"Los
miembros de la expedición Orinoco 2004 ya
estamos de regreso en España, tras más
de 2500 kilómetros recorridos por el Orinoco
y sus más importantes afluentes. Desde el
nacimiento del Orinoco, en el amazonas venezolano,
es posible ver un río en continuo movimiento,
un río que crece y evoluciona, que modifica
su aspecto a través del tiempo y el espacio.
La idea que se suele tener de cualquier accidente
geográfico es de algo bastante estático,
algo que al quedar impreso y registrado en un libro,
tiene pocas posibilidades de cambio. Sin embargo,
sobre el terreno la Geografía adquiere otra
perspectiva y, lógicamente, se relaciona
con la Historia, la Antropología, la Zoología
Los
pueblos que viven en los márgenes del gran
río son muy diferentes y sólo en el
Estado Amazonas pueden encontrarse 17 etnias que
luchan por mantener sus costumbres ancestrales y
adaptarse al progreso, única forma de sobrevivir
incluso dentro de las áreas protegidas y
las Reservas de la Biosfera. Tuvimos la suerte de
convivir con los más puros y protegidos de
los pueblos indígenas, los yanomamis. La
única forma de conseguir las autorizaciones
pertinentes fue no obstante la promesa de respetar
su intimidad y el medio ambiente en aquella zona,
algo que extendimos a la totalidad de nuestro viaje,
incluso en aquellos lugares donde la conciencia
ecológica brillaba por su ausencia y donde
el orgullo y la tradición de alguna etnia,
se había olvidado y prostituido por el alcohol,
el dinero y la vida civilizada.
Lamentablemente,
poco después de salir del amazonas, en cuanto
los lujos de la vida moderna llegaban a una pequeña
aldea, en aquellos lugares donde ya se podía
ver publicidad de Coca-Cola o algún televisor,
también abundaba la basura, los desechos
inorgánicos abandonados en la misma orilla
del Orinoco. Era un espectáculo triste y
terrible. Las aguas que nos habían conducido
hasta la civilización, que nos habían
servido de camino, de bebida, de baño y sustento,
que nos habían mostrado a las toninas, las
nutrias gigantes, los caribes, los caimanes, las
aguas que eran selva y nutrían a la selva,
estaban ahora ultrajadas por botellas, latas, recipientes
El
río cambiaba ante nuestros ojos, crecía,
se ensanchaba, se pervertía y aún
así seguía siendo el sustento de aquellos
que le amaban o insultaban. Les proporcionaba una
vía de comunicación sin igual en terrenos
donde la naturaleza es tan feroz que escapa al control
del todopoderoso hombre. Les proveía de alimentos
y bebida. Les brindaba la oportunidad de comerciar,
viajar, desplazarse, pescar. Surtía sus mercados
y soportaba sus desechos y con cada nueva crecida
en la estación de lluvias, el Orinoco se
llevaba la basura y volvía a dejar las orillas
limpias. Pero algo estaba cambiando. Según
los pescadores ya no se respetaban las viejas normas
y se pescaba en cualquier época. Escaseaban
algunos peces y había que remar más
para encontrar caimanes o tortugas arrau, dos especies
protegidas que se consumen habitualmente en Venezuela.
El
progreso, incluso en el más apartado rincón
de nuestro planeta, es imparable. El único
puente que hasta ahora cruzaba el Orinoco, el de
Angostura, tiene ahora dos nuevos competidores.
Uno en construcción, cerca de Puerto Ordaz,
el otro cerca de Caicara del Orinoco, de momento
en proyecto. Ambos supondrán un tremendo
cambio no solo para los habitantes de aquellas zonas,
también para el río, su flora y su
fauna. Es urgente que ese progreso, indudablemente
necesario, vaya asociado con un desarrollo de la
conciencia ecológica, de la obligación
de proteger de forma mucho más estricta y
efectiva esos ecosistemas. De otra forma la Naturaleza,
una de las mayores riquezas de Venezuela, mayor
que su petróleo o su oro, más importante
que el azabache o los diamantes, desaparecerá
sin remedio y con ella otra fuente importante de
ingresos procedente del turismo.
El
río no dejaba de asombrarnos, descubriéndonos
nuevas maravillas, desvelando nuevos misterios.
Así, no contento con ser un rebelde y tener
un romance con el Amazonas, al que en ocasiones
cede parte de sus aguas a través del Caño
Casiquiare y en otras se las roba, dependiendo de
la estación y las circunstancias, el Orinoco
amenazaba con un cambio radical en su cuenca: cambiar
su trazado en un futuro no muy lejano. ¿Es
eso posible? Hablamos con los expertos de la Escuela
de Geografía de la Universidad Central para
responder a esa y otras muchas preguntas.
Cada
metro del río habría merecido años
de estudio, de observación
Pero carecíamos
de tiempo y seguimos su curso, corriente abajo,
hasta alcanzar el Delta Amacuro, con sus palafitos
y sus pobladores, los warao. Allí culminamos
un viaje de un mes que nos había llevado
a través del corazón de Venezuela
y de sus amables y hospitalarias gentes, hasta el
Océano Atlántico. Un viaje a través
de un país, de un río mítico
pero también un viaje interior del que hemos
sacado numerosas enseñanzas. De Venezuela
sólo hemos arañado la superficie,
de nosotros mismos la parte más íntima".