en nuestro camino. Después de haber recorrido toda América, desde Ushuaia a Alaska, me embarqué en el proyecto de dar una Vuelta al Mundo por el Hemisferio Norte.

España me pareció el país estratégicamente mejor ubicado de Europa para iniciar la Vuelta. Monovar, un pueblito de la provincia de Alicante donde tengo amigos, fue elegido como punto de partida.

Mi objetivo no se limitaba a completar linealmente una circunvalación del globo; la inquietud pasaba por visitar lugares que me resultaban interesantes, para lo cual tendría que pedalear más distancia al realizar desvíos. Entre los objetivos de esta vuelta estaba el deseo de llegar a Nordkapp, punto extremo norte de Europa, en el Artico; cruzar Medio Oriente; Tíbet, atravesando el Himalaya; el resto de China, camino a Pekín y finalmente América del Norte por un helado Canadá en invierno.


Documentando una Vuelta al Mundo

Siempre y cuando les guste coleccionar sellos, cargar con cuadernos y sumar datos, podrán documentar formal y eficientemente el desarrollo de su viaje. La utilidad de este formalismo es múltiple: al certificar y registrar el desarrollo del viaje, se consigue más credibilidad y así se da el toque de cada persona, que escribiendo en un cuaderno deja su apreciación en un idioma comprensible o en otro exótico, caracteres que guardaremos como un presente muy original del lejano país que visitamos. El cuaderno que llevaba, con el tiempo y la suma de notas, se transformó en un "libro escrito por la gente del mundo". Al abrirlo en cada lugar donde paraba, la gente se entusiasmaba mirándolo, les resultaba interesante y todos se sentían halagados por la invitación a escribir una nota en él. Sin lugar a dudas fue un gran recurso para acercarme y conectarme con la gente.

Aparte de este libro, llevé otro donde iba volcando mis experiencias, y que funcionaba como diario de viaje. En él sintetizaba mis observaciones, a modo de machete que luego me servía para recordar y revivir los momentos de la travesía. Junto a estos cuadernos tenía tarjetas para cada etapa, en las que acumulaba todos los datos técnicos de la jornada: un cuadro gráfico con el perfil de cada etapa, (alturas, desniveles, distancias, localidades), condiciones climáticas del día (temperaturas extremas de la jornada), velocidad, promedio, tiempos de las paradas, distancia total y parcial de todo el viaje, tiempos totales y parciales y desnivel total y parcial. Utilizaba dos ciclocomputadoras, una con altímetro y un reloj más eficiente con altímetro para corregir posible error de la primera. Además registré todo lo que comía en cada jornada y varias referencias de cada etapa con observaciones objetivas y subjetivas.

Al estar limitado por la capacidad de mis alforjas, no podía cargar con presentes de los lugares por donde pasaba, entonces adopté como hobby el hecho de enviarme tarjetas postales. En ellas tenía imágenes de los lugares que visitaba y una estampilla y sello que documentaban mi paso. Me gustaba escribir las estadísticas del viaje y frases de aliento que me animaban mucho. En total envié 270 tarjetas, de las cuales 45 fueron para mí mismo. Solamente Rocinante (mi bici) y yo conocemos el valor de estos pequeños souvenirs: para nosotros eran grandes trofeos que ganábamos rodando miles de kilómetros.

La primera Vuelta al Mundo duró siete meses y terminó donde había empezado. La distancia que separa la capital española de Monovar, el pueblito desde el cual había partido, es de 390 kilómetros. La euforia me llevó a cubrir esa distancia en una sola jornada, que comencé a las 0 horas del día 22 de febrero de 1997. El viento en contra no resultó suficiente obstáculo, y cuarenta kilómetros antes de llegar me encontré con un pelotón de ciclistas amigos que había salido a recibirme. A partir de ahí, a medida que me acercaba se fueron sumando más y más ciclistas. El pelotón se transformó en una larga caravana, que sobre el atardecer ingresó al pueblo por calles llenas de gente que nos alentaba.

Acostumbrado a las grandes distancias en soledad, recibí una impactante sorpresa: como remate final, en el Ayuntamiento se encontraba el alcalde y casi todo el pueblo. A pesar de que al viajar me había sentido ciudadano del mundo, la gente de ese lugar me dio la agradable sorpresa de sentir que regresaba a casa. Yo sabía que sin lugar a dudas Rocinante sólo descansaría un poco, para retornar a sus andanzas e iniciar una segunda Vuelta al Mundo por nuevos continentes, con nuevas aventuras.


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